viernes, 21 de mayo de 2010

EL GRUPO DE LAS SEIS (Caps del 16 al 31)


Capítulo 16
Alicia se sentó ese día frente a sus compañeras, mientras las observaba con detenimiento. Nunca había notado la observación de Mac, pero ahora que lo sabía, se sentía sorprendida ante el hallazgo.
En efecto, ninguna de esas chicas eran aparentemente normales o al menos, ordinarias. Lo más curioso es que nunca se había topado con personalidades así en su vida, y quizá por eso siempre se había considerado un bicho raro.
Las observaba discutir, ir y venir, hablar y escucharse, pero sobre todo; las observaba minuciosamente en su forma de conducirse, de mover sus manos, el tono de voz y su mirada.
La que más resaltaba era Mac, con aquella complexión masculina que no le ayudaba en su fisonomía. Hombros muy grandes y cuadrados, cuello corto, nariz exacerbadamente aguileña, y ojos enmarcados bajo una cornisa que su amplia frente formaba. Había que añadirle además su voz profundamente ronca y su carácter benévolo, sin arranques emotivos ni manierismos. Era prudente y observadora, y parecía estar mediando siempre entre las demás con una actitud paternal.
La que le seguía era la inquieta Patricia, líder nata y con tendencia a influir en las restantes. Patricia podría parecer una chica común y corriente, pero sus enormes incisivos le restaban feminidad a su rostro, alerta y desafiante.
Sus rebeldes rizos solían flotar en el aire sin orden alguno y su delgadez no mostraban aún rasgos físicos que le hicieran ver femenina, sumándole a esto su tendencia a utilizar ropa demasiado grande.
Patricia, a diferencia de Mac, era más extrovertida en sus movimientos. La forma en que ladeaba la cabeza, la inflexión en la voz, el movimiento corporal… todo sugería siempre un comportamiento de varón. Era decidida, y no conocía el temor, pero lo manifestaba con una seguridad cruda, sin adornos ni disfraces. Su dureza era más palpable en su mirada, solía mirar con fijeza, con cierta tendencia a retar, y quizá, con cierta superioridad que ella suponía tenía sobre las demás personas.
Le seguía la extraña Déborah, cuya sonrisa no podía calificarse más que de enigmática. Los pensamientos de la pelirroja eran un misterioso dada su escasa manifestación de emociones. Era astuta y eso lo probaban sus intervenciones, que solían ir acompañadas de sarcasmo. Déborah no era ni femenina y ni masculina. Era un extraño híbrido entre lo impersonal y lo bizarro, un ser que no parecía tener ninguna edad, nacionalidad o sexo. No parecía preocupada por nada, excepto su inteligencia, de la que daba muestras excepcionales.
La mirada de Déborah era pavorosa. Aquellos rasgados ojos amarillos parecían estar siempre al acecho, como si en cualquier momento fuese a saltar sobre su presa. Prácticamente nadie podía aguantar esa mirada que muchos habrían calificado como cruel.
Después de Déborah, Alicia posaba sus ojos en Ray. La cabizbaja Ray, que se definía a sí misma como esquizofrénica, era más bien un ser llegado de otro planeta.
Ray también era impersonal como Déborah, pero su impersonalidad radicaba en su fragilidad y no en su agudeza. Parecía un ser desvalido e indefenso que se negaba obstinadamente a la protección. Permanecía sentada en ocasiones sobre la mesa sin decir una sola palabra, con su mirada perdida en lo inexistente. A veces se hundía en la inmensidad de su sobretodo, y otras veces, ella misma prefería ocultar su rostro bajo su largo cabello. Al principio, aquellas manías incomodaban al resto, pero como eran conductas inofensivas, pronto empezaron a acostumbrarse.
Su voz era impersonal, no parecía de hombre o mujer, sino más bien la de aquel adolescente que está en proceso de cambiar su voz de niño. Y sin embargo, aquella voz de adolescente no parecía evolucionar nunca.
Se movía con torpeza y sin femineidad, con pasos lentos y vacilantes. A veces hablaba con la misma indecisión y titubeo, pero otras veces sus respuestas eran definitivas y acertadas. Daba la impresión de despertar de un largo sueño cuando hacía eso.
De todas, Ray despertaba en Alicia una necesidad maternal de protegerla. A pesar de que Ray no soportaba que la tocaran, ni que le hablaran con palabras tiernas, Alicia no podía evitar acercársele demasiado y demostrarle con frecuencia cuánto le estimaba.
Por último, estaba la que al parecer era la más normal de todas: Minerva. Tal vez por su origen y clase, Minerva solía ser la única que tenía decoro en su vestir y su forma de conducirse, lo cuál se perdía en cuanto empezaba a hablar.
Minerva era una joven linda, pero con una expresión más fría que el hielo. Era insensible y mordaz en sus comentarios. No parecía tener más interés que en automatizar y clasificar todo cuanto había a su paso.
Inteligente como estratega, Minerva no perdía momento para criticar la burguesía y el machismo que imperaba en el mundo. Odiaba a los hombres lo mismo que odiaba a las ratas y a los insectos, algo que la mantenía apartada de Déborah (la cuál solía estar desmembrando con cuidado algún grillo durante las reuniones).
Se consideraba superior en todos los sentidos, pero a veces su cerrazón la ponía por debajo de sus compañeras y eso la agobiaba profundamente.
Bajo una agradable y grácil apariencia, se ocultaba tan sólo un ser pedante y narcisista, una personalidad insensible y agresiva.
Alicia se acercó lentamente y se sentó en la mesa donde todas discutían (incluyendo a Ray en ocasiones). Le parecía que, aunque no era así, ella era el personaje que se acercaba más a los estándares que la sociedad proclamaba para el género femenino.
Y aquello le llenaba de una euforia extraña. Era como ellas, y al mismo tiempo, era diferente. Se asemejaba a cada una de sus compañeras en esa indiferenciación, en esa tendencia y gusto por lo masculino. Pero también tenía en sus manos una herramienta distinta: la de fingir que era lo que no era y no deseaba ser: una mujer educada, con una angelical sonrisa y unos anteojos con los que apenas si veía.
Capítulo 17
Una mujer delgada de cabello oscuro recogido y tez blanca, esperaba pacientemente afuera del auditorio donde se había llevado a cabo el concurso estatal de literatura.
La gente empezó a salir en grupos por la entrada principal, agolpándose alrededor de los estantes donde había propaganda en información sobre próximos eventos. La mujer, que se llamaba Evelyn, se levantó de puntillas sobre sus pies tratando de divisar a su sobrina, el motivo por el cuál se encontraba allí.
Al verla, no pudo menos que asombrarse. Alicia, tras un rotundo triunfo en el concurso, salía del auditorio conversando animadamente con un par de personajes, mientras destellos de fotografías la iluminaban por doquier.
La presencia de la “Niña Genio” en los concursos estatales y nacionales, solía causar sensación entre los medios, sobre todo por la habilidad con la que lograba los primeros lugares en la asignatura que fuere.
Evelyn se acercó gustosa entre la multitud. Alicia la saludó efusivamente, tratando de adivinar su cara a través de sus gafas ahumadas.
- ¡Déjame verte!- le dijo Evelyn con voz emocionada. Alicia ya no se parecía en nada a la chica hombruna que semejaba un muchachito. Se veía hermosa en un vestido que realzaba su figura, con su cabello largo y lacio cuidadosamente cepillado, con una agradable fragancia alrededor de sí, su andar pausado y delicado y una maravillosa sonrisa que cautivaba a sus intelocutores.
- ¿Te gusta la transformación?- bromeó Alicia, con una voz bastante educada. No quedaba rastro de la persona que había sido antes.
- ¡Si Brian te viera!- exclamó Evelyn, conteniendo su emoción. Pero luego, pareció pensarlo. Brian, primo inseparable de Alicia, jamás habría estado de acuerdo con ese cambio. Abrazó a la joven durante un largo tiempo y luego le miró a través de las lágrimas.
- Te extrañamos…
- Yo también- le dijo Alicia, aunque no parecía particularmente afectada –salúdamelos a todos. Estoy bien y todo marcha de maravilla.
- ¿Nunca volverás a casa?- preguntó Evelyn. Alicia solía vivir con ellos desde que sus padres se habían separado. Evelyn era la segunda esposa del hermano menor de su padre, y madrastra de Brian y Conney, primos de Alicia. Tenía un pequeño hijo de tres años con su nuevo matrimonio.
Se había encariñado con la Alicia, pues Brian no la aceptaba muy bien al principio.
En parte, había sido gracias a Alicia que ella había logrado entrar en aquel círculo. En aquel entonces, la singular adolescente había luchado por que la joven (embarazada por accidente) se convirtiera en la nueva esposa de su tío.
- Ya no volveré- declaró Alicia –mucho menos ahora. He encontrado mi lugar en el mundo. Creo que es lo mejor que ha podido sucederme.
- Aún así espero que no nos guardes rencor. Siempre te apreciamos en casa, Alicia. Por favor, no dejes de visitarnos.
Pero Alicia negó, sonriendo.
- Ustedes son mi única familia, Evelyn. Pero también son el lazo con mi padre y no deseo volverlo a ver nunca ¿Entiendes?
- Sabes que te hemos protegido de él.
- No del todo. O no hubieran permitido que él interviniera en mi terapia.
Evelyn se mordió los labios.
- Ella no era una buena persona, Alicia. Lo que hicimos fue ayudarte, créeme.
El rostro de Alicia cambió. Sonrió débilmente y estrechó la mano de Evelyn.
- Fue un placer verte, Evelyn.
- Alicia, espera…
- Debo marcharme.
- Perdona a tu padre, Alicia. Lo hizo por tu bien.
Alicia observó a su alrededor. Había demasiada gente presente y no quería hacer un drama allí mismo.
Se acercó a Evelyn y le dijo en voz muy baja, mientras conservaba la calma.
- Si vuelves a decir algo en contra de Madelaine, Evelyn… no volverás a verme nunca ¿Entendiste? ¡Nunca más!
- Pero Alicia…
- ¿Ves bien lo que soy ahora? ¿No te sorprendiste acaso? ¡Agradécele a ella!
Y se internó entre la multitud, donde pronto se rodeó de reporteros que le estuvieron entrevistando. Huyó de Evelyn y de su pasado, del cuál no deseaba recordar nada más.
De regreso al internado, se encerró en su oscura habitación y se dejó caer en la destartalada silla de cuero. Se quitó los lentes y hundió el rostro entre sus manos, respirando profundamente.
El encuentro con Evelyn le había afectado más de lo que había pensado.
“Soy una mujer…” no cesaba de repetir, en medio de su angustia. “Soy una mujer… y de las mejores” “Soy una mujer y nadie podrá convencerme de lo contrario… ¡Soy la mejor!”
Dicho esto, se levantó y mirándose al espejo, volvió a colocarse los anteojos. No pudo evitar entonces, el recuerdo de Madelaine en su cabeza. Por un momento la contempló en el espejo, siempre sonriente, siempre entusiasta, siempre segura de sí misma.
“Quiero que estés orgullosa de mí” se dijo, clavando su mirada en el espejo, “Quiero volverte alguna vez y cuando esto suceda… sabrás que no te he fallado”.
Llamaron a la puerta, lo que la alejó de sus cavilaciones. Al abrir se encontró a Mac.
- ¿Estás bien?- preguntó, observándola con su acostumbrada curiosidad.
Por un momento, Alicia estuvo tentada a mentir. Pero recordó que esta vez podía decir lo que quisiera.
- No lo estoy. Tuve una visita desagradable en el concurso.
- Se nota. Por cierto, felicidades.
Y se dieron un efusivo abrazo. Alicia se sonrió. Aquel gesto de camaradería era el primero que experimentaba sin culpas.
- ¿Qué te desagradó tanto?
- Olvidémoslo ahora. Es odioso dedicarle tiempo a los malos recuerdos.
- Como quieras- dijo Mac –venía a traerte otra buena noticia. Déborah… ganó el concurso. Acabamos de enterarnos.
El rostro de Alicia se iluminó. ¿A quién le importaba el pasado?
Capítulo 18
Estaban de buen humor.
Aquel era su día. Todas habían logrado los primeros lugares en los concursos correspondientes. Ahora, tenían su título dentro de los concursos estatales y la escuela empezaba a recobrar lentamente su prestigio.
Pero eso no era lo importante. Lo mejor venía ahora; eran una planilla oficial en la escuela. Podrían comenzar a competir por el Consejo Estudiantil, y nadie les cuestionaría de ahora en adelante.
Patricia, Minerva y Déborah contaban sus anécdotas durante el concurso. Bromeaban y reían entre ellas, mientras que Mac se unía a la fiesta.
Nunca se las había visto convivir de esa manera.
- Hubieran visto las caras de todo cuando resolví el problema- comentaba Patricia, -pensé que en un momento iban a saltar sobre mí para desbaratarme la cara. El maldito problema lo había resuelto meses antes, mientras estudiaba para los exámenes del bimestre.
- Deben renovar ese banco de preguntas- observó Minerva –casi todo lo que me preguntaron estaba en la guía para el concurso de hace dos años, lo recuerdo bien. Fue una fortuna que el resto de los participantes tuvieran tan mala memoria.
- Son divertidos- decía a su vez, Déborah –la mayoría aquí esperan que no aciertes y la complejidad de las respuestas va siguiendo un ciclo muy parecido a la campana de Gauss. De esta manera, era fácil adivinar dónde vendría lo complicado. Mi estrategia consistió en analizar esa ola que llegaba a la cima y así concluí cuáles eran los temas que los jueces consideraban complicados.
- Somos un montón de “nerds”- bromeó Alicia –apenas puedo creer que sea verdad ¡Hemos ganado!
- Me parece que es suficiente para que la Dirección de esta escuela nos considere confiables- observó Mac –en adelante, iremos ganando ventaja sobre las “privilegiadas”
- Será impresionante su caída- dijo Minerva –ahora les toca a ellas el concurso interestatal. Me sentaré cómodamente para ver cómo caen.
Alicia pareció interesada.
- ¿A qué te refieres?
- Al ganar los concursos estatales, estamos comprometiendo a la escuela a participar en el interestatal. Pero la regla incluye que participe la concursante del año anterior en una materia distinta a las que participamos.
- Entonces…
- Al Consejo actual no le queda más remedio que participar.
- ¡Perfecto!- exclamó Patricia, golpeando la mesa con el puño en su entusiasmo -¡las vamos a hacer polvo!
- No ganarán esta vez- comentó Déborah con deleite –hemos complicado el grado de dificultad de los concursos. No quiero imaginar lo que sufrirá la pobre niñita que deba concursar en la siguiente.
Alicia sonrió. Al parecer, todas estaban dispuestas a derrotar al enemigo.
- Que pierdan entonces- dijo –mientras tanto comenzaremos con la campaña.
- Excelente- dijo Patricia –quiero ver acción y ya es tiempo.
- Creo que ya es tiempo de que confiemos en Alicia- comentó Mac, viendo que era el momento propicio -¿Qué opinan?
- Su estúpida idea de los concursos funcionó- dijo Paricia –espero que no haya sido una corazonada.
- Para nada lo fue- respondió Alicia, sin molestarse. Suficiente era con que las cosas marcharan bien de ahora en adelante.
- Estoy contigo- dijo Minerva –hoy mismo dejé el Consejo. Lo pasé mal porque las privilegiadas casi me echan a puntapiés de la sala de reuniones. Sin embargo, se quedaron alarmadas, saben que conozco mucha información acerca de ellas.
- No creo que sean tan tontas como para quedarse con los brazos cruzados- dijo Patricia –seguramente cambiarán sus estrategias.
- Tendremos que vigilarlas- sugirió Déborah, que parecía muy entretenida en revisar una cerradura oxidada –de eso me encargo yo, no pierdan cuidado.
- Entonces… Déborah, Patricia… ¿confían en mí?
- No del todo- respondió Patricia riendo –por ahora, te doy mi crédito.
- Yo espero tus órdenes- dijo Déborah –me estimula mucho todo esto y si es para romper el orden imperante, no dudes de mi colaboración.
Alicia sonrió y se volvió a ver a Mac. Ésta asintió con la cabeza y permaneció en silencio.
Alicia dijo entonces.
- Bien, debemos dividirnos a los grupos que existen en esta escuela. Cada cuál se acercara con un sector específicamente. Hay chicas donde sólo algunas de ustedes tienen acceso.
- ¿Y qué es lo que les diremos?
- Que las cosas van a cambiar muy pronto- refirió Alicia –sólo necesitamos su confianza.
Capítulo 19
Alicia subió a la azotea del edificio para buscar a Ray. La encontró a la sombra de un cobertizo, pues el sol caía a plomo. Iniciaba la primavera, lo que en aquellos lugares significaba calor y una prolongada sequía. Esto ponía mal a Ray. La chica sufría más crisis en esta temporada del año que en ninguna otra, por lo que la mayor parte del tiempo desaparecía en los laberintos de aquella escuela y no se le veía sino en raras ocasiones.
Esta vez, sin embargo, se había aventurado a regresar a las alturas para ver las parvadas de garzas que cruzaban con frecuencia el cielo.
- Son hermosas- dijo Alicia mientras las miraba cruzar el cielo.
- Vienen a anidar como cada año- dijo Ray. Su voz se escuchó diáfana y muy clara, como nunca se la había escuchado. Parecía muy lúcida en aquel momento.
Alicia se sentó a su lado, aunque respetó una prudente distancia para no inquietar a su extraña compañera.
- ¿Conoces sus hábitos?
- Solía observarlas hace algunos años- dijo Ray, mirando el cielo –regularmente escogen los árboles más altos y frondosos. Incuban prácticamente dos meses. Luego nacen dos crías comúnmente y las alimentan un tiempo. Poco a poco… los padres las visitan con menos frecuencia, hasta que desaparecen. Las crías empiezan a pelear por el alimento. A veces una empuja a la otra del nido o una de las dos muere por inanición. Es el hecho es que sólo queda una de las dos. Empiezan a volar a finales del verano, tienen qué hacerlo pues ya sólo les traen de comer una vez al día. Para algunas es el paso fatal, caen del nido y se estrellan o son presa de perros y predadores. Otras, van volando gradualmente, en pequeñas distancias. Por último, las sobrevivientes, que suelen ser muy pocas… regresan al lugar del que migraron sus padres.
- Es una historia un poco triste ¿No crees?- comentó Alicia, que disfrutaba en pleno el hecho de que Ray conversara como nunca lo había hecho.
- Es la realidad- dijo Ray –no es verdad eso de que los animales son piadosos con sus crías, algunos son extremadamente duros. Si los humanos hicieran con nosotros lo que las garzas, la gran mayoría estaríamos bajo tierra. Y no tiene por qué ser lamentable.
- A veces las personas nos formamos una realidad que no existe,- dijo Alicia –eso no significa que vivamos mejor. Quizá es la razón por la que algunos no encontramos nuestro lugar en el mundo.
Ray se encogió de hombros.
- Yo debería estar muerta- dijo, sin preámbulos –la gente como yo no sirve para nada.
- No digas eso- le dijo Alicia –eres una persona muy valiosa y si has sobrevivido, es porque posees fortaleza.
- No voy a hacer nada mejor que nadie- dijo Ray –soy un parásito y es la verdad.
- Ray, tienes un don maravilloso.
Ray se volvió a ver a Alicia con cierta extrañeza.
- ¿Un don…? ¿Qué don?
- Ves el futuro, Ray. Ganamos los concursos. Somos una planilla oficial y ahora vamos por el Consejo.
Ray se apresuró a observar el suelo. Entornó los ojos y estuvo buscando algo incomprensible. Alicia pareció interesarse.
- Dime ¿Cómo lo haces?
- No creo que sea un don- reiteró Ray
- ¡Pues lo es! Ray, si contamos con que puedes adelantarte a lo que va a suceder, tenemos mucha ventaja. ¿Recuerdas lo que dijiste? Volvería a este edificio y observaría todo lo que es mío.
- No es tuyo aún- dijo Ray, sin despegar la vista del suelo –tienes qué hacer algo antes.
- ¿Lo ves? Por favor dime, ¿en qué te basas para predecir lo que sucederá?
- Las cosas están allí y son claras- dijo Ray encogiéndose de hombros –sucederán con toda seguridad, pero a casi nadie le gusta saberlo.
- Quizá porque no tenemos esa habilidad- dijo Alicia -¿Qué es lo que tengo qué hacer antes de ganar?
Ray observó nuevamente el suelo.
- Un viaje- dijo –lejos… muy lejos…
- ¿Un viaje? ¿Fuera del país?
- No sé… tal vez
- ¿Voy sola?
- Me parece que no. Eso no lo sé con certeza.
Alicia sonrió.
- No me vendrá mal un paseo antes de ganar el Consejo.
- Cuando viajes- agregó Ray –estarás muy asustada.
- ¿Lo crees?
- Bueno… aquí dice.
- ¿Dónde dice?
Ray se levantó.
- Tengo que irme- dijo –supongo que debemos ayudarte a preparar la campaña.
- ¡Ray! ¿Dónde lees el futuro? ¿En el piso? ¿En tu mente? ¿Cómo le haces?
Ray volvió a encogerse de hombros y empezó a alejarse.
- La gente le llama delirio o alucinación. Cuando me tomo las medicinas deja de suceder.
- ¡Pero no es locura y lo sabes!
- ¿Quién lo sabe? Eres la única que cree todo lo que digo, y por alguna razón… te empeñas en cumplirlo.
Capítulo 20
Minerva sacó un manojo de volantes de una carpeta y se dispuso a contarlos. Tenía la manía de contar todo lo que tuviera enfrente una y otra vez para hacer operaciones en su cabeza acerca de lo que estaba bajo control. A sus dieciséis años era una chica excesivamente meticulosa y la ausencia de orden la exacerbaba.
Hacía dos semanas que había dejado el Consejo Estudiantil de la escuela, esperando una mejor oportunidad en las próximas votaciones. Aquello no había sido nada sencillo. Después de casi cinco años formando parte del grupo de las “privilegiadas”, Minerva era considerada una traidora y su posición frente a la Dirección estaba seriamente comprometida. Regina, la líder actual de aquella élite selecta a la que perteneció, no perdía ocasión para humillarla en público, mientras que en privado le reprochaba continuamente su actitud.
En esta ocasión, la aprehensiva Minerva no iba a escaparse tampoco.
Su puesto de promoción se ubicaba en una de las canchas centrales, frente a la biblioteca. Era un lugar muy concurrido, elegido por ella misma, decisión que más tarde lamentaría.
Debía repartir propaganda a las alumnas que pasaran por aquel sitio, cosa que aún no sucedía pues era temprano.
Vio venir en ese momento, a un grupo de adolescentes que dejaban la biblioteca. Se sintió decepcionada cuando vio que se trataba de Regina, y dos de sus allegadas: Luisa y Tamara.
Regina, de tez morena clara, cabello castaño claro y malévolos ojos verdes, era una chica que respiraba arrogancia desde la mirada hasta la punta de los pies. Era de mediana estatura y gustaba vestir el uniforme a su capricho. Luisa, una rubia alta, delgada y de escéptica mirada, solía ser su freno, pues era la más sensata de aquel grupo. Entretanto, Tamara, de cabello corto oscuro y grandes ojos azules, cuerpo escultural y expresión de diva, caminaba como si pretendiera pasar por una pasarela de modelos.
En cuanto Regina divisó a Minerva, sus ojos lanzaron ametrallantes chispas y una sonrisa pérfida asomó su rostro. Hacía tiempo que pretendía deshacerse de ella, pues Minerva solía acosarla con continuas advertencias y objeciones en todo lo que emprendiera. Sin embargo, el sólo hecho de que Minerva se le hubiera adelantado y que compitiera ahora en contra de ella, hería gravemente su vanidad.
Se acercó lentamente, seguida de sus fieles súbditas, mientras saboreaba el nerviosismo que Minerva dejaba ver en un fallido intento por fingir indiferencia.
Una vez que estuvo cerca de la mesa, tomó uno de los volantes y estuvo leyendo en silencio, mientras Minerva daba informes a un par de niñas. Luego sonrió y más tarde se echó a reír sonoramente, mientras bromeaba con la información de la propaganda.
Minerva trató de ignorar la actitud de sus ahora enemistades, pero su fuerte no era la paciencia y terminó por exasperarse.
- ¿Podrían dejar de hacer eso?
- ¿Por qué nos pides permiso?- se burló Regina con aquella voz que solía intimidar. Era una voz educada, pero con un acento agresivo e irónico. Solía obviar los comentarios de sus compañeras con un mordaz análisis de su sintaxis.
- En ese caso,- replicó Minerva -les pido que dejen esa propaganda en su lugar y se retiren. Entorpecen mi trabajo.
Regina tomó un volante y lo hizo pedazos enfrente de Minerva, para arrojárselo a la cara.
- ¿Recuerdas cuando les comenté sobre la inutilidad de una campaña? Era por esto, querida. No puedes expulsarme ni quitarme tus absurdos volantes, y yo puedo hacer lo que quiera con ellos.
Minerva permaneció inmóvil, sin inmutarse, con rostro inexpresivo.
- No eres simpatizante Regina. Formas parte de otra planilla, y como tal hay reglas y debes respetarlas.
- ¡Reglas! ¿Sabías quién hace las reglas aquí?
- El reglamento…
- ¡Si yo lo deseo puedo echar por tierra tu estúpido reglamento! Soy el Consejo y decido lo que quiero con las reglas. Y también puedo decirte que tu maldito volante es una porquería.
- No me interesa tu opinión- declaró Minerva, poniéndose a contar los volantes, en un intento por tranquilizar sus nervios.
- Vámonos- le dijo Tamara, con voz quejumbrosa -¿por qué perdemos el tiempo con ella? No va a ganar y de sobra lo sabemos. Dejemos que reparta su horrible propaganda.
Pero Regina quería azotar a Minerva. Quería darle lecciones una y otra vez para recordarle su deuda con ella. Se acercó muy despacio y le habló al oído.
- ¿Crees que te quieren en su equipo, idiota? Sé que fuiste tú a rogarles que te incluyeran, no es verdad que te llamaron. Pero en realidad eres pésima y pronto se van a dar cuenta.
- Si soy pésima, no debiera dolerte tanto que te dejara- le contestó Minerva con aplomo.
- ¿Dolerme? Sí… tal vez. Necesitaba que alguien me boleara los zapatos, alguien a quién vomitarle en la cara cuando me enojo. Por lo visto, decidiste que alguien distinto te pateara el trasero.
- Es curioso- se defendió Minerva, sin ceder un solo instante –que aquella a quien pateabas fue la única que pudo ganar un concurso que hasta tú temías enfrentar.
- Vámonos- insistió Luisa –esto no nos lleva a ningún lado. No vamos a ventilar situaciones aquí que debimos manejar antes.
- ¿De qué hablas?- se quejó Regina –¿Vas a decir que es necesaria su estúpida presencia? Ya verás como en una semana más, sus estimadas compañeras estarán renegando de ella.
- En una semana- le sentenció Minerva –estarás deseando que regrese. Porque sabes bien que tendrán que concursar irremediablemente en este año, y no tienen a una sola que se atreva.
Por toda respuesta, Regina tomó una gran cantidad de volantes y se los llevó consigo. Esta vez, sorprendió a Minerva.
- ¡Diantre!- protestó indignada -¿A dónde te llevas eso? ¡Puedo demandarte! ¿Oíste bien?
- No puedes hacer nada en contra mía- le dijo Regina mientras se alejaba –cuando tus compañeras de planilla vean dónde están sus volantes, serás parte de la misma basura que proclamas.


Capítulo 21
Como Regina lo había predicho, al día siguiente, había un revuelo en la planilla.
- ¡En los malditos baños!- exclamó Patricia furiosa -¡Encontramos los volantes llenos de porquería en los malditos baños! ¿Y saben quién fue la responsable?
- Lo que no me explico- dijo Déborah, a quien le divertía mucho todo aquello –es como le hizo para ensuciar tantos. Por lo visto el Consejo Estudiantil está sincronizado para menstruar.
- Deborah ¿por qué no te callas?
- ¿Acaso no tuviste agallas para evitar que se los llevara?- le reprendía Patricia.
Minerva guardaba silencio, las palabras de Regina aún retumbaban en su cabeza. Sabía que no era bienvenida en ningún lado. Su muy particular forma de ser la volvía repelente. Sin embargo, era algo que no podía evitar.
Mac la observaba con atención. Alicia por su parte, estaba perdida en sus pensamientos, la situación no parecía desagradarle mucho. Ray, como la mayoría de las veces, no se había presentado.
- Me acobardé- aceptó Minerva, muy afectada –lo siento.
- Lo que me preocupa- dijo Mac –es que Regina te asuste tanto. En tal caso, te puede presionar de muchas maneras.
- No volverá a pasar.
- ¿Por qué estás tan segura?- preguntó Déborah, quien había ganado mucha seguridad en el grupo últimamente. Vestía impecablemente el uniforme, lo que había cambiado su aspecto favorablemente.
- Regina me necesita, pretende que me arrepienta y regrese, cosa que no pasará- declaró Minerva, a quien le molestaba profundamente que Déborah la cuestionara, cosa que aguantaba de las demás.
- Supongamos que te convence de que regreses- le cuestionó Patricia –ya dejaste un grupo ¿Por qué no dejar éste y volver al anterior? Tendrías mucho qué contarles.
- No ocurrirá.
- No estoy segura de ello- insistió Patricia, pero entonces Minerva se volvió a verla de una manera extraña.
- Nunca dejaría este grupo aunque perdiéramos. Lo juro.
- No creo que sea conveniente que sigas repartiendo volantes- dijo Alicia, que se levantó de pronto de la mesa y se dirigió a la ventana, dándole la espalda al grupo.
- Estoy de acuerdo- apoyó Mac.
Minerva se sobresaltó al oír aquello.
- Estoy en el mejor puesto de la escuela.
- Lo sé- dijo Alicia con profunda calma
- Perderemos adeptas si cierro mi mesa.
- Nadie iba a cerrarla- dijo Alicia, sonriendo ante la egocéntrica ingenuidad de Minerva.
- Voy a enfrentarla de la mejor manera. Les pido una oportunidad, sólo una.
- Regina va a seguirte fastidiando, eres su blanco principal.
Minerva hizo un supremo esfuerzo por sobreponerse. Hizo de tripas corazón.
- ¿Quién va a quedarse en mi lugar? Ustedes ya están en sus respectivos puestos. Ray es incapaz de hacerse cargo. En cuanto a ti, estás a cargo de los directivos.
- Yo voy a quedarme en tu lugar.
Todas la miraron escépticas.
- Alicia, quedamos en que tú…
- Me haré cargo de Regina. Tenemos más problemas en qué ocuparnos y esto lo debemos resolver pronto.
- Deja que me haga cargo. Dame un día tan sólo.
Alicia bajó los anteojos y posó su serena mirada en la desesperada Minerva.
- No quieres que te destituya. Serías el hazmerreír de todas ¿No es así?
- Ya soy el hazmerreír, pero eso no me importa. Soy parte de la planilla, no quiero ser un cero a la izquierda todo el tiempo. Puedo con ella ¡Lo sé!
- Si vuelvo a saber que Regina te quiebra, Minerva, voy a torcerte más aún. Tienes un día solamente ¿Entendiste?
Todas miraron a Minerva. La humillación había sido el principal motivo por el cuál había dejado el grupo de Regina. Pero no se doblegó, apretó los dientes y habló con aplomo.
- Conozco a Regina, sé cómo hacerla flaquear. Esa mesa es mía y me quedaré con ella.
Alicia sonrió. Esperaba esa reacción de Minerva desde hace rato.
- Más te vale que funcione- le dijo satisfecha.
Se dispusieron a marcharse. En el umbral de la puerta, Minerva alcanzó a Patricia:
- No voy a traicionarlas. Si ése es tu temor puedes estar tranquila.
- ¿No le decías eso mismo a Regina?- dijo a su vez Patricia, alejándose con rapidez.
Mac se acercó a Alicia, que arreglaba su portafolio.
- Enfrentarás a Minerva con Regina ¿Es eso lo que quieres?
Alicia se encogió de hombros.
- Hasta ahora no nos perciben como amenaza. Quiero ver lo que son capaces de hacer.
- Son niñas ricas, no están interesadas en competir. Si tu interés es comenzar una guerra, no esperes respuesta. Además, no necesitamos una.
Alicia iba a replicar pero en eso se topó con Déborah, que esperaba pacientemente sentada.
- ¿Se te ofrece algo?
La pelirroja sonrió:
- Sé que suena ridículo, pero mi adorada madrecita quiere invitarte a comer. Está que da brincos porque gané el concurso.

Capítulo 22
Los padres de Déborah vivían en una zona residencial a tres horas del colegio. El padre era un prestigiado cirujano infantil, y su madre era odontóloga, especialista en ortodoncia. Vivían cómodamente y viajaban mucho, con motivo de congresos y seminarios para actualizarse. Se distinguían por ser una pareja apacible, con poca tendencia al conflicto. De hecho sus principales problemas, eran respecto a la única hija que tenían y su extraña conducta.
Alicia reconoció que Déborah era más agraciada que su madre, aunque ésta última tenía un carácter agradable y una sonrisa cautivadora. La mujer, de nombre Séfora, debía pasar de los cuarenta y cinco años y no había podido tener más hijos.
Recibió a Alicia con mucho entusiasmo, la primera que entraba a casa de Déborah por primera vez en su vida.
- Me alegra que al fin se haya resuelto a demostrar su talento- dijo, a propósito de su hija –pero sobre todo, te agradezco que la hayas impulsado a ello.
Alicia agradeció amablemente, estaba acostumbrada a ser bien recibida. Se diría que era una casa normal, llena de luz, de flores y con calor de hogar. Pero no encontraba en Déborah indicios de que aquello hubiera dado resultado. De hecho, la pelirroja se volvía prácticamente muda en presencia de su madre.
La comida, por otro lado, era deliciosa, pues Séfora era excelente cocinera.
- Si fuese Déborah- comentó Alicia bromeando –preferiría asistir a una escuela de medio turno cerca de mi casa. Sería excelente pasar las tardes aquí.
- Lo sé- suspiró la madre de Déborah –por desgracia, ella no eligió esa opción.
Déborah lanzó a su madre una veloz mirada, pero Alicia no alcanzó a descifrar qué quiso comunicar con ello.
- Se ha metido en muchos problemas- dijo Séfora –el colegio Sor Juana fue el único lugar donde la aceptaron. Si hubiera empezado del modo en que lo está haciendo tendría una brillante carrera en estos momentos.
- Por lo que veo, usted es una persona exitosa- comentó animadamente Alicia. El silencio de Déborah la incomodaba y decidió investigar más a su madre.
Séfora sonrió.
- He buscado realizarme en todos los sentidos. Ha sido un camino difícil, pero al final puedo sentirme orgullosa de lo que he conseguido. Además tengo un marido que ha sabido comprender mis necesidades, creo que ambos nos compaginamos bastante bien.
- Eso no ocurre a menudo- aclaró Alicia –me alegra que cuide su matrimonio. Hoy en día las parejas tienden a durar cada vez menos.
- Eso se debe a la poca tolerancia para iniciar proyectos en conjunto- dijo Séfora, con cierta admiración –eres muy madura, Alicia. Pareces conocer muchas cosas para tu edad.
- Suelen decirme eso- dijo Alicia, con cierto orgullo –si hubiera tenido una madre como usted, habría llegado más lejos. Todo lo que deseo es un delicioso plato de sopa caliente como éste. Se siente el cariño de quien lo prepara.
- ¿Qué hay de tus padres, Alicia?
- Mi madre falleció cuando tenía trece años- comentó Alicia –mi padre no es un buen hombre. Me mantengo de mis becas para poder estudiar.
- Eres brillante, para sostenerte por ti misma a tu edad- le dijo Séfora –si en algún momento necesitas de nuestra ayuda, cuenta con nosotros.
- No tiene por qué molestarse- rió Alicia. Pero Séfora insistió:
- Es mi forma de agradecerte lo que has hecho por Déborah, Alicia. Eres bienvenida en esta casa siempre que lo desees.
Salieron a la terraza que daba a un lindo y amplio jardín, aunque Déborah se perdió en su habitación. Alicia se sorprendía cada vez más de que Déborah hubiera renunciado a todo aquello.
Séfora suspiró desalentada.
- Eres la primer amiga que tiene en su vida. Y temo que no sepa cuidar de ti, porque la conozco. No tiene habilidad con la gente y además, reconozco que es muy rara.
- No debiera decir eso- comentó Alicia, sorprendida de que aquella mujer le confiara tanto sobre su hija.
- Cuando nació, creímos que era sordomuda, pues no lloraba ni prestaba atención a las voces. Pero su oído estaba perfectamente, y pronto descartamos el problema. Era una niña sana pero inexpresiva, como si viviera en otro mundo. A los dos años la diagnosticaron autista y empezamos a llevarla a rehabilitación. Pero no era como los demás niños, era inteligente y podía observar cómo aprendía rápidamente. Simplemente no quería hablar, lo hacía cuando quería.
En este punto la voz de Séfora se quebró, pero siguió hablando como si una imperiosa necesidad la atormentara. Alicia la escuchaba compadecida. No era la primera vez que la gente se desahogaba con ella, y curiosamente, solían ser mujeres maduras.
- Hemos ido con tantos especialistas, médicos, psiquiatras… Nos hemos culpado mil veces, hemos buscado qué hicimos mal. No lo entiendo… no la entiendo… ¡No sé que le ocurre ni que pasa por su cabeza!
- Entiendo cómo se siente.
- La parte más complicada de todo esto es aceptarla tal cuál es. Hace cosas tan extrañas… no sé donde lo aprendió o por qué lo hace. No tiene remordimientos ni compasión por los demás. La han expulsado de diferentes escuelas por esa compulsión que tenía de lastimar a otros niños y a los animales. La gente piensa que somos malos padres, creen que la hemos educado mal. A veces quisiera hacerla despertar de algún modo…
Séfora sollozó un rato en silencio, ante la piadosa mirada de Alicia. Ésta le consoló con una mano en el hombro.
- Tranquilícese. Le aseguro que Déborah se está desempeñando bastante bien en este momento. Cualquiera que haya sido su problema, lo ha superado.
Séfora le tomó la mano con vehemencia.
- No la dejes sola, te lo pido. Eres la única que puede ayudarla y de verdad eres un milagro en nuestra vida. Y créeme, si podemos recompensarte de alguna manera, dínoslo por favor.
Alicia agradeció infinitamente. Entretanto, Déborah les observaba atentamente desde la azotea de la casa.
Capítulo 23
Alicia llegó molesta ese día. Sus ojos apacibles lanzaban chispas y se notaba cuánto hacía por contenerse. Pero en cuanto vio a todas sus compañeras juntas, no pudo evitar la presión. Arrojó el libro a la mesa y se quitó los anteojos.
Viéndola así era temible y lograba atemorizar a cualquiera, pues pareciera que mataría a alguien allí mismo. Pero las chicas que estaban allí reunidas no eran personas ordinarias. Aquella actitud las sorprendió, pero no las asustó de manera alguna.
- Esperaba que hicieran su trabajo- dijo Alicia, su voz era áspera y gruesa –esperaba que tomaran en serio lo que estamos haciendo, pero ya veo que no tienen idea de lo que pretendemos.
- ¿Por qué no te calmas primero?- protestó Patricia –pareces energúmeno.
- Si pretendes que manejemos esto como personas serias, empieza por parecerlo- le secundó Minerva.
- ¡No van a decirme qué hacer! ¡Soy la que manda aquí! ¿Entiendes?
Patricia se levantó furiosa.
- ¿Por qué no le gritas a tu madre? Si no tienes nada mejor qué hacer, me voy de aquí.
- Sería mejor que nos tranquilizáramos todas- opinó Mac, invitando a Alicia a sentarse –o cualquier cosa que intentemos se irá por la borda.
Alicia se sentó para respirar profundamente. Luego lanzó una feroz mirada a todas antes de hablar. Minerva y Patricia la miraban molestas. Déborah estaba distraída, desmenuzando una mosca con un par de pinzas.
- ¿Quieres dejar de hacer eso?- le recriminó Alicia molesta. La pelirroja guardó la mosca en una cajita y trató de poner atención.
- La hermana Celeste está furiosa- dijo Alicia –me mandó llamar hace una hora. Ustedes están prometiéndole a las demás una sarta de mentiras en la campaña. Patricia les dice que las monjas se irán si ganamos, Déborah pretende conseguir las respuestas de los exámenes para las simpatizantes. Y tú, Minerva ¡andas repartiendo volantes dentro de la biblioteca! ¿Qué diablos pasa con ustedes?
- ¿No era eso lo que queríamos?- replicó Patricia enojada –no dejan de preguntarme si vamos a deshacernos de todas esas abusivas. Intento infundirles esperanzas, de eso se trata una campaña.
- Desgraciadamente son las administradoras de esta escuela- razonó Mac –y si ellas lo desean pueden cancelar nuestra planilla.
- En todo caso, es mejor que se quede el Consejo actual- resopló Patricia –las monjas no son dueñas de esta escuela ¡Podemos echarlas!
Alicia estalló:
- ¡Pero no ahora! ¿Es que no tienes sesos? ¡Necesitamos ganarnos a la Dirección para que nos apoye! ¡Sabes que el 70% de las probabilidades para que ganemos dependen de eso!
Patricia se levantó y se dispuso a marcharse.
- ¿A dónde vas?
- ¡A dónde sea! Todo sea mejor que quedarse aquí.
Y desapareció. Alicia arremetió entonces contra Minerva.
- ¿No dijiste que ibas a enfrentar a Regina? ¡Te di una oportunidad!
Minerva se atemorizaba con más facilidad que Patricia. Estaba acostumbrada al régimen del terror.
- Por el momento es mejor hacerlo de esta manera.
- ¡Está prohibido hacer proselitismo en biblioteca! ¿No eras tú la que pregonaba las reglas?
- Regina amenazó con vomitar encima de la mesa- dijo Minerva, temblando –las chicas me respetan en la biblioteca. He podido hablar con ellas con más amplitud, allí Regina no puede armarme un escándalo…
- ¡Tienes miedo! Y estás rompiendo las reglas para evadir a Regina ¿Es esa tu forma de enfrentarla?
Minerva no dijo nada. Estaba molesta, pero se quedó callada, tratando de no aumentar más el enojo de Alicia.
Pero ésta ya había terminado con ella. Se acercó lentamente a Déborah con ademán amenazante.
- ¿Estás robando exámenes?- le dijo en voz baja.
Déborah sonrió, jugueteando con la pequeña cajita.
- ¿Quién te espía? ¿Regina? Porque la monja parece muy bien informada.
- ¡Responde!
- Siempre los robo- aclaró tranquilamente Déborah mientras extraía la mosca nuevamente –sólo que no los compartía anteriormente. Y Patricia siempre ha dicho que expulsará a las monjas de esta escuela, todas lo saben y no es nada nuevo. Quien te ha ido a acusar en la Dirección, empieza a temer que ganes.
Se levantó y se marchó como si nada hubiera sucedido. Minerva se fue detrás de ella, sin decir una palabra.
Alicia se sentó furiosa, mientras miraba la ventana. Mac carraspeó y se acercó detrás de ella.
- Déborah tiene razón- dijo –al parecer Regina está en apuros y busca ponerte en desventaja. Pero si se trata de tranquilizar a Celeste, creo que eres la persona ideal.
- No es eso lo que me preocupa- dijo Alicia, desalentada –es la actitud que están tomando ellas. Las creí más listas, más talentosas… Están actuando como unas niñas estúpidas…
- ¿Por qué las has idealizado de esa manera? Son como cualquiera, sólo comparten algunas ideas en común contigo, pero necesitan ayuda, eso es indudable. Si conoces otra manera de proceder, dínoslo pero no compliques más su trabajo.
Alicia se volvió a mirar a Mac.
- Lo sé Mac. Debería ser más comprensiva con ellas, una verdadera líder. Es sólo que esperaba más de ellas ¿O acaso no pueden doblegar su rebeldía? Me he comprometido con Celeste para compensar lo que han hecho. Necesito recuperar su confianza y estoy en un tremendo lío. Eso quizá no les importe, sólo se sienten agredidas y actuaron como tal ¿Realmente les importa la planilla?
- Yo creo que sí- dijo Mac –les importa tanto como a ti. Pero no saben manejarlo de otra manera que no sea aquello a lo que están acostumbradas. De la misma forma en que tú vienes y pretendes convencerlas de que están cometiendo un error a punta de gritos e insultos… piensas que es la forma en que funcionan. Pero no funcionan así ¿Lo ves? Tendrás que buscar otra manera.
Alicia se quedó pensativa, mientras Mac abandonaba el recinto y la dejaba absorta en sus pensamientos.
Capítulo 24
Se sentía humillada. Había considerado que eran un equipo intocable, tras los triunfos en los concursos. Pero se daba cuenta que habían cosas en las historias de todas, que interferían con el equipo.
Patricia era temeraria, Déborah tenía tendencia a la psicopatía y Minerva era cobarde. Ray era incapaz de permanecer lúcida una semana entera y Mac sólo utilizaba sus habilidades de observación como pasatiempo.
Tenía que buscar la manera en que realmente funcionaran como un equipo, tenía que proteger su planilla de alguna forma.
Salió del salón en que se reunían, meditando la personalidad de cada una de sus compañeras.
“Tiene qué existir una combinación” pensaba, “Cada una tiene una fuerza y a la vez una debilidad. Si encontramos la ecuación exacta en la que todas encajen estaríamos logrando un grupo muy poderoso, pero ¿Cómo hacerlo?”
Fue en eso que se distrajo mirando hacia el pasillo inferior, que era visible desde donde se encontraba. Una adolescente salía de la oficina de la dirección en ese momento.
“Debo convencer a Celeste” pensaba Alicia “encontraré la manera. Debo hacerla creer que soy su aliada y su amiga.”
Veía a la chica desplazarse por el pasillo, hasta que de pronto, se quitó súbitamente los anteojos para verla con más precisión.
Aquella chica, por alguna razón, llamaba poderosamente su atención. Tenía unos oscuros ojos grandes y rasgados, de pobladas pestañas. Su rostro era perfecto, y sin maquillaje resaltaba sobre el de cualquier otra chica que habitase la escuela. Su cabello largo y ondulado, del color de las castañas, se movía con delicadeza.
Alicia se ocultó tras una pilastra, avergonzada de sí misma. Era denigrante la manera como espiaba a aquella chica, sin poder contener la atracción que experimentaba hacia ella.
Cerró los ojos, tratando de entender su espontáneo interés. “No puede ser” se decía “estoy perdiendo la cabeza. Esto… no debería estar pasando”.
Volvió a abrir los ojos y avanzó rápidamente hacia la siguiente pilastra, donde volvió a divisar a aquella jovencita.
“¿Quién es?” se preguntó intrigada “No la había visto antes por aquí”.
La chica bajó del edificio y se perdió por el patio, sin percatarse de que era vigilada.
Alicia, en su obsesión, subió rápidamente las escaleras que llevaban a la azotea. Allí volvió a verla, y pudo observar como entraba en el edificio reservado a las alumnas privilegiadas.
Por fin, se derrumbó en el piso de la azotea, completamente desolada.
Hacía tanto tiempo que no le sucedía esto. De hecho, había llegado a creer que no volvería a sucederle nunca. Miró los anteojos que llevaba en la mano, y suspiró amargamente.
“¡Madelaine! Si me vieras ahora, te morirías de pena. Soy un asco, no debería estar viva”
Se sentía traicionada por sí misma, atormentada por un demonio de su pasado, aquel que le obligaba a mirar de forma diferente a las personas de su mismo sexo.
No podía juzgar a sus compañeras cuando ella misma no era capaz de sobreponerse a sus defectos. De todas las complicaciones le parecía que la suya era la peor de todas.
Bajó las escaleras a hurtadillas, como si temiera ser descubierta. Entró nuevamente al salón en que momentos antes había discutido con las demás y se dejó caer en una silla, donde hundió su cabeza entre las manos.
Estuvo así, casi veinte minutos, mientras su mente daba vueltas sin control alguno. Dentro de todo su dolor y angustia, le era imposible borrar la imagen de aquella chica de almendrados ojos negros.
De pronto, se vio interrumpida por la inesperada llegada de Minerva. Desde luego no buscaba de manera alguna arrepentimiento o deseo de enmienda por lo que había hecho. Tampoco había delicadeza ni sutileza alguna, a pesar de que era la que más características femeninas reunía del grupo. Se dio cuenta de que ambas pertenecían a un grupo muy diferente de personas
Se precipitó en la mesa donde Alicia se encontraba casi derrumbada, sin percatarse siquiera de su estado de ánimo.
- ¡Encontré la razón por la que nos están desprestigiando! Lo que acaba de sucederme hace unos minutos es casi providencial…
- ¿Qué sucede? –preguntó Alicia con voz rasposa. La exaltación de Minerva casi le molestaba, pero por otro lado se sentía aliviada de que no percibiera su indisposición.
- Regina acaba de acosarme- declaró triunfal Minerva mostrando un enorme y profundo rasguño que partía de su oreja izquierda hasta el mentón –quiso sobornarme para que regresara.
Por un momento, Alicia olvidó su amargura y se mostró más interesada. Se puso los anteojos y prestó atención a Minerva.
- El concurso principal del año está definido: Gramática española. Ha sido un golpe duro para ella, quien va a concursar es nada menos que Stenella.
- Vaya nombre…- comentó Alicia rascándose la cabeza -¿de dónde lo sacaron?
- ¿Qué se yo? El punto es que Stenella concursó el año pasado en el mismo rubro y ganó con fraude. Al parecer uno de los jueces fue sobornado. El Comité pidió una reevaluación pero no fue considerada. Esta vez, los jueces serán distintos menos uno, es precisamente el que solicitó la revisión. ¡Stenella está perdida!
- A menos que gane- concluyó Alicia sin ninguna emoción.
- Eso es lo que Regina pretende. Soy una de las que domina mejor la gramática. Me pidió que la asesorara con respecto al examen. Desde luego me negué. Discutimos y le eché en cara que nos acusara en Dirección cuando ella nunca ha seguido las reglas. Se molestó mucho, perdió los estribos y se echó encima de mí.
Y mostraba la herida de su cara con extraña presunción.
Alicia sonrió. Parte le hacía gracia la actitud de Minerva, parte… se sentía orgullosa de ella. Otra habría lamentado lo indecible semejante agresión, otra tal vez se habría acobardado…, otra quizá habría cedido…
Definitivamente, eran un grupo distinto al resto del mundo de las mujeres. Por eso estaban juntas.
- Te felicito- le dijo –pero no me parece buena idea que te sigas arriesgando a que te lastime.
- No se ocupará más de mí –razonó Minerva –estará desesperada buscando quien ayude a Stenella a salir del atolladero. Realmente está en problemas.
Alicia sonrió cabizbaja. Ella también estaba en problemas.
Capítulo 25
Alicia encontró a Patricia en la cancha, mientras observaba un juego de básquetbol. Aunque Patricia era muy volátil y discutía con ferocidad cuando no estaba de acuerdo, no pareció molestarle la presencia de su compañera.
Alicia se sentó a su lado mientras observaba el juego. Le parecía que era en extremo violento, considerando que eran chicas de entre diez y trece años. La mayor parte cometían faltas, pero nadie las marcaba. Las adolescentes se divertían agrediéndose entre sí.
- Un juego brutal ¿No te parece?- observó Alicia.
Patricia sonrió en una mueca excesivamente varonil, sin mirar a Alicia.
- Es una forma de desahogarse. La vida aquí es una mierda, por lo que es mejor llevar la adrenalina a mejores sitios.
- Deben salir bastante lastimadas de allí.
- No tanto como las lastiman quienes están al frente de la escuela.
Luego pareció meditar sus palabras y reconsiderando, habló:
- Si conocieras su mundo, ansiarías darles cualquier atisbo de esperanza.
- Por eso les dijiste que echarías a las monjas de aquí.
Patricia movió la cabeza. Le costaba trabajo ser sentimental, y su propio gesto se lo impedía. Sin embargo, en el fondo, las injusticias la indignaban.
- La más alta, la que lleva una banda en la cabeza… no tiene dentadura al frente. Una de las monjas le tiró los dientes de un codazo. Estuvo sangrando días… nadie la llevó al médico. La acusaron injustamente de vomitar en los baños, porque una de las privilegiadas era la causante.
Su voz se volvió lenta, había cierta indignación en ella.
- La morena, excesivamente flaca… no tiene una mano. La amarraron casi una semana, por “robar”. La mano se gangrenó y se la cortaron.
- Es horrible lo que dices.
- Y es sólo lo que digo, porque no alcanzaría el mes entero para contarte acerca de cada una de ellas. Las llaman “perdidas”, porque casi ninguna tiene papeles. Si alguna se muere… habría sido como si no existiera.
- ¿El gobierno no debiera revisar eso?
Patricia sonrió con ironía.
- ¿Crees que a alguien le importa lo que pasa aquí, Alicia?
Luego continuó:
- Mi madre murió cuando nací. Mi padre es obrero, al igual que mis dos hermanos. Una niña era demasiada carga, si se considera que a las mujeres siempre nos ven como un estorbo. Tuvo que dejar a un lado la educación tradicional para mostrarme que la vida es dura, es difícil y la vive quien tiene agallas. Crecí aprendiendo a defenderme, a golpes si era preciso. Me dijo “cuando seas mayor decide qué quieres hacer de ti, entretanto harás lo que yo te diga”. Comprendí que para comer un pedazo de pan era necesario ganárselo y hasta pelear por él si era posible. Cuando llegué aquí, comprendí que muchas eran muy parecidas a mí. No hubo mimos ni arrumacos en mi vida, Alicia, por eso tenemos puntos de vista diferentes. Agradezco a mi padre que nunca me haya mimado, los mimos son motivo de problemas en la vida de una chica.
Alicia observaba a las chicas, que reían sonoramente mientras se arrojaban el balón a la cabeza.
- Un día- dijo, con voz tranquila –mi padre me sacó de la casa, tras golpear a mi madre, y me hizo conducir durante dos horas por la carretera. Yo tenía nueve años y aún no podía defenderme muy bien. El carro se averió en plena tormenta, por lo que intentó arreglarlo en vano. Era un carro viejo, aún no tenía la tecnología de época, pero estaba tan enojado que no podía hacer nada. Entonces me sacó del carro y me amarró de la cintura a la defensa. Dijo que quería ese carro funcionando en la mañana y se fue a dormir a un motelito. Tuve que pasar mitad de la noche bajo el carro, esperando que la lluvia pasara. Hacía frío y no había comido desde la mañana.
Así, tiritando, salí alrededor de las tres de la mañana y estuve revisando el carro. Cuando él llegó al salir el sol… el maldito auto funcionaba.
Patricia se volvió a verla, pasmada.
- ¿Funcionó…? ¿Lo arreglaste?
- No lo sé- dijo Alicia sonriendo –hice mis conjeturas y revisé cuantos cables encontré. Al final creo que se arregló solo. Eso no me valió más que para conducir de vuelta a casa, empapada, resfriada, sin comer y sin dormir.
Patricia se quedó mirando el horizonte, pensativa.
- Era un hijo de puta- dijo por fin.
- Lo sé- dijo Alicia suspirando –creía que me educaba para la vida, al igual que el tuyo. Pero a diferencia tuya, yo no se lo agradezco ni lo haré jamás. Para mí, la vida no tiene que ser sufrimiento. Creo que hay muchos hijos de puta dispuestos a hacernos creer eso, pero yo no coopero. Quiero una vida digna, por eso me alejé de él y no pienso volver a verlo nunca.
Luego se volvió a Patricia, que permanecía silenciosa.
- Las comprendo al igual que tú- le dijo a Patricia –sé que han sufrido lo indecible. Sé que no soportas que abusen de ellas. Soy una de ellas, y comprendo perfectamente qué se siente que te pisen sólo porque a alguien se le da la gana. Pero precipitarse y prometerles antes de asegurar algo no mejorará las cosas. No las dañes más de lo que están ahora.
Patricia movió la cabeza, perpleja.
- Juraba que eras una maldita catrina, Alicia. No pensé… que tuviéramos tanto en común.
Alicia se encogió de hombros y se levantó.
- De eso se trata, Patricia. Vivir aparentando lo que no soy… me ha traído beneficios.
Capítulo 26
Mac llegó temprano ese día y encontró a Ray en el salón de juntas. Se sentó sorprendida frente a ella y la observó con curiosidad. Ray era una persona huidiza, incapaz de relacionarse socialmente. Era extraño que decidiera asistir a una de las reuniones.
- ¡Hola! ¿Cómo estás?
Ray, siempre vacilante al hablar y arrastrando la voz, con su sobretodo grande y sucio, respondió:
- Vengo porque hay cosas terribles en las paredes.
Mac conocía un poco la jerga de Ray. A veces conversaba con ella, cuando se la topaba. Tenía interés en los problemas mentales y emocionales de las personas. La locura, de hecho, llamaba poderosamente su atención.
Sabía que Ray tenía por costumbre encontrar en las manchas de las paredes jeroglíficos con algún mensaje en particular. Solía atribuirles una predicción a futuro.
- ¿Qué dicen las paredes?
- Estoy en problemas- respondió Ray con suma preocupación –alguien me hará daño.
- ¿Sospechas de alguien en especial?
- Un avión- dijo Ray
- ¿Un accidente en avión?
- No estoy segura- dijo Ray, muy confundida –no sé si soy yo en un vuelo de avión o alguien que viaja en uno de ellos.
Alicia entró en ese momento, seguida de las demás integrantes.
- ¡Ray! ¡Qué sorpresa!
- Por fin apareces. Le reprochó Patricia –a veces me pregunto cuál es tu utilidad en la planilla.
- Yo también me lo pregunto- respondió Ray con su voz indiferenciada y cansada.
- Ray- dijo Minerva, que ostentaba el lado izquierdo de su rostro bastante lastimado aún –no es fácil para nosotras la propaganda, pero nos esforzamos ¿Sabes? Tú también deberías intentarlo.
- No sé si podré decir siquiera una palabra- se disculpó Ray –además, con frecuencia pierdo el rumbo de lo que estoy diciendo.
- Eres inteligente- insistió Minerva –encontrarás la manera. Además, creo que muchas simpatizarían más por ti que por mí, en este caso.
- Parte de esto fue tu idea- comentó Patricia -¿por qué no lo intentas?
- Basta- dijo Alicia suavemente –será mejor que la dejen tranquila.
- Pero…
- No se hable más del asunto.
Alicia se sentó alegremente, mientras todas tomaban sus respectivos lugares.
- ¡Bien! Me alegra encontrarlas a todas esta vez. Deberíamos llevar un nombre distintivo ¿No les parece?
Patricia y Déborah miraron acusadoramente a Minerva, quien bajó la cabeza atosigada como solía hacerlo.
- ¿Por qué no le dices cómo nos registraste “chica brillante”?
- “El Grupo de las Seis”- respondió Mac, para restarle presión a Minerva. Sin embargo, no dio mucho resultado.
Alicia se levantó indignada de su asiento, mientras Déborah no paraba de reír.
- ¿”Grupo de las Seis”? ¿Qué clase de nombre es ése?
- No se me ocurrió otro- se excusó Minerva –y además, nadie aportó ideas. Me dejaron a mí sola con el paquete del registro de planilla y no tuve mucho tiempo para pensarlo.
- ¡Pues es horrible!
- ¿Por qué?- intervino Ray en ese momento –a mí me gusta.
Todas se volvieron a verla, un tanto perplejas. Alicia replicó:
- Ray, ten en cuenta que nos identificarán así en todas partes y por todo el tiempo que existamos.
La retraída joven se encogió de hombros y recorrió los rostros de las demás.
- ¿A alguien se le ocurre uno mejor?
Alicia comprendió la inutilidad del reclamo. Su mente estaba demasiado dispersa para ponerse a pensar en un nombre adecuado.
- Bien, el asunto de hoy es el siguiente: si Minerva no se equivoca, Regina está en problemas. Ayer intentó sobornarla sin éxito alguno, lo cual nos pone en ventaja sobre el rendimiento académico de ellas.
- Regina está buscando ganar el concurso- explicó Minerva –seguramente las han comparado con nosotros. Si Celeste decide tener concursantes legítimas es posible que ya no apoye a Regina, pues se mete en muchos problemas al sobornar a los jueces.
- En tal caso, se retirará del concurso ¿no es así? Sería lo más prudente –comentó Mac.
- No va a retirarse- aseguró Ray.
- ¿Por qué no? Se arriesga demasiado de otro modo- cuestionó Patricia intrigada.
Todas miraron a Ray nuevamente. Ésta se encogió de hombros, confusa.
- No va a retirarse. De hecho… no sé si ella es la que vuela en el avión…
- ¿De qué habla?
- Conversábamos de otro tema antes de que llegaran- comentó Mac –sólo está atando cabos.
- Regina no va a concursar, Ray –enfatizó Minerva –de acuerdo a las reglas del concurso sólo puede concursar la semifinalista anterior.
- ¿Quién es ella?
- Stenella D.
- ¿Stenella?- exclamó Patricia perpleja. Déborah sonrió con cierta malicia.
- Es la peor de todas ellas- dijo riendo –no entiendo cómo llegó a semifinalista.
- ¡Con fraude!- le respondió Patricia -¿de qué otra forma podría ganar esa infeliz?
- No entiendo- dijo Ray, rascándose la cabeza –no veo a Stenella empeñándose en concursar.
- A menos que Regina la obligue- dijo Minerva –es capaz de hacerla estallar con tal de que la saque del atolladero. Regina es muy orgullosa, y la presionará si es preciso.
- Dejemos que pierda entonces- dijo Alicia –por ahora, deseo hacerles una petición.
- ¿Qué es ello?
- Deseo retirarme del grupo- dijo Alicia humildemente –no me siento bien últimamente.
Capítulo 27
Todas estaban consternadas, incluso Déborah parecía sorprendida.
- ¿Qué diablos ocurre?- preguntó Patricia,
- Creo que cualquiera de ustedes puede dirigir este grupo. Ayer, me di cuenta de que no tengo la capacidad para estar al frente.
- Seguro vas a darnos una explicación- dijo Minerva, entornando los ojos.
- La verdad… prefiero no hacerlo.
- ¿Te estás dando por vencida?
Alicia se volvió sorprendida hacia Ray, que era quien había formulado la pregunta. Parecía más lúcida que nunca y le miraba con total consternación.
- Tiene razón en preguntar- dijo Mac –me parece que te estás apresurando.
- Simplemente me he dado cuenta de que no soy mejor que ustedes.
- ¿Y quién aquí es mejor que las demás?
- Tal vez no se den cuenta de que cualquiera de ustedes puede ser líder.
- ¿Ahora resulta que puedo ser la que manda aquí?- dijo Patricia –Alicia, no es presión, pero honestamente me decepcionas.
- Y a mí- secundó Minerva, cuya cicatriz estaba aún inflamada –tú eras mi modelo a seguir.
Alicia se sintió desesperada. El grupo tenía puestas sus esperanzas en ella, las estaba defraudando.
- No soy lo que ven- dijo en voz baja –soy más miedosa, más intolerante y más egocéntrica de lo que aparento. Tengo miedo a perder, tengo miedo a dejar mi estabilidad por correr riesgos ¿Comprenden?
- Eso nos puede ocurrir a cada una- le dijo Mac –pero aún así, créeme que no es necesario que te castigues, excluyéndote del grupo. Disfrutas ser líder, no te niegues esa oportunidad.
- Nunca he sido líder realmente- lamentó Alicia –y no sé si pueda conseguirlo. Temo fallarles, más que a nada en el mundo.
Ray se levantó entonces
- Este grupo existe gracias a ti.
- No, Ray, Patricia tiene razón. Tú lo viste primero.
- No, no es así.
- Tú sabías que este grupo se reuniría tarde o temprano. Lo habías anticipado.
- Mentí.
Se volvieron a verla, consternadas. Alicia era la más sorprendida.
- Ray, dijiste muchas cosas que no pudieron ocurrir por accidente.
- Sólo reuní datos al azar de todas. Las observaba, las veía pasar y encontré que tenían características muy particulares. Nunca creí que lograras reunirlas.
Alicia se quitó los lentes y la miró desalentada.
- Por favor, Ray. No me mientas ahora.
- Es verdad.
Alicia se sentó, sin saber qué decir. Pero Ray insistió.
- Quiero colaborar más en la planilla. Hablaré con las simpatizantes.
- Pero…
- Haré lo que sea para convencerlas. Pero si hago eso, promete que no vas a irte.
Alicia se quedó sin habla por unos instantes. Luego tartamudeó:
- ¿Por qué es tan importante para ti que permanezca?
- Por eso mismo- dijo Ray, tras meditarlo unos instantes –porque es importante.
Sonrió levemente y salió de la sala, arrastrando misteriosamente una de sus piernas, síntoma que no exhibía anteriormente. Patricia se levantó y le dijo, con una palmada.
- Tiene razón, tú has hecho realidad esto. Nosotras no hubiéramos podido. Por favor, considéralo.
- Lo que Ray va a hacer le costará enfrentar su más grande fobia- opinó Mac –que es la gente. Valóralo, Alicia.
Alicia se volvió a la ventana, mordiéndose los labios.
- Dejadme sola. Necesito pensarlo con más calma.
Todas empezaron a retirarse. Déborah se quedó al último.
- ¿Qué sucede?- preguntó Alicia, al verla aún allí.
- Crees que no eres normal, ¿verdad?
- ¿De qué hablas?
La pelirroja sonrió. Sus ojos sarcásticos no le ayudaban.
- Conozco esa mirada tuya. Es de miedo, miedo a que descubran algo sobre ti.
Alicia le miró, con cierta suspicacia. Parecía que la chica le había leído la mente.
- No exactamente.
- Sólo quería decirte- le dijo Déborah –que todas aquí nos sentimos igual que tú. Por tu bien y el de todas, deberías preservar este grupo, es nuestra forma de sobrevivencia.
Dicho esto, hizo una jocosa reverencia y se marchó.
Capítulo 28
Mac encontró a Alicia en la azotea del edificio donde solían reunirse. Se instaló a su lado y contempló la calurosa puesta de sol de aquel atardecer.
En la lejanía se perdían las voces de las alumnas, que se finalizaban las últimas actividades académicas del día. Una brisa incierta provocaba remolinos de polvo en los patios.
La encontró con cierto desaliño, el cabello revuelto, los anteojos en el bolsillo del chaleco y la mirada triste y confundida.
Sabía Mac que Alicia deseaba hablar con ella. Se estaba acostumbrando a ello.
- Tardaste en venir- le dijo.
- Hasta personas como yo tenemos necesidades- dijo Mac sonriendo –sin embargo, no podía dejar de venir a apoyarte.
Alicia sonrió. Era la primer amistad en su vida que compartía su misma edad. Si algo podía agradecerle a Mac era sentirse segura y comprendida por ésta.
- ¿Qué necesidades han surgido en tu vida, Mac?
- Cuéntame sobre ti- le dijo Mac, bromeando –yo aún no me acostumbro a ventilar mis asuntos personales. ¿Qué repentino miedo se te ha metido en la cabeza, querida?
- Uno muy lejano, que pensé se había esfumado hace tiempo.
- Me da la impresión- dijo Mac –de que es un temor cercano. ¿Es sobre tu femineidad?
Alicia la miró sorprendida.
- ¿Todas ustedes tienen una bola de cristal?
- Siempre estás cuestionando el tema- dijo Mac riendo –no es nada nuevo para mí. En cuanto te sientes cómoda con tu identidad, tu entusiasmo crece. Pero en cuanto algo se tambalea, te derrumbas estrepitosamente.
Alicia suspiró.
- Mac, no es que le de muchas vueltas al asunto. Realmente me preocupa. Sé que ya hemos charlado sobre esto, pero estoy desesperada. Creo que no es un comportamiento natural, creo que he estado esforzándome por ser una mujer como cualquier otra ¡Y me resulta tan difícil!
- Alicia, creo que no es tu apariencia lo que te preocupa, eso ya lo tienes resuelto. Tampoco es la aceptación, porque sabes que te estimamos y si lo que hizo Ray no es suficiente para ti, pensaría que padeces de problemas de afecto muy intensos. Pero estoy segura que nada de esto te angustia realmente.
- Ray es un ángel- dijo Alicia, visiblemente afligida –no quiero arriesgarla a hacer alguna tontería por mi culpa. Por favor, no vayas a dejar que la lastimen.
- Descuida, sabré cuidarla. Pero estábamos hablando sobre ti.
- Lo sé- dijo Alicia –sé que es difícil engañarte. Hace unos días volví a experimentar un presentimiento horrible, Mac.
- ¿Qué es ello?
- No sé si deba decírtelo. El sólo pensarlo me aterra.
- Déjame adivinar- dijo Mac, para quien era muy obvio lo que le sucedía a su compañera –y si soy muy brusca al decirte lo que creo que te pasa, dímelo. ¿De acuerdo?
Alicia asintió, mirándola con curiosidad.
- ¿Será que te atraen las mujeres, Alicia?
La joven se echó a temblar al oír aquello. Un sudor frío resbaló por sus sienes y bajó la mirada avergonzada.
- ¿Acaso se nota?- balbuceó en voz baja.
- Para nada- dijo Mac –creo que es más fácil que la gente piense que a mí me gustan las mujeres.
- Pero…
- Es tu preocupación querida. Vives atormentada hace tiempo y me he preguntado la razón por la que estás obsesionada con tu imagen femenina. La única razón por la que quisieras abandonar abruptamente la planilla sólo obedece a que te consideras peligrosa de alguna manera para nosotras, y eso sólo atañe a eventos no controlables: sentimientos.
- Por favor- suplicó Alicia –no le digas a nadie esto. Me siento tan mal, Mac. ¡Creí que lo había superado!
- Nadie tiene por qué enterarse- le tranquilizó Mac –pero no me explico la razón por la quieres salir huyendo, Alicia. ¿Acaso te has enamorado de alguien de nosotras?
- No… no, para nada. Son mis amigas, me siento bien entre ustedes. Creo que son las únicas personas entre las que puedo sentirme como un ser normal.
- ¿Entonces…?
- ¿Crees que a alguien más de nuestro grupo le gusten las mujeres, Mac?
Mac se encogió de hombros.
- Creo que ninguna parece interesada en averiguarlo. En lo personal, estoy demasiado liada con mis problemas familiares como para enamorarme. Pero cuando esto suceda, entonces sabré si me gustan o no las mujeres.
- ¿Lo ves? Es eso lo que me preocupa. ¿Cómo sabes que te has enamorado?
- ¿Te has enamorado, Alicia?
- Yo no lo llamaría de esa manera- dijo Alicia, atormentada –y vaya que podría decirte que he estado enamorada. Me atraen cierto tipo de mujeres… no sé cómo decirlo.
- ¿Cómo sabes que te atraen?
- No puedo dejar de mirarlas.
- ¿De veras? Hay mujeres muy bonitas. Llamarían la atención de cualquiera, incluyendo otras mujeres.
- No puedo borrarlas de mi mente tan fácilmente.
- ¿Y qué pasa con ellas en tu cabeza?
- Mac…
- Vamos… si hemos de ahondar en este asunto, es preferible ser honestas. ¿Qué sucede, Alicia? ¿Fantasías sexuales acaso?
- No… no he llegado a tanto en realidad. Sólo suspiros, largos y profundos suspiros.
- ¡Bien! Ahora sabes que no pretendes acostarte con cada mujer que llama tu atención más allá de dos minutos, ¿Está claro?
Alicia asintió abochornada
- Sí… tienes razón.
- La siguiente cuestión es que ninguna de la planilla conseguimos arrancarte esos dulces suspiros ¿verdad?
- No… desde luego que no…
- Siendo así, ¿por qué preocuparte? No vas a ir más allá de tus sentimientos, estás acostumbrada a ello. ¿Por qué dedicarles tanta importancia?
- Eres estupenda, Mac- dijo Alicia colocándose los anteojos. Mac sonrió y meneó la cabeza.
- Creo que he descubierto mi misión en el Grupo de las Seis, Alicia. Y si no logro mantenerlas dentro de éste, habré fallado.
- Tienes razón. Eres una buena analista en este sentido. Te lo agradezco infinitamente.
- Necesitamos este grupo, Alicia –dijo Mac –El Grupo de las Seis está conformado de seres que se sienten desvalidos cuando están solos, pero juntos… constituyen una protección y una aliciente para cada uno.
- Sólo un motivo: pertenecer- dijo Alicia con aplomo.
Mac sonrió con aire triunfal.
- Lo que acabas de decir lo encierra todo. Me gusta para lema ¿Y a ti?
Capítulo 29
Aún cuando Alicia estaba todavía muy sensible, entró a la oficina de la directora con la frente en alto, respirando profundamente. Se puso los anteojos y se paró frente a la puerta de cristal para mirarse.
Mac tenía razón en considerarla una persona insegura. Buscaba sin descanso la imagen de una mujer perfecta, aún cuando esto le costara una representación teatral complicada.
Bajo esos lentes se volvía muy distinta, por lo que empezaba a buscarlos como una necesidad en su vida. Aún no podía ver con claridad, y la vista se le lastimaba en ocasiones, al grado de que tardaba en recuperar la vista normal cuando se los retiraba.
Sin embargo, muy en el fondo de su corazón, deseaba dejar de ver, si eso le disminuía su ansiedad frente al mundo. “Es mejor no ver” se decía “Es mejor no conocer”
- Pasa Alicia.
Alicia saludó amablemente a la hermana Celeste y se sentó frente a ella. Se sentía más vulnerable que otras veces, frente a la anciana. Pero advirtió que la religiosa tampoco estaba en su mejor momento.
- Hermana, he solucionado todos los contratiempos de la planilla- se apresuró a decir Alicia –estoy segura de que ya no le causarán más problemas de ahora en adelante.
- Sé que puedes hacerte cargo- le dijo la monja –pero no te llamé por eso.
Se levantó y estuvo caminado alrededor de la oficina, mientras su mirada se perdía en sus pensamientos.
- Durante todo este tiempo he tenido que tomar decisiones difíciles –empezó a decir en una especie de monólogo –las cosas solían marchar bien, comúnmente. Me he distinguido por mantener en pie esta escuela.
Calló un momento y luego se dirigió a Alicia:
- ¿Estarías dispuesta a asesorar a una alumna, Alicia?
- Por supuesto- le dijo Alicia con vehemencia –si tal cosa es lo que le aflige, cuente usted conmigo.
- Deseo que lo hagas, y es uno de los favores que te exijo, a cambio de que tu planilla siga causando revuelo en la escuela.
- De ninguna manera permitiré que la planilla se exceda, hermana. Puede confiar en mí.
Y al decir estas palabras, no pudo evitar sentir su falsedad. Pero mantuvo la entereza y guardó la compostura.
- El más importante de nuestros accionistas está furioso. El señor D. es sin duda nuestro más grande benefactor, con quien tenemos comprometidos varios proyectos en esta escuela.
A la hermana Celeste le costaba trabajo explicarse ante la situación por la que atravesaba.
- Su hija será la concursante principal en este año.
“Stenella” pensó Alicia, pero no hizo ademán de conocer información al respecto.
- La chica no quiere concursar. No se siente capacitada para enfrentar un concurso de segundo nivel. Será más complicado, y esta vez… no podremos ayudarle. Si el señor D. llegara a enterarse de semejante presión hacia ella, se pondrá colérico.
“Quiere decir, que no puede sobornar a los jueces esta vez” pensó Alicia.
La hermana Celeste continuó:
- Tú has ayudado a tus compañeras a ganar los concursos estatales, Alicia. Al parecer, has logrado con ellas cosas admirables.
Alicia tragó saliva, pero permaneció callada. Podía ver lo que venía.
- Quiero que la ayudes, Alicia. Nada te representa dificultad, mucho menos la gramática.
- Lo haría encantada, hermana. Pero quizá ella no esté realmente preparada…
- La convenceré de algún modo, pero no puedo dejarla sola. La niña es inteligente pero la escuela no le interesa, va reprobando el año, pues se ha ausentado mucho últimamente. Alicia, si has logrado resultados con Elsa G. y Déborah C., esta chica no representa dificultad.
- ¿Quién es ella?
La hermana Celeste mostró entonces un cuadro hermosamente enmarcado en la pared frente a ellas, a un lado de la puerta. Alicia nunca había reparado en él. Allí, posaban las actuales integrantes del Consejo Estudiantil.
- Stenella D.
Alicia sintió que la sangre se le iba hasta los pies. La adolescente que se encontraba al lado de Regina y respondía al nombre de Stenella, era la misma que le había desequilibrado tanto la existencia últimamente.
El vértigo que experimentó la joven fue tan notorio, que la hermana Celeste se levantó para auxiliarla.
- Alicia… ¿Te encuentras bien?
- Yo… no puedo ayudarle… disculpe.
- Alicia, tengo mis esperanzas puestas en ti. Por favor, no desistas.
Alicia trató de recuperarse tanto como pudo, para no evidenciar más su extraña indisposición.
- Regina no estará de acuerdo, hermana. Somos rivales, sería una afrenta para ella.
- Regina ya no es bienvenida en esta oficina. Su terquedad y obstinación me han orillado a retirarle la palabra durante algunos días. Lo que ella diga no tiene validez alguna. Yo te autorizo plenamente a que procedas como desees con Stenella.
Aquellas palabras estremecieron a Alicia. La hermana Celeste le tomó las manos con insistencia.
- Alicia, hazme este favor, te lo pido. No te lo pediría si no peligraran las relaciones del señor D. con esta escuela. Tu ayuda será muy valiosa para Stenella.
Alicia trató de superar el terror que le representaba tener frente a frente a la chica con la que menos deseaba toparse en esos momentos. El sudor frío en sus sienes, le indicó que estaba volviendo a perder el control.
- Está bien hermana, cuente usted conmigo.
La hermana Celeste se sentó nuevamente en su escritorio, y volvió a recuperar su aplomo acostumbrado.
- Voy a darte instrucciones, Alicia. Desde ahora, es prioridad que asesores académicamente a esta chica.
Capítulo 30
Alicia se acercó sonriente a la mesa donde Mac apoyaba a Ray en la distribución de volantes.
- ¡Buen día! ¿Cómo va esa propaganda?
Mac sonrió mientras observaba a Ray hablar con dos alumnas.
- Ray es admirable. Aunque la mayoría de la gente no viene precisamente a preguntarle sobre la planilla.
- Ha logrado saber cuántas semillas oculto en mi mano- dijo una chica acercándose –en realidad es más divertido que escuchar los incansables sermones de Minerva.
- Ha adivinado la carta que escondo bajo la manga- dijo otra –realmente es sorprendente.
- Creo que podrías dedicarte a la magia- bromeó Alicia -¿No crees?
Ray se encogió de hombros, con rostro inexpresivo. Se había lavado y peinado desde aquel día. Incluso a Alicia le pareció que era guapa, aunque seguía protegiéndose con esa extraña barrera invisible que la rodeaba.
Mac tomó los volantes y empezó a hablar con las personas allí reunidas. Alicia se sentó junto a Ray, procurando no evadir su privacidad.
- Te felicito, Ray. Pero no tienes qué hacer esto por mí. Hazlo por ti ¿De acuerdo?
- Si el grupo se disuelve…- empezó a decir Ray sin mirar a Alicia, con voz arrastrada y entretenida en mirarse las uñas –estaremos perdidas si se disuelve…
- No voy a irme.
Ray se volvió a ver entonces a Alicia. Su mirada de niña, de alguien que no tiene malicia alguna en su corazón, conmovió profundamente a Alicia.
- ¡Bien!- dijo Ray, sin mostrar entusiasmo –de cualquier forma… hay que trabajar.
- ¿Sabes una cosa?- le dijo Alicia –no te creo lo que dijiste la otra vez en la reunión. No creo que hayas inventado todo. Lo sostengo y lo sostendré toda mi vida.
- Yo mentí.
- Basta. No fue así.
Ray se rascó la cabeza y fue a sentarse en el tronco de un árbol. Alicia la siguió y se sentó junto a ella, aunque dejó medio metro de distancia entre ellas, para no alterar a Ray.
- Creo que tienes un don, Ray.
- Locura- afirmó Ray, sin dejar de rascarse la cabeza.
- No estás loca.
- Es locura, y muy grave.
- Te escondes bajo la locura- le dijo Alicia bajando la voz –pero yo sé que ves el futuro, y también creo que te asusta.
Ray se volvió a ver a Alicia, luego bajó la cabeza y empezó a balancear las botas.
- Gracias por estimarme- le dijo Alicia –pero lamento que te hayas hecho pasar por mentirosa frente a todas.
- Soy mentirosa- dijo Ray, con su sonrisa vacía –todo… esto es mentira.
- Te quiero, Ray. Eres muy importante para mí ¿Está claro?
Ray permaneció inmóvil y silenciosa, como si su mente estuviera en otra parte.
- Sé que odias los abrazos, pero me gustaría darte uno ¿Me dejas?
Ray negó obstinadamente.
- No me quieras tanto, lastima.
- Nunca te lastimaría.
- Querer lastima. Mejor sería no querer, la gente viviría más tranquila.
- Concuerdo contigo.
- Es una mala costumbre- dijo Ray, poniéndose de pie –es una mala costumbre querer a las personas. Es la peor forma de lastimar a alguien.
- No puedo evitar quererte. Has sido mi primer amiga y la más valiosa.
Ray no solía expresar nada más que su rostro perdido en el abismo. Se levantó y dijo:
- Debo trabajar.
- No tienes qué hacerlo, es difícil y doloroso para ti.
Pero Ray se levantó y se marchó. Habló con Mac un momento y luego se quedó en la mesa repartiendo volantes.
Mac buscó a Alicia y sentó al lado de ella, mientras bebía una botella de agua.
- No deberías disuadirla, está dispuesta a apoyar en la planilla. Tú le diste esa motivación.
- Me preocupa que la agredan.
- Nadie va a agredirla- dijo Mac, sonriendo –es lista, sabe cómo defenderse. A veces, pienso que quieres sobreprotegerla.
Alicia suspiró mientras observaba a Ray en la lejanía.
- Me inspira mucha ternura. Me hace recordar mi niñez, aquella otra etapa de mi vida donde yo era un ser noble y valiente.
- Ahora te subestimas –le dijo Mac –temo decirte que esos sentimientos no tienen mucho que ver con ella.
- Aún conserva la inocencia- le dijo Alicia –Sus ojos lo dicen. Yo he perdido esa inocencia y lo lamento, ya no puedo pensar ni actuar como antes. Es como si me hubieran inoculado un veneno en la sangre que me inclina a lo perverso. No quiero que eso le suceda a Ray nunca, haré lo que sea para evitarlo.
- ¡Vaya encomienda!- exclamó Mac silbando –realmente te complicas la vida.
- Me la complicaré más en adelante- dijo Alicia con pesar –voy a reunirlas. Tengo algo qué confesarles.
Capítulo 31
Alicia hizo lo posible por suavizar la noticia que estaba por anunciar. Tragó saliva, se arregló el cuello y esperó a que todas tomaran asiento.
- ¿Ya no vas a irte?
- Si no quieres que renuncie después de lo que voy a comentarles, entonces me quedo.
A Patricia no le hizo mucha gracia la propuesta.
- ¿Qué sucede ahora?- replicó Minerva con cansancio. Le estaba costando trabajando convencer a las alumnas, pues aún la identificaban como seguidora de Regina.
- Verán… si queremos seguir con las actividades de la planilla, debo hacer algo.
- ¿Te condicionó la monja?- preguntó Patricia con voz quejosa.
- De cierta forma, se los advertí después de todas las tonterías que hicieron.
- A Celeste le gusta la presión- opinó Mac –invariablemente encuentra pretextos para hacerle a los demás la vida complicada.
Alicia había meditado largamente el reto que estaba por venir. Estaba dispuesto a afrontarlo y a superar el miedo a sus propios impulsos. “Mac tiene razón” se decía “soy una mujer perfecta y soy la mejor. Sentir simpatía por otra chica no tiene nada de malo”.
- Debo asesorar a Stenella D. –dijo por fin.
Las demás se quedaron sin habla por unos instantes.
- ¿Cómo se te ocurre aceptar?- estalló Patricia golpeando la mesa.
- Porque no tengo la más jodida alternativa- la enfrentó Alicia.
- ¿Será posible que Regina apruebe esto?- objetó Minerva sorprendida.
- Celeste no va a pedirle autorización a Regina. Es una orden y debo obedecerla.
- ¡Es una rival! ¡No vas a ayudarle al Consejo para que gane!
- Si es que gana- dijo Déborah.
- ¿Crees que fracase?
- Es una idiota- dijo Minerva –Déborah tiene razón. Nos estamos apresurando.
Todas se volvieron a Ray, quien se sintió inhibida.
- ¿Ganará Stenella el concurso?
- No lo sé…
- ¡Pero tú lo sabes todo!
- No sé nada sobre ella- se disculpó Ray –ni siquiera sabía que Alicia le ayudaría a estudiar.
- ¡Basta ya!- ordenó Alicia –he tomado la decisión y es la única forma en que creo que podré congraciarme con Celeste. La chica no va a ganar, estoy casi segura, pero yo habré ganado el favor de Celeste ¿Quedó claro?
- Si no gana, Celeste se va a poner peor- objetó Minerva.
- La chica ni siquiera llegará al concurso- dijo Mac –cuando vea que todo es real, se echará para atrás y se negará a concursar. Entonces Celeste le retirará la presión a Alicia.
- ¿Cómo pudo pasarnos esto?- lamentó Minerva –implica que descuidarás la planilla.
- Lo están haciendo bastante bien, chicas. Déjenme hacer mi parte, se los pido.
- Te compadezco- observó Minerva –aguantar a Stenella… es una completa imbécil. Sin duda una de las pocas personas que no soporto.
- Veo que no les simpatiza en lo absoluto- comentó Alicia divertida.
- Es un bombón- dijo Déborah con su habitual sonrisa –la mimada de papá y la mimada de la escuela. Stenella pasa año porque le modifican las calificaciones, pero no entrega una sola tarea. Su vocecita de avecilla moribunda y su carita de angelito le vuelven irresistible para las monjitas.
- Presiónala- le ordenó Patricia –hazla reventar ¿Entiendes? ¡Orilla a renunciar al concurso a esa infeliz!
- Despreocupa- le dijo Alicia –ya había pensado en eso.
Patricia sonrió entonces. Todas empezaron a reír.
- ¡No sabe lo que le espera! ¡Pobre idiota!
- Ya verán como en menos de una semana estará dando vueltas como una mosca fumigada- bromeó Alicia -¡Será divertido hacerla sufrir!
- ¡Qué buen remedio se le ocurrió a Celeste!- comentó Minerva divertida –es la forma más rápida de acabar con Regina ¡Imagino la cara que debe tener ahora!
Mac esperó que todas se marcharan para emitir su opinión.
- Pareces muy confiada- le dijo
- Decidí aprovecharme de la situación- le respondió Alicia –esa chica es una moneda de oro para Celeste. Lástima que me la haya confiado.
- Ten cuidado con ella- le dijo Mac –es muy manipuladora.
- Todos manipulamos- repuso Alicia –en mayor o menor medida. Es una niña mimada, Mac, no podrá con Alicia.
- Sí- dijo Mac –tienes razón.
Luego se levantó y le dijo al oído:
- Una adolescente sobre la que tienes mucho poder, Alicia. Si vas a echarte ese compromiso encima tienes que desechar tanto como puedas esas dudas de identidad que te asaltan con frecuencia. De otro modo, mejor deja por la paz ese asunto.

jueves, 22 de abril de 2010

EL GRUPO DE LAS SEIS (Caps del 1 al 15)


Capítulo 1
El Colegio Sor Juana era inmenso. Abarcaba varias hectáreas cubiertas de viejos y adustos edificios grises, así como jardines descuidados llenos de zarzas y abrojos. Las religiosas del Sor Juana se habían olvidado de atender aquel inmenso lugar, so pretexto de sus actividades religiosas y de labor comunitario.
Si bien, era rara la que impartía clase en las aulas, debido a su poca capacidad así como lo obsoleto de sus métodos educativos, lo pasaban bastante bien gracias a las contribuciones de los accionistas y protectores adinerados.
Los únicos edificios que gozaban de sólida estructura y un adecuado mantenimiento eran la capilla, las habitaciones de las monjas y las de las “niñas privilegiadas”, las que dormían en habitaciones por demás lujosas.
Y es que el Colegio Sor Juana tenía una doble función desde hacía tiempo. La de hospicio, donde recogía huérfanas y las criaba hasta su adolescencia, y la de las denominadas “privilegiadas”, que eran hijas de importantes inversionistas y millonarios de la región, que contribuían con donativos bastante jugosos a la escuela.
Las humildes monjitas gozaban de esta manera de una vida desahogada, y se daban placeres como contar con servicio de antenas parabólicas, autos de lujo, y frigobares en cada una de sus habitaciones.
Lo único que tenían qué hacer era expedir certificados de acreditación para las hijas de sus benefactores, las que muchas veces no tenían deseos de estudiar.
Tal era la situación cuando una enigmática joven decidió estudiar en aquel colegio de pobre calidad académica. Venía becada desde un lugar lejano, y había elegido aquel desesperanzador lugar, dejando de lado centros educativos y escuelas prestigiadas.
Aquella joven llegó de incógnito y pasó cerca de un mes encerrada en su habitación (un desván un tanto sombrío y antihigiénico), en una extraña y prolongada meditación que la convirtió en un fantasma prácticamente. Sin embargo, las monjas no parecían preocupadas, tratándose de una “niña genio” como según decían, y contando con capacidades intelectuales sorprendentes. Ella podría ponerse al corriente con sus actividades académicas en cualquier momento.
Alicia V. era alta, muy alta, una de las jóvenes con mayor estatura en la escuela. Era delgada, de piel curtida y atezada. Su cabello era largo y fino como el de un bebé, castaño, y arrojaba con el sol destellos dorados. Su rostro, alargado y fino, era de un adolescente andrógino, sus facciones eran curiosas y difíciles de definir. Aún cuando tenía una presencia agradable, a veces los rasgos de su cara se endurecían y mostraban una apariencia masculina. Sus ojos eran rasgados, oblicuos, de un color miel. Eran expresivos y astutos, despiertos y atentos a todo lo que le rodeaba.
Solía vestir con formalidad, de manera sobria y elegante. Su sonrisa, era quizás, lo que más cautivaba a sus interlocutores.
Recién cumplía diecisiete años, aunque aparentaba mucho menos edad.
La solitaria Alicia empezó a vagar por los edificios de aquel colegio, cuando éstos solían estar desiertos.
Observaba todo cuanto le rodeaba y permanecía silenciosa, como si miles de pensamientos le impidieran conectarse con el mundo.
Luego le dio por subir a las azoteas y observar la panorámica durante un largo rato.
Alicia contemplaba aquel lugar, abandonado y primitivo como la Edad Media. Le fascinaba sobremanera y estimulaba su imaginación hacia curiosas historias de fantasía.
Se encontraba en dicha contemplación uno de esos días, absorta en las actividades que realizaban las internas en los patios. Fue entonces, que se percató de que alguien más estaba allí con ella.
Una joven de tez morena, vestida de oscuro, y con un enorme sobretodo que la hacía ver extremadamente pequeña, se le acercó. Llevaba el oscuro cabello revuelto sobre la cara, de forma que sus ojos tristes apenas se veían. Su cabello largo y despeinado, así como el desaliño de su gabardina y uniforme, hablaban de una chica con poca o nula autoestima. Sumémosle a ello, las sucias vendas de sus manos, que las cubrían en forma errática.
La joven se había acercado sin que Alicia se percatara, mientras comía con devoción una bolsa de patatas fritas bañadas en picante.
Sin hablar le ofreció a Alicia su venenosa comida.
Alicia aceptó gustosa. Era la primer persona en mucho tiempo, con la que intercambiaba un gesto amistoso.
- Gracias.
- Es posible que piquen demasiado- advirtió la joven, con voz cansina. Su voz era lenta, sombría, como si ya hubiera envejecido. Hablaba con esfuerzo, como si le afligiera alguna tribulación muy grave.
Alicia la miró con simpatía.
- ¿Siempre vienes aquí?- le preguntó, ya que era la primera vez que visitaba aquel edificio.
- Vivo aquí- dijo la extraña chica- incluso cuando llueve, me meto debajo de ese cobertizo- y señaló una destartalada lámina que cubría algunos escombros.
- A mí tampoco me agradan las personas- dijo Alicia, mientras miraba a la gente desde allá arriba. Extrajo unos anteojos de cristales ahumados y se los colocó cuidadosamente en su rostro.
- ¿Cómo luzco?- le preguntó a la joven, que comía con avidez sus frituras con picante.
- Diferente- le dijo ésta, sin mirarle mucho.
- ¿Me sienta bien?
- Impones- explicó Ray, -lo cuál es bueno. Siempre es mejor intimidar a las personas desde un inicio. Deberías usarlos más seguido.
- Me mareo- lamentó Alicia –la graduación me lastima los ojos. Pero haré el intento de usarlos con frecuencia…
Pero calló abruptamente, analizando en su cabeza las palabras de su compañera.
- Apenas nos conocemos ¿Cómo sabes que no suelo utilizarlos?
La joven le respondió sin interrumpir su festín.
- De la misma forma que sé que no son tuyos, que los robaste y que pertenecen a alguien mucho mayor que tú. No es difícil de averiguar.
Y luego le extendió su mano, cuya palma estaba mal anudada por vendas manchadas de una rojiza salsa picante.
- Me llamo Ray- le dijo, con esa voz hueca e indiferenciada.
Alicia estrechó la mano amigablemente.
- Alicia Ariadna V.- le dijo –Ray… es un nombre curioso.
- Es un nombre a fin de cuentas- comentó Ray, y terminó de saborear sus frituras. Luego se hincó sobre el maltrecho suelo de la azotea y estuvo observándolo con detenimiento.
- ¿Qué sucede?- preguntó Alicia con interés.
- Efectivamente… aquí dice que hoy ibas a venir.
- ¿En serio?- Alicia se inclinó con curiosidad.
- ¿Dónde dice eso?
- En cualquier parte- indicó Ray mostrando una amplia extensión de la azotea. Y luego agregó:
- ¿Tienes idea de la razón por la que estás recorriendo toda la escuela cuando nadie te ve?
Alicia entornó los ojos y le observó, intrigada. ¿Acaso Ray la espiaba?
- Dime Ray ¿Sabes tú la razón?
La joven dijo entonces:
- Cada edificio que visites será tuyo. Extenderás tu reino por toda esta escuela. Vendrán cinco más contigo y te ayudarán a conquistarlo. Cuando lo tengas bajo tu poder, volverás aquí y verás entonces todo lo que has cambiado.
- ¿Dónde dice eso?- preguntó Alicia, entre extrañada y divertida.
- En cualquier parte- volvió a responder Ray, mientras se alejaba.

Capítulo 2
A partir de entonces, Alicia dejó sus solitarias reflexiones. Aquellas predicciones extrañas la mantenían pensativa todo el día. Empezó a asistir a clases y a observar a la gente que le rodeaba. Pero lo que ocupaba más su atención, era la enigmática Ray, a la que no siempre encontraba en su lugar acostumbrado.
- ¿Cómo son esas cinco?- le preguntó aquella vez -¿Cómo sabré si son las que van a ayudarme a ayudarme en esta misión que tú me dices?
Solía encontrar a Ray en su postura de siempre: comiendo patatas fritas con picante, con las manos vendadas y en su enorme y oscuro sobretodo.
- Vendrán una a una- decía, siempre con enigmas –la primera vendrá con la voz de un trueno, al volver la luna llena. La segunda muestra los dientes, fuerte como un martillo. La tercera está entre el enemigo, está acechando la oportunidad de acercarse a ti. La cuarta, mata grillos…
- ¿Es todo lo que puedes decirme?- preguntaba Alicia desalentada. -Me mencionas sólo cuatro de ellas ¿No decías que son cinco?
Ray no contestaba. Terminaba de comer sus patatas, y luego se marchaba de la azotea.
Mientras reflexionaba sobre esto, Alicia caminaba por la noche por los oscuros edificios de la escuela.
En ese momento, escuchó un extraño suspiro que la dejó paralizada. Miró hacia todos lados, pero no había nadie a su alrededor. Caminó lentamente ocultándose detrás de un pequeño basurero en uno de los edificios estudiantiles.
“Habrán sido ratas” pensó. Pero sabía que sus sentidos no solían engañarla. Y lo corroboró una vez más, cuando un nuevo suspiro volvió a escucharse, justo debajo de sus pies.
Alicia se estremeció aterrada. Lo que escuchaba era humano; un niño o una mujer.
Esperó durante media hora para tratar de identificar el origen del lamento, pero ya no ocurrió más.
Intrigada, regresó a su habitación.
Al día siguiente, entró al salón de clases, embebida en sus pensamientos. Aún trataba de explicarse lo que había sucedido aquella noche, cuando una voz particularmente ronca, la distrajo.
- Ayer fui a ver la luna, como me dijiste…
Alicia se volvió para toparse con una rubia de descomunal tamaño, que conversaba animadamente con otra chica. Su rostro intimidaba, pues su perfil era aguileño como el de un hombre. Tenía unos ojos observadores y vigilantes de ave, así como una voz muy ronca.
- ¿Hubo luna llena anoche?- preguntó Alicia con curiosidad. Se había llevado tal susto anoche que había olvidado observarla..
La enorme rubia se volvió a verla, con cierta extrañeza.
- Así es, anoche hubo luna llena, me gusta observar sus ciclos… ¿A ti también?
Alicia sonrió, triunfante.
- Sí, últimamente- respondió y le extendió la mano –Me llamo Alicia ¿Cuál es tu nombre?
La rubia estrechó su mano con firmeza.
- Me llamo Alma Virginia T., es un nombre bastante largo y esperanzador- bromeó.
- Prefiere que la llamen Mac- agregó la otra chica, una joven delgada, pecosa y peinada de trenzas.
- ¿Mac?
- Así me llama mi hermano- volvió a bromear la rubia –y dado que es el único vínculo de sangre que aún conservo, me gusta presentarme así para los amigos.
- Un placer, Mac- sonrió cordialmente Alicia. Mac la observó con simpatía.
- No habías venido a clases ¿verdad?
- Me encontraba indispuesta.
- Eres nueva aquí- dijo la pecosa -¿De dónde vienes?
Alicia mencionó el último instituto donde había estudiado. Era un lugar de prestigio, donde alumnos con capacidades avanzadas estudiaban en un sistema educativo diferente.
- ¡Qué interesante!- comentaba la chica pecosa, cuyo nombre era Edna -¿Y decidiste venir aquí a estudiar?
- Me parece un lugar interesante- comentó Alicia –nunca he estudiado en un colegio donde sólo hay mujeres.
- No es tan interesante- se quejó Edna, mientras la observadora Mac ponía especial atención en Alicia –a esta edad lo que se espera es conocer chicos y desgraciadamente no es una posibilidad en esta escuela.
- Vienes de muy lejos- reflexionó Mac, cuya gruesa voz solía imponer cuando hablaba -¿Fue sólo interés lo que te trajo aquí?
Alicia carraspeó antes de hablar.
- No exactamente…
En ese momento, Edna debió atender a la profesora, que le solicitaba recitar de memoria el capítulo v del libro. Mac salió del salón sin mayor preocupación. Con una seña, invitó a Alicia a hacer lo mismo.
- Entonces ¿Eres una chica “genio”?
- Podría decirse- comentó Alicia riendo –por lo visto, las reglas aquí son muy relajadas.
- No hay reglas aquí- decía Mac –es la ley de la selva. Pero estábamos hablando de ti.
- Tengo… algunas habilidades ciertamente- respondió Alicia –puedo hacer infinidad de cosas desde que tenía muy corta edad.
- ¿En serio?
- Puedo aprender un libro de sesenta y cinco páginas de memoria ¿Qué te parece?
- Excelente… en tiempo de exámenes –bromeó Mac –en otras circunstancias, me parecería más una locura.

Capítulo 3
Mac era hija de una familia disfuncional, de clase media alta. Sus padres se divorciaron cuando ella tenía tres años y Tenía un hermano dos años mayor que ella. Ambos habían pasado por una larga fila de custodias y tutelas. Su padre se había casado y divorciado cuatro veces y su madre tres veces. Dada su inestabilidad como pareja, una de las ex esposas de su padre había decidido que los chicos estudiaran en internados, para evitar que siguieran padeciendo con los problemas conyugales de sus progenitores.
Mac había llegado al colegio Sor Juana desde los diez años, y permanecía como interna. No parecía afectada por dicha decisión a pesar de que llevaba allí más de siete años. Era de carácter apacible, una persona tranquila y observadora. A pesar de su ronza voz no solía gritar ni exasperarse. Rara vez se la veía enojada, una de sus cualidades solía ser la paciencia. Sin embargo, su habilidad más desarrollada y la que le destacaba más provenía de esa infancia rodeada de adultos conflictuados con sus intereses y sus sentimientos. Podía leer los pensamientos detrás de las miradas, y conocía más allá de lo que las personas intentaban mostrarle.
- Es divertido- decía, mientras caminaba con Alicia por los alrededores del colegio –la vida se puede ir en un suspiro, en un simple abrir y cerrar los ojos. No tiene caso vivir enemistado con ella, todo se marcha… nada se queda.
- Pensé que te afectaría mucho vivir tantas separaciones, -observó Alicia –yo no lo habría aguantado.
Mac se echó a reír.
- ¡La tragedia del divorcio debiera ser únicamente para el que se divorcia! Por fortuna, yo salí bien librada. El secreto es no engancharse con los problemas de otros, así sean muy cercanos.
- Te lo digo- dijo Alicia –yo no lo habría aguantado.
- ¿Divorciados también?- preguntó Mac, al observar la angustia de su compañera.
- Separados- aclaró Alicia –mi madre ya murió. Y he roto relaciones con mi padre, por eso estoy aquí.
- Entiendo- comentó Mac –nunca fue una buena relación ¿eh? Y decidiste alejarte tanto como has podido.
- Eso fue lo que hice- confirmó Alicia –me condicionó a quedarme en la anterior escuela. He escapado a donde nunca podrá encontrarme.
- Eso fue valiente- celebró Mac –cuenta conmigo si quieres mantener esta información confidencial.
- Me sería de gran ayuda- le dijo Alicia.
Hacía una semana que se habían vuelto inseparables. Iban juntas a donde quiera, y no dejaban de hablar desde que se habían conocido. Lo más curioso era que apenas ese día habían tocado temas personales.
- ¿A dónde vamos?- preguntó Mac, cuando vio que subían hasta la azotea del edificio más estropeado de la escuela.
- A buscar a Ray- le dijo Alicia, que parecía preocupada –solía estar aquí regularmente.
- ¡Ah! ¿Pero se conocen?- exclamó Mac sorprendida. Alicia también se sorprendió.
- ¿Te parece extraño?
- Bastante extraño. Ray no es de las personas que conoces cuando recién llegas a esta escuela.
- Es un poco rara, lo sé… pero es buena persona.
- ¿Un poco?- rió Mac, que aún no salía de su sorpresa -¡Es la persona más rara que haya conocido!
Alicia se detuvo y la miró turbada.
- ¿Sabes en dónde está? Llevo días buscándola.
- No la encontrarás ciertamente- repuso Mac, -Ray padece de un tipo de esquizofrenia que la acomete de vez en vez. Suele ocultarse durante estas crisis.
- ¿Esquizofrénica? ¡No puede ser!
- Lo es por desgracia- dijo Mac –la mayor parte del tiempo tiene delirios y alucinaciones. No habla con nadie y no soporta el contacto físico. Tiene serios problemas para relacionarse y costumbres muy peculiares.
Alicia no salía de su asombro. Ray se había acercado a ella, le había estrechado la mano al saludarla y había conversado sin problema alguno. Nunca se hubiera imaginado que padecía alguna especie de locura.
Subió a la azotea y observó desde allí toda la panorámica. Algunas alumnas ensayaban una poesía coral, mientras que otras más barrían los alrededores de los jardines entre risas y bromas.
Tras un pesado silencio, dijo entonces.
- ¿Te digo algo, Mac?
- Claro, puedes decirme lo que quieras.
- Sé que no vas a creerme. Pero Ray y yo somos amigas.
Mac sonrió incrédula.
- ¿Estás segura de que ella lo interpreta así?
- Sé que lo somos. Jamás habría adivinado lo que me dices. Se viste raro y parece que siempre está triste, pero conversamos todo el tiempo.
Mac se encogió de hombros.
- ¿No te estará confundiendo con uno de esos personajes ficticios que suele ver?
- No lo creo.
- ¿Qué es lo que platica contigo?
Alicia se volvió a ver a Mac, bastante conmocionada.
- ¡Me dijo que tú y yo nos conoceríamos!
Esta vez, Mac no dijo más. Guardó silencio y su mirada se perdió en el horizonte.
Capítulo 4
Mac estaba muy intrigada ante las predicciones que Ray le había hecho a Alicia. Nunca había escuchado algo semejante, pues era una persona muy racional, para quien todo tenía una explicación lógica.
- ¿Así que te anticipó que nos conoceríamos tú y yo?
- No sólo eso, me dijo que conocería tres más después de ti.
- Eso es imposible, ¿Cómo sabes que soy yo exactamente?
- Me dijo que serías la primera, que tenías la voz de un trueno y que vendrías con la luna llena. Haciendo una asociación no es muy difícil averiguarlo; tu voz es muy ronca, llama la atención por su timbre tan peculiar. Me parece que de allí extrajo esa metáfora “Voz de trueno”
Mac se echó a reír, aunque no dejaba su perplejidad.
- Nadie me había denominado “voz de trueno” ¡ja, ja ja!
- Cuando te escuché hablar sobre la luna llena con Edna, me incliné aún más a reconocer que eras tú la persona de la que Ray me hablaba.
- ¡Escalofriante! ¿No te parece?
Alicia sonrió. No parecía asustada.
- Lo sé, pero celebro que tenga razón, hay buenos augurios para nosotras.
- ¿En serio?- preguntó Mac, a quien todo aquello le seguía pareciendo una locura.
- Ahora estimo más a esa chica, tiene algo prodigioso.
- Tranquila, en mi opinión, aún puede ser casualidad.
Alicia le indicó a Mac que se retiraran a un lugar apartado. Estuvieron caminando un buen rato, cruzando los descuidados jardines llenos de maleza, hasta que estuvieron detrás de la biblioteca, el edificio más grande y desvencijado del colegio.
- Mac, Ray pronostica que tendré mucho poder en esta escuela.
- ¿De verdad?
- Es menester que identifiquemos a las otras tres. Entonces cada edificio que recorra será nuestro.
- Querida, creo que lo que Ray te cuenta es fascinante, pero me suena a delirio. Si tú no concuerdas con ello, empiezo a preocuparme.
- ¡Pero Mac…!
- ¿Recuerdas lo que te comenté en un inicio? Ray tiene una realidad distorsionada en su cabeza, mi estimada Alicia. No considero prudente tomar por ciertas sus palabras.
Pero Alicia no estaba dispuesta a renunciar. No tan fácilmente.
- Mac ¿podríamos olvidar por un momento que fue Ray quien dijo esto?
- En todo caso, sería lamentable perder el tiempo en descifrar sus predicciones.
- Sólo intentémoslo. No perdemos nada con ello.
Mac se encogió de hombros. La rubia no solía insistir en sus conjeturas, aunque las considerara ciertas. En tales circunstancias, solía ser complaciente.
- Está bien ¿Cómo deseas que te ayude?
- Tú conoces a la mayoría en esta escuela. Podrías darme alguna referencia respecto a las demás señas que me ha dado.
- ¿Qué más te dijo?
- “La segunda muestra los dientes, fuerte como un martillo. La tercera está entre el enemigo, está acechando la oportunidad de acercarse a ti. La cuarta, mata grillos…”- repitió Alicia, prácticamente de memoria
Mac reflexionó durante unos minutos, tras los cuáles habló:
- No sé si sea en el orden que mencionas, pero si se trata de hacer asociaciones, juraría que la última referencia apunta hacia Déborah.
Alcia no esperaba una respuesta tan rápida por parte de su compañera. Ambas se dirigieron al patio central, donde la mayor parte de la gente confluía.
Alicia siguió a Mac, que se internó por los pasillos, hasta que llegó a un hueco bajo una de las escaleras.
Era un lugar oscuro y pestilente, una especie de guarida o madriguera. El tufo a vómito y orines ahuyentaba a cualquiera que se acercara, por lo que era difícil creer que encontrarían a alguien en ese lugar.
Sin embargo, el repelente lugar estaba vacío.
Mac movió la cabeza, con cierto desencanto.
- Lástima- dijo –creo que la llevaron a su consulta psiquiátrica.
- ¿Consulta psiquiátrica?- Alicia se rascó la cabeza –por lo que veo, varias aquí padecen de problemas mentales…
- Habías asegurado que Ray no los padecía- se burló Mac –pero tienes toda la razón. Esta escuela es una especie de manicomio disfrazado. Déborah no es la excepción en este lugar, aunque es de las pocas que gozan de buena posición económica. Sus padres la llevan seguido a tratamientos, puesto que es tan rara o más que Ray misma.
- ¿Qué relación guarda esa tal Déborah con los grillos?
- ¡Ah!- rió Mac –eso lo descubrirás por ti misma, ahora que vuelva. Mientras tanto, te recomiendo que vayamos al comedor. La comida es ciertamente mala, pero es preferible a padecer hambre hasta la cena.
Dejaron las escaleras y se dirigieron al comedor. Alicia empezaba a conocer más aquella escuela. Era en cierta forma, diferente a todos los lugares en que había estudiado (siete en total). Las clases sociales se marcaban con más acentuación, se podían adivinar cuatro rangos. Las privilegiadas, que comían y dormían aparte de las demás; las jóvenes de clase media, que aunque contaban con recursos, compartían espacios con las de clase trabajadora o media baja. Por último, estaban las pobres, las que estaban allí por falta de recursos o provenían de familias muy humildes y que se mezclaban con la gran cantidad de huérfanas que existían en el colegio.
Las chicas huérfanas, también llamadas “perdidas”, se distinguían por sus uniformes rotos y sucios, su cabello cenizo y quebradizo, su extraordinaria delgadez y unas profundas ojeras, que revelaban una alimentación insuficiente.
- No les va muy bien aquí- observó Alicia mientras comían una sopa de dudosa procedencia –aún cuando las acojan, no parecen atenderlas lo suficiente.
- No hay muchas opciones para ellas- explicó Mac –lo que hacen nuestras queridas “hermanas de la caridad” es reducir tantos gastos como pueden. No tienen pasado ni futuro, algunas ni siquiera están registradas. En realidad, a nadie le importa lo que les suceda.
- Y sin embargo- replicó Alicia –son la bandera de esta escuela. Muchos donativos vienen a esta institución con el pretexto de ayudar a estas chicas.
Mac se encogió de hombros.
- Deberías saber, mi estimada Alicia, que nuestra sociedad es muy parecida a esta escuela. Hay mucha ficción en todas esas obras buenas, en toda esa caridad pública y en todo lo que se anuncie a gritos por las calles.
- ¿No hay nadie aquí que las defienda? ¿Alguna representación de las alumnas?
- ¡Ah, claro!- respondió Mac sin ningún entusiasmo.
Dejaron el comedor y se dirigieron a los pizarrones donde se apiñaban un sinnúmero de anuncios. Había allí varia propaganda estudiantil con propuestas rudimentarias.
- El Consejo Estudiantil- explicó Mac –de hecho, estamos en período de elecciones.
El rostro de Alicia se iluminó, de pronto. Mac lo notó.
- ¿Sucede algo?
- ¡Las elecciones!- exclamó Alicia conmovida -¡Eso fue lo que quiso decirme Ray!

Capítulo 5
Un grupo de adolescentes se encontraban reunidas en un pequeño cubículo de la biblioteca, el cuál constaba de una mesa y algunas sillas, además de un amplio cristal al frente. Daba la impresión de una sala de interrogatorios de alguna dependencia de policía. De cualquier forma, era difícil escuchar lo que decían, ya que el silencio era un residente obligado en aquel sitio.
Mac había llevado a Alicia a la biblioteca, para mostrarle la única planilla rival del Consejo Estudiantil. Estaba liderado por una inquieta jovenzuela llamada Patricia G. Era el único grupo contrincante para aquel período, en contra del Consejo vigente, que pretendía reelegirse.
De hecho, el Consejo Estudiantil actual, estaba conformado por la jóvenes más ricas y poderosas en el colegio. Nadie tenía intención de oponerles resistencia y las elecciones anteriores las habían ganado sin ningún problema. Pero de vez en cuando se topaban con chicas rebeldes que no aceptaban el régimen establecido. Esta vez, esta resistencia se llamaba Patricia.
Mac fue presentado a todas las chicas visibles en el cubículo. La mayoría estaban en el rango de clase media y trabajadora, entre los 14 y 16 años.
- La morena es Narda- le dijo Mac, -es desafiante e inteligente, con calificaciones que superan a la mayoría de su grupo. Le sigue Indira, la de cabello ensortijado, morena también. Indira tiene cierta comodidad económica, pero es una joven justiciera y noble, es de las pocas personas con ética en esta escuela. La que le sigue, de nariz larga y curioso tupé al frente es Yadira, una chica rebelde, de buena clase social pero con una dinámica familiar difícil…
Pero Alicia no le prestaba mucha atención. Observaba con atención a Patricia. Era una joven de mediana estatura, cabello largo que caía descuidadamente en ondas. Sus ojos grandes y negros proyectaban una mirada fuerte y dominante, lo que apoyaba su talante desafiante y la fuerza con la que agitaba sus puños, reafirmando más la dureza de su carácter. Era fascinante observar a Patricia, era líder nato, un prodigio de la naturaleza.
-“Fuerte como un martillo”- musitó Alicia, casi para sí misma. Mac se volvió a verle.
- ¿Qué quieres decir?
Una sonrisa de triunfo asomó a los labios de la fascinada Alicia. Desde que había llegado se había topado con una gama de sorpresas, que de no haber conversado con Ray, le habrían pasado desapercibidas.
- Es ella- le dijo con viva emoción.
- ¿Patricia?
- Mírale los dientes. Sus incisivos son bastante grandes como los de un conejo, sobresalen en su boca notablemente. Ray mencionó las siguientes características: “La segunda muestra los dientes, es fuerte como un martillo”.
- Podría ser Narda- dudó Mac.
- No… no lo creo. Observa la manera en que Patricia agita sus brazos y muestra los puños. Estoy segura de que es ella.
- Existe un inconveniente- aclaró Mac –Patricia es la líder de la planilla. No creo que acepte integrarse al tuyo, es más fácil que cualquiera de las demás lo haga.
Alicia le guiñó el ojo y se puso los anteojos que guardaba en su casaca.
- Tengo el don del convencimiento, Mac. Quiero a esa chica en nuestra planilla, y la quiero en el Consejo, cuando ganemos.
Mac la miró de reojo con escepticismo.
- ¿”Nuestra planilla”?
- Así es… ¿Cómo luzco?- dijo Alicia con sus anteojos puestos. Mac sonrió.
- Te sientan muy bien, querida. Cambias de manera muy favorable.
- ¡Bien! ¿Vamos a hablar con ella?
- No tan rápido- objetó Mac, deteniéndola por el brazo.
- Pero…
- Estimada amiga, no me interesa la política y menos en este lugar. Te agradezco la atención, pero no me interesa formar parte de tu planilla.
- Mac, te lo suplico.
La enorme rubia escrutó los suplicantes ojos de Alicia. Era increíble que creyera en las profecías de Ray.
- Se te ha metido una mala idea en la cabeza, mi niña. Esto será complicado, mucho más de lo que crees.
- ¡Por eso necesito tu ayuda!
Mac se rascó la cabeza, perpleja
- Aquí no hay democracia, Alicia. Todo esto es un simulacro. Patricia pierde su tiempo, tú también.
- No, Mac. Tengo fe. Algo me dice que lo lograremos.
- Si ese algo se llama Ray, seguimos en las mismas condiciones.
- ¡Por favor, Mac!- insistió Alicia –recuerda, no perdemos nada con intentarlo.
- ¡Ah! No perdemos nada con intentar descifrar el juego de palabras de Ray, pero esto es diferente. Aquí sí corremos riesgos y muchos. Patricia es muy joven, no sabe en lo que se mete, pero tú y yo tenemos criterio. Hay fuerzas que superan nuestras buenas intenciones. Ninguna de nosotras podría cambiar las políticas de este sistema.
- Tranquila- le dijo Alicia, sonriendo –sólo nos interesa ganar, y conozco la manera. Pero no puedo hacerlo sola, te necesito a ti y necesito a esa chica. Y es necesario reunir al resto del equipo.
Mac no podía dejar de reír.
- ¿Te das cuenta, Alicia? No eres tan buena como crees. No me has convencido del todo, pero cuando vayas con Patricia con ese cuento profético para conformar una planilla, te mandará a volar. Patricia es una persona difícil, escéptica en ideas y reacia a que le digan qué hacer.
- Ya me has dicho todas las desventajas, Mac. Ahora, yo te propongo un trato.
- ¡Eres necia!- rió Mac
- Si logro convencer a Patricia, te quedas en la planilla ¿Vale?
Mac meneó la cabeza, sorprendida.
- Me parece imposible, estimada amiga. Pero acepto el reto.


Capítulo 6
Patricia entró al salón donde se encontraban sentadas Mac y Alicia. Miró a su alrededor, con recelo, y luego les lanzó una mirada de desafío a las dos presentes.
Se veía más temible de lo que parecía en el cubículo. Su gesto de rebeldía e irreverencia le restaba feminidad y distaba mucho de parecer frágil. De hecho, sus grandes incisivos, su cabello suelto sin peinar, y ese rostro insolente y retante le recordaron a Alicia su pasado, cuando daba la impresión de parecer un chico.
-¿Hay algo qué hacer aquí?- preguntó Patricia. Su voz volvió a reafirmar su protesta viril, era indiferenciada, clara y fuerte. Parecía estar siempre molesta.
- Hablar contigo- le dijo Alicia, invitándola amablemente a tomar asiento. Patricia sonrió y meneó la cabeza perpleja. Continuó en el umbral de la puerta, rechazando la invitación.
- ¿Qué quieren de mí, ustedes dos? Tengo trabajo qué hacer y me fastidian los preámbulos.
- Sería más efectivo que te sentaras- insistió Alicia, mientras Mac le miraba de reojo, en franca desaprobación.
- ¡Al grano!- declaró Patricia molesta -¿Qué es lo que quieres?
- Negociar.
Patricia entornó los ojos y enfocó a Alicia, desafiante.
- ¿Negociar…? ¿Negociar qué?
- Tu participación en mi planilla.
Patricia se echó a reír con sonoridad. Mac miró a Alicia y meneó la cabeza, bastante decepcionada.
- Esto es divertido, pero no tengo ganas de perder el tiempo ¡Adiós!
- ¡Espera!
Alicia se levantó y avanzó lentamente hacia Patricia, que le miraba con fastidio.
- Considéralo.
- ¿Considerar qué?
- Pertenecer a mi planilla.
- ¿Sabes con quién estás hablando?
- Sí, hablo con Patricia G., alumna de tercero, calificaciones excepcionales, excelente en las materias de ciencias exactas, líder de la Planilla “Resistencia Estudiantil”.
Patricia le clavó sus ojos amenazantes.
- Y yo a ti no te conozco, lo que ya me molesta bastante. Estamos trabajando contra reloj y dudo mucho que tú conozcas la trascendencia de nuestra labor. Para empezar no creo que tengas idea de las necesidades de esta escuela.
- Para eso estarás tú, y por eso te necesito.
Mac, que se había acercado muy lentamente, decidió tomar la palabra.
- Patricia, esta chica puede hacernos ganar.
- ¡Interesante! ¿Quién las envió a decirme todo esto? Sé que quieren disolvernos.
- Podrías despistar a todos los que acechan tu planilla.
- ¿Disolviéndola? ¡Vaya solución!
- Imagina tan sólo- le propuso Mac –que disuelves la planilla y te unes con nosotras. Dado que tu equipo de trabajo no será el mismo, las adeptas aumentarán y quién sabe, hasta la Dirección lo vea con buenos ojos.
- ¿Y ésta tal será la líder de la planilla?
- Alicia es una alumna que han traído de muy lejos y han pagado su peso en oro para que se quede.
Patricia miró a la recién llegada con fijeza.
- ¿Así que tú eres la “chica genio”?
Alicia se volvió a mirar a Mac desconcertada.
- Así te llaman- respondió Mac a su muda pregunta –saben que te han traído para mejorar el nivel académico de la escuela.
- ¿De modo que ése es mi papel aquí?- preguntó Alicia con asombro, pero en eso, Patricia la interrumpió abruptamente.
- Lo que me molesta es que yo tenga que pertenecer a tu planilla y me orilles a desintegrar la mía. Tengo mucha gente valiosa allí mismo.
- Te ofrezco lo que quieras para ellas, una vez que ganemos. Pero es preciso que conformemos el equipo principal con otras personas.
- ¡No me digas!
- Te lo prometo sobre mi tumba- declaró Alicia levantando la mano, -no dejaré desprotegida a ninguna de las tuyas. Habrán comisiones de sobra donde podrán quedarse. Lo importante ahora, es ganar.
- Es mejor que Alicia sea la representante, Patricia- sugirió Mac –si tú fungieras como tal, nos encontraríamos con los mismos obstáculos a los que te enfrentas ahora. Pero si unimos fuerzas, tendremos más posibilidades de quitarle el Consejo Estudiantil a las “privilegiadas”.
Patricia se encogió de hombros y luego arrugó la nariz, con suspicacia.
- ¡Buen intento! Estuve a punto de creerles.
- Pero Patricia…
- ¡Les deseo mucha suerte con su planilla! Ojalá puedan ganarnos.
Y se alejó con paso resuelto, sin mirar hacia atrás ni una sola vez.
Alicia suspiró desalentada.
- Disculpa, creí que sería más sencillo. Pero me he equivocado fatalmente.
Mac sonrió misteriosamente y le palmeó la espalda.
- ¡Tranquila! Acaba de aceptar.
- Pero dijo…
- Te faltan habilidades para leer los gestos de las personas- declaró Mac, –lo que me preocupa es lo que viene después. Dudo que las dos salgan de acuerdo en lo que sea.

Capítulo 7
La rutina de educación física solía ser pesada. Hacia las seis de la mañana las internas comenzaban con una ardua faena de ejercicio. Tras una fase de calentamiento, debían correr durante una hora, para luego iniciar un entrenamiento de sobrevivencia que habría sido más apropiado para el ejército.
No importaba si llovía o helaba a esa hora. Las alumnas del colegio Sor Juana debían hacer su rutina de ejercicio a menos que existieron algunas excepciones o privilegios por parte de la Dirección.
Fue así que Patricia se separó del grupo con el que venía haciendo una larga caminata, y se dirigió al lugar donde se encontraba Alicia, observándoles.
- De modo que estás exenta del ejercicio ¿eh?
Alicia sonrió al notar el tono de inconformidad en la voz de la chica. Estaba sentada en una de los oxidados mesabancos, con sus anteojos puestos, y trataba en vano de enfocar a través de ellos, pues se daba cuenta de que le obstaculizaban la vista demasiado.
- Tengo una lesión en la columna vertebral- explicó a Patricia –alguna vez practiqué fútbol y salí muy malparada desde entonces.
- ¿Tú… fútbol? Apenas puedo creerlo- dijo Patricia, rascándose la cabeza –hubiera jurado que jugabas golf en el patio trasero de tu casa. Por cierto, éste es un entrenamiento para salvajes.
- Ya veo ¿Hay alguna razón para que la que las extenúen así?
- Si no nos morimos de hambre, nos vendría bien una fractura- dijo Patricia, sentándose en la banca oxidada –las monjas buscan controlar la sobrepoblación de muchas maneras.
- ¿Muere mucha gente aquí?
- Más de la que crees, pero sinceramente ¿a quién le importa? Una boca menos que alimentar, una cama disponible. Tanto para las que mueren como para las que quedan vivas, la muerte es una bendición.
- Ciertamente, es tenebroso todo lo que aquí ocurre.
- ¿Cuándo vamos a empezar?- interrumpió Patricia impaciente –deberíamos comenzar a reunirnos para resolver este tipo de cosas en vez de estarnos lamentando.
- Antes…- dijo Alicia –necesito una alianza muy importante.
Alicia se había retirado los anteojos y ahora observaba con detenimiento un grupo de chicas que tampoco participaban en las actividades de Educación Física. Patricia se volvió con curiosidad hacia la dirección en que miraba.
- Son nuestra competencia- dijo Patricia –es el Consejo Estudiantil actual.
- Sí… me había parecido reconocerlas. Las he visto en fotografías. Por lo visto, ellas también están exentas del ejercicio.
- La verdad hacen lo que les da la gana- protestó Patricia, con sus ademanes poco femeninos –mujeres como ésas deberían quedarse en su casa si no tienen valor para romperse las uñas.
- ¿Las ubicas a todas?
- ¡Claro! ¿Quién no ubica a esas perras? Todas son unas malditas. Afortunadamente, aún no te ubican, pero si notan que las observamos podemos tener problemas.
Alicia no dijo nada. Había una joven de aquel grupo que se volvía a verla con frecuencia. Era alta, de cabello castaño oscuro recogido con una cola de caballo pulcramente peinada. Sus ojos negros insistían en buscarla, lo que la distraía de la conversación que entablaban sus compañeras.
- ¿Conoces sus nombres?- preguntó, en su afán por identificar a aquella extraña joven.
Patricia comenzó a señalar.
- La de en medio, que dirige la plática es la líder. Se llama Regina, y su padre es dueño de casi todos los terrenos de cultivo de la zona, aunque la detesto, es la única con sesos de ese grupo. La otra, Tamara, es hija de un banquero y además es hija única, una ilusa vanidosa y detestable. Luisa, es también hija de un accionista, es indecisa e insegura. No veo a Stenella, que es sin duda la más millonaria de todas, y la peor, por cierto. Están Iris y Alhelí sentadas en la banca, hijas de empresarios, y parásitos también del sistema. Ninguna es realmente inteligente, a excepción de Regina y… ¡eh! Olvidaba a Minerva.
Al parecer Patricia por fin había identificado a la joven que observaba con insistencia a Alicia.
- Minerva Artemisa- dijo Patricia –es inteligente, la única que ha ganado concursos académicos limpiamente. Aunque sin duda, es la menos acaudalada y la que menor poder adquisitivo tiene de todas. Regularmente se encuentra entre las posiciones menos privilegiadas del Consejo.
Alicia sonrió entonces. Se puso los anteojos y e invitó a su compañera a marcharse.
- Ven, planeemos la reunión para mañana a las 4:00.
- ¿Qué tramas? Sé que no me preguntaste esto al azar.
- Nuestra aliada- dijo Alicia –debe ser una persona que pertenece al Consejo actual.
- ¿Estás loca?
- No- dijo Alicia, que sentía que aquellos anteojos le sentaban de maravilla esta vez –es mera estrategia. Confía en mí. Mañana vendrá.
Capítulo 8

Alicia, Patricia y Mac se encontraban sentados en una pequeña aula, donde rara vez impartían clases. Habían resuelto reunirse allí para conformar su planilla, con el pretexto de estudiar matemáticas.
Estaban discutiendo sobre la mejor manera de presentarse, cuando escucharon el eco de unos pasos. Alguien se acercaba con firmeza y resolución hacia donde se encontraban.
- ¿Estás segura de que ella es la mejor opción?- preguntó Patricia con suspicacia. Alicia ya les había comentado algunas referencias de la persona que se acercaba.
- Tiene que serlo. Minerva lleva tiempo compitiendo con Regina sin conseguirlo. Aliarse con tu planilla habría sido muy arriesgado para ella, pero estoy segura de que no se negará a participar con nosotros.
Minerva apareció en ese momento. Era una joven delgada y atractiva, de dieciséis años, aunque llevaba un gesto de frialdad en su mirada. Rara vez sonreía y solía llevar un porte soberbio y arrogante, como miembro del Consejo Estudiantil. Vestía impecablemente, con una exagerada pulcritud y solía llevar su largo cabello castaño peinado en una cola de caballo. Había rumores sobre ella, acerca de sus tendencias obsesivas respecto a la limpieza y otras manías peculiares que tenía.
- ¿Alicia Ariadna V…?
A tus órdenes- se apresuró a presentarse Alicia con esmerada cortesía. La invitó a pasar y sentarse. Mac y Patricia se miraron divertidas, Alicia parecía ensayar a la perfección un papel bastante incómodo.
Minerva tomó asiento tras verificar que las sillas estaban libres de polvo. Se sentó con la espalda erguida, sin tocar el respaldo, daba la impresión de encontrarse lesionada. Las demás se sentaron alrededor de ella, mirándola con curiosidad.
- ¿En qué puedo ayudarte?
- Mi nombre es Minerva Artemisa C.,- dijo la joven, con acento educado y cierta pedantería –he escuchado rumores de que estás conformando una planilla.
- Es posible- dijo Alicia, que representaba un papel de joven intelectual y sofisticada. Los anteojos le reafirmaban más su apariencia –estábamos considerándolo en este momento, aunque son muchas nuestras limitantes.
Minerva observaba con detenimiento a Alicia, la escudriñaba de pies a cabeza. Sin embargo, estas últimas palabras la distrajeron un poco.
- ¿Limitantes…?- preguntó desconcertada.
- Tú eres miembro actual del Consejo, querida. Supongo que la idea es que permanezcan en el poder.
- Sería lamentable- se apresuró a decir Minerva, sin perder la educación –el actual Consejo es una lástima. Muchas cosas se podrían hacer allí si algunas dejaran sus cargos y se fueran a sus casas a bordar manteles.
Alicia se echó a reír. Mac observaba cómo esa personalidad que adoptaba le daba un aire atractivo y carismático, muy diferente de su actuar cotidiano que solía ser más impreciso e inseguro. Empezó a preguntarse cuál era su verdadera personalidad.
- Tienes sentido del humor, apreciable Minerva. Pero creo que se necesitan más que razones para que el actual Consejo decline a favor de alguien más. Nosotras somos nuevas en esto y mucho ignoramos acerca de cómo ser una competencia adecuada.
Minerva sonrió a su vez. Rara vez lo hacía, pero su sonrisa era tan fría e inexpresiva como su mirada.
- Eso no es problema. Tenéis frente a ustedes a la persona que necesitan.
- ¿Cómo puedes ayudarnos?- preguntó Mac. Sabía que Minerva, aunque insatisfecha con su actual situación, no dejaba de ser una “privilegiada”.
- Ellas esperan continuar en el poder, pero no han tomado precauciones. Se esfuerzan poco en la campaña, y no pretenden hacerse de adeptas, confían en que no las necesitan. Conozco todos sus movimientos y estrategias, lo que las vuelve muy vulnerables.
Sin embargo, Patricia no estaba muy convencida. Para ella, la actitud de Minerva era peligrosa.
- ¿Podemos confiar en ti?- preguntó a destajo –aunque suene duro, eres una traidora para las tuyas.
Minerva no pareció conmoverse.
- No me interesa la lealtad, sino lo que pueda obtener de ello. Y si ustedes se benefician de mí y yo de ustedes, simplemente correspondería un trato.
Patricia miró irritada a Alicia y Mac. Aquella respuesta no pareció satisfacerle.
- No me da buena espina, como encuentre aquí una oportunidad, podría encontrarla en otro lado. Nos podría perjudicar, del mismo modo que hace con ellas.
- Si es que hacemos la planilla- enfatizó Alicia, con cierta intención –porque quizá no valga la pena el esfuerzo. Me parece interesante lo que planteas, Minerva, pero aún así vemos riesgos. Mi compañera tiene razón, no tenemos la certeza de que vayas a ayudarnos.
Minerva comprendió que no estaba siguiendo un protocolo adecuado, le faltaba habilidad para negociar. Carraspeó y trató de ser más humilde.
- Escuchen; mi lealtad con ellas se acabó hace tiempo. He soportado sus abusos y sus maltratos por años, he visto sus excesos y derroches. Tuve que aliarme con ellas por mi condición social, porque de lo contrario me desbaratarían en esta escuela. Si ustedes aceptan mi colaboración, les prometo someterme a todas las condiciones que me impongan.
- ¿Qué quieres a cambio?- preguntó Mac. Minerva se volvió a verla, se sentía más nerviosa que al inicio.
- Ser parte de las titulares. Soy buena, creo que lo merezco.
- ¿Qué sabes que puede sernos de utilidad?- preguntó Patricia con su habitual dureza.
- La temporada de concursos estatales está por llegar- explicó Minerva –necesitan cuatro participantes para Historia, Aritmética, Literatura y Física. Nadie del Consejo quiere participar, saben que han ganado de forma fraudulenta las veces anteriores. Participar sería exponerse a un escandaloso y rotundo fracaso, por lo tanto, la Dirección está buscando candidatas de forma desesperada. Queda un mes para prepararse, y aún no hay nadie que desee participar.
- ¿Cuál sería la ventaja en ese caso?- replicó molesta Patricia.
- Si ganamos al menos un concurso- respondió Minerva –tendremos preferencias sobre el Consejo vigente. La Dirección empezará a cuestionar la conveniencia de un cambio. Será el primer paso para hacerlas tambalear.
Esta vez un atisbo de esperanza se asomó en la indiferente mirada de Minerva, mientras escudriñaba los rostros de las demás.
Patricia se rascó la cabeza.
- Ganar un concurso ¿eh? No es tan sencillo…
Pero Alicia sonrió con aire triunfal.
- Esperan que ganemos uno ¿Y si ganásemos los cuatro?

Capítulo 9
Era noche y un viento tibio sacudía cuanto encontraba, profiriendo lastimeros y furiosos bufidos. Alicia salió de la buhardilla en que tenía su habitación. No podía conciliar el sueño y se sentía inquieta.
Caminó por los oscuros pasillos, mientras luchaba contra el viento, sujetando su abrigo para que éste no se lo arrebatara. Bajó las escaleras y estuvo caminado por los solitarios patios de la escuela.
Su desasosiego provenía de sueños perturbadores sobre su pasado. Era un pasado tormentoso, que ya no quería recordar, pero que volvía en sus sueños y le robaba la tranquilidad.
Había vivido su niñez como un varón, pero debido a situaciones muy difíciles, había decidido adoptar la identidad de su sexo biológico, que era femenino.
Tras una infancia confusa y una serie de desgracias, Alicia recién empezaba su vida como una chica a los diecisiete años. Nunca había concientizado sobre este aspecto, y admitía que le costaba trabajo, pues siempre se había visualizado como un ser masculino.
Pero había nacido mujer, era una mujer por fuera y tenía qué aprender a serlo, pues consideraba que se hacía más daño engañándose en su identidad de género.
Sacó nuevamente los anteojos que solía llevar a todas partes y los levantó hacia el cielo, observándolos a través de la luna. El viento se había tranquilizado y todo parecía volver a la calma.
Aquellos anteojos eran de Madelaine, su terapeuta y la mujer de la cuál se había enamorado perdidamente. Los había tomado sin que ella se enterara, en la última entrevista y despedida abrupta, después de que su padre cancelara las sesiones.
Contempló largamente aquellos lentes, el armazón y sus cristales. Todo aquello le evocaba la imagen de su hermosa y estilizada terapeuta, su sonrisa cordial, su mirada serena, su exquisitez al vestir y la delicadeza de sus movimientos.
Se puso los anteojos y miró a través de ellos, la distorsionada realidad que le presentaban.
“Quiero ser como tú, Madelaine” pensó “si no puedo estar a tu lado, entonces vivirás dentro de mí. Pensaré como solías hacerlo, hablaré como tú hablas, incluso buscaré sonreír como tú.”
Y es que la imagen que Madelaine le representaba como mujer, era la única que veneraba. Todo lo demás le incomodaba sobremanera, y si no hubiera conocido aquel amor platónico, quizá seguiría comportándose como un varón hasta la fecha.
Caminó torpemente, casi a ciegas, mientras recordaba el andar de Madelaine, la seguridad de sus pasos y sus ademanes. Pero se los quitó casi inmediatamente y suspiró desalentada.
“No sé si pueda lograrlo” lamentó “es tan difícil, como si me metiera bajo el agua e intentará contener la respiración todo el tiempo. ¡Me siento tan falsa!”
Nunca había intentado ser delicada ni lo había sido, una vida dura llena de penurias, le habían arrebatado el gusto por la feminidad. De hecho, no podía entender la mentalidad de las suyas, la forma en que pensaba solía ser muy distinta. No había aprendido a agradar a los varones y de hecho no le interesaba en lo absoluto. La fuerte rivalidad con su padre le había vuelto competitiva en este punto y no tenía más interés en los chicos que no fuera una encarnizada lucha intelectual.
Era por decirlo, un “chico solitario” enfundado en un disfraz de niña, que no encajaba en ninguna parte.
Y sin embargo ¿Quién sabe qué beneficios le podía ofrecer el extraño colegio Sor Juana? Aquel lugar parecía mágico, a pesar de todas las desventajas que tenía. Y es que era la primera vez en su vida, que podía sentir el beneplácito de la amistad sin tener que ser diferente a lo que era.
Se sentía aceptada y reconocida por Mac, por Patricia y por la pedante Minerva, quienes lejos de cuestionarle su origen y pasado, parecían tratarle como a una persona más del planeta.
Quizá por eso, valía la pena el esfuerzo de “transformarse” en mujer y conseguir llevar el objetivo que las unía hasta sus últimas consecuencias: conformar el Consejo Estudiantil.
Se puso nuevamente los lentes y caminó con resolución, de regreso a su habitación.
De pronto, un extraño suspiro le heló la sangre. Recordó que ya había escuchado esos lamentos fantasmas, que no parecían provenir de ninguna parte.
Aceleró el paso, asustada. Aquello podría ser una ilusión, una alucinación tal vez. El suspiro volvió a repetirse, más profundo, más doloroso, más sobrecogedor. Alicia se detuvo, se quitó los anteojos y los ocultó en su abrigo.
Miró a su alrededor y esperó, en vano, que algo o alguien se manifestara.
Pero pasó una media hora y nada sucedió. El viento volvió a agitarse de nuevo y la obligó a retirarse a su recámara.
Capítulo 10
Debido a la mala noche, Alicia había despertado ese día con dolor de cabeza. La mayor parte del día prefirió meterse en la biblioteca para estudiar literatura, con miras a participar en el concurso.
Intentaba concentrarse pero no podía evitar cabecear, cuando el sueño la vencía. Hasta que, de pronto, se encontró con Mac enfrente de ella.
Mac sonrió, compasiva.
- Tienes un aspecto deplorable, querida.
- No he dormido bien- confesó Alicia –que empezaba a depositar en Mac toda su confianza –tengo pesadillas y además el viento hizo mucho ruido anoche.
- Ya te acostumbrarás- le dijo Mac –aunque te prevengo que ese desván en el que duermes se murió una monja.
Alicia abrió mucho los ojos y miró perpleja a su compañera.
- ¿Murió alguien allí?
- No lo sé- respondió Mac, que no dejaba de reír –pero he conseguido asustarte. Me temo que eres supersticiosa.
La broma no le hizo ninguna gracia a Alicia. Sin embargo, se reservó de comentarle a Mac sobre los lamentos que había escuchado en los patios de la escuela durante la noche. Era obvio que no le creería.
Mac por su parte, tenía sus motivos para haberla buscado.
- Vine por ti, creo que esto que te mostraré va a despabilarte un poco.
- ¿De qué se trata?
Por toda respuesta, Mac se levantó y le hizo una seña para que la siguiera.
Caminaron nuevamente al patio central y se internaron en los recovecos de los pasillos, hasta que llegaron a las escaleras.
Mac tenía razón. El sueño desapareció del rostro de su compañera. Se quitó los anteojos y observó con profunda fascinación el pestilente rincón bajo las escaleras.
En filas perfectamente alineadas sobre el piso había toda clase de patitas de insecto, perfectamente conservadas. Detrás de éstas, estaban un grupo de cabecitas de grillos de varios tipos. Les habían arrancado las antenas y relucían brillantes como metal cobrizo. Detrás de las cabezas, las alas de los grillos habían sido sujetas al piso con algún adhesivo. Estaban formadas de las más grandes a las más chicas, de las más oscuras a las más claras.
Alicia se inclinó para observar con más detenimiento aquel extraño espectáculo. Fue entonces que pudo divisar a alguien al fondo del rincón.
-Déborah Allison C.- susurró Mac a su lado –cuando me comentaste que si había alguien aquí relacionada con los grillos, inmediatamente pensé en ella.
- ¿Por qué hace esto?- preguntó Alicia intrigada.
Mac se encogió de hombros.
- Por algo va a su cita psiquiátrica cada quince días. Te dejo con ella, debo entregar un ensayo a las diez.
Mac se retiró, dejando a Alicia completamente absorta en la figura de Déborah.
Era una pelirroja, de cabello rojizo intenso del color de las naranjas, como pocos existían, el cual llevaba peinado en trenzas. De cara alargada e infantil, cubierta de pecas, tenía unos ojos rasgados y de un color ámbar, también muy peculiar. La chica en general no era desagradable, pero tenía una mirada escalofriante. Parecía la de un ave al acecho, un animal hambriento y dispuesto a lastimar si era posible.
Déborah no pareció inmutarse ante la presencia de Alicia. La observaba fijamente, con cautela, pero sin temor. Alicia le sonrió desde afuera.
- Un lugar un poco incómodo ¿No te parece?
- Incómodo- habló Déborah, con una voz pausada, tranquila y ligeramente ronca –pero seguro. Nadie más se metería aquí.
- Ya lo creo. Y sin embargo, es un precio alto a pagar para sentirse segura.
Déborah sonrió. Su sonrisa era cruel y tenía un dejo de burla.
- ¿Te gustan los grillos?- le preguntó.
- No mucho- dijo Alicia –en general, los insectos me parecen repelentes.
- Y sin embargo, son los mejores sobrevivientes. Pueden aguardar horas, incluso días en un escondrijo sin comer ni dormir. Luego, cuando es el momento oportuno, salen y atacan a su presa.
Alicia la observaba con interés. No cabía duda de que aquella chica tenía algo escalofriante, pero no dejaba de ser fascinante.
- ¿Es por eso que estás aquí, Déborah? ¿Acaso aguardas algo?
- En realidad, aguardo que se larguen todas. Soy un ser misántropo, las personas me parecen repulsivas, más las de esta escuela.
- Te aseguro que pienso igual que tú- le dijo Alicia –hace tiempo que yo también empecé a alejarme de la gente.
- Observabas los grillos con curiosidad- dijo Déborah, cambiando de tema –pensé que te gustaban.
Alicia suspiró.
- Vengo por una profecía, Déborah. Los grillos son una señal de que tú eres la persona que necesito.
Déborah la observó con curiosidad. Era difícil leer sus emociones, su reacción ante aquella frase resultó nula.
- ¿Qué puedo hacer por ti?- preguntó tranquilamente.
Alicia se sorprendió de que no la cuestionara por aquella presentación tan inverosímil. Déborah parecía una persona muy apacible a pesar de su mirada cruel y sarcástica.
- Voy a formar una planilla- le dijo, -mi intención es llegar al Consejo Estudiantil de esta escuela. Me interesa que formes parte de mi equipo de trabajo.
Déborah sonrió.
- Creo que no tienes idea de cómo podría ayudarte alguien como yo ¿No es cierto?
Alicia se rascó la cabeza, como siempre que algo le confundía.
- Para serte sincera, lo ignoro. Pero tengo fe en que tienes algo prodigioso que demostrarme.
Déborah soltó una alegre carcajada.
- Eres rara, pero muy cortés, estimada desconocida. Sería un placer hacer algo diferente a coleccionar grillos.
Alicia se apresuró a presentarse, avergonzada.
- ¿Cómo pude olvidarlo? Me llamo Alicia Ariadna V., Hace un mes llegué a esta escuela.
- Estimada Alicia Aridana V.,- mencionó Déborah pausadamente –mi nombre es Déborah Allison C., aunque creo que ya te lo han mencionado. Sospecho que no te han hablado mucho de mí, de lo contrario habrías preferido no invitarme a tu misterioso proyecto.
Alicia se encogió de hombros.
- Podrán decirme muchas cosas de ti, Déborah. Pero una cosa es cierta, no puedo excluirte de mi equipo y por ahora, todo lo que necesito saber de ti, es que aceptas participar conmigo en la planilla.
Déborah encogió los hombros. Solía acompañar su cautelosa voz con una extraña sonrisa que nunca borraba de su rostro.
- Por mí no hay problema. Dile al resto de tu equipo, creo que es con ellas que debes llegar a un acuerdo.
- ¿Lo crees conveniente?
- Cuando sepas quién es Déborah Allison C., mi estimada Alicia, considerarás dos veces lo que acabas de proponerme.

Capítulo 11
Déborah no se equivocaba. En cuanto Alicia mencionó su nombre a las demás integrantes de la planilla, sobre todo Patricia y Minerva, se mostraron bastante renuentes.
- Si la decisión de que Minerva formara parte de la planilla me parecía descabellada, la propuesta de que Déborah se una al grupo me parece una espantosa locura.
Minerva se sentía herida en su orgullo que Patricia la rechazara de esa forma, sin embargo, no se inmutó y se unió a ella en las protestas.
- ¿Sabes por qué Déborah colecciona grillos?
- Si lo que van a decirme es que no está bien de la cabeza, empiecen a considerar sus argumentos, puesto que no funcionan conmigo ¿Está claro?- replicó Alicia, dispuesta a defenderse.
La verdad era que la misma Alicia dudaba de la inclusión de Déborah en el equipo. Pero algo le decía que no se arrepentirían de ello. Las demás, opinaban lo contrario.
Minerva continuó debatiendo:
- No se trata de locura, Alicia. Me parece que no conoces a fondo la personalidad de Déborah. Podría estar loca, pero es peligrosa, eso es lo que nos preocupa.
- Podrías comentarle a Alicia- le dijo Patricia a Mac –algo sobre su historia. Después de todo tú la llevaste hasta ella.
Mac suspiró y se encogió de hombros.
- Déborah es hija única. Sus padres son cirujanos, y tienen una vida bastante desahogada. La creyeron muerta cuando nació, después sospecharon que era sorda, pues no respondía a ningún estímulo. Poco a poco fueron descartando todas las cuestiones médicas, hasta que se quedaron con el diagnóstico de autista. Un día, simplemente, Déborah empezó a hablar y a moverse por el planeta tranquilamente. Entonces descartaron el autismo y la declararon normal.
- ¿Cómo sabes tanto de las personas?- preguntó Alicia intrigada.
Mac sonrió misteriosamente.
- Tengo mis métodos- respondió -¿Continúo?
- Sí- se apresuró a decir Alicia -¿Es autista entonces?
- Es extraña. Es todo lo que podría decir. Déborah no se adapta a las personas, desde temprana edad mostró una inteligencia y conductas escalofriantes. A corta edad, destripó un polluelo enfrente de todos los niños en el kindergarten y la expulsaron por eso. En otra escuela intentó matar a un grupo de chicos, fabricando una trampa desde la azotea de la escuela. Posteriormente abrió un conejo vivo con los instrumentos de disección de su padre. Llegó aquí, expulsada de todas las escuelas, por incidentes donde mezcla la crueldad y lo aborrecible. La gente la ve con miedo y no desea involucrarse con ella. Aquí, debido a que hay chicas más salvajes y violentas que ella, tuvo que refugiarse bajo las escaleras, donde pasa la mayor parte de su tiempo.
Alicia se rascó la cabeza. Aquella historia la desconcertaba.
- Se ve muy tranquila para creerse.
- Ése no es el problema. Déborah es la persona más tranquila que hayas conocido, lo que no quita que sea una persona sin escrúpulos.
- ¿Ves por qué no la queremos aquí?- insistió Patricia -¿Crees que confiaría en ella?
- Tenemos qué confiar en ella- declaró Alicia –a mí tampoco me convence, pero estoy segura de que es la persona que necesitamos.
Patricia se levantó impaciente.
- ¿Tenemos que pasarnos la vida escuchando tus tonterías, Alicia? La planilla se conformará con aquellas que nos resulten útiles ¡Y no por tus caprichos!
- Tú fuiste uno de mis caprichos- le aclaró Alicia –fue a insistencia mía que estás aquí. Si puedo confiar en ti, puedo confiar en ella.
- Me estás colmando la paciencia, Alicia. Desintegré mi planilla porque dijeron que tendría más confiabilidad la de ustedes. ¿Crees que la Dirección verá con buenos ojos una planilla con una desertora, una demente, una rebelde y dos desconocidas como ustedes?
- No soy desertora- aclaró Minerva débilmente, pero se abstuvo de opinar más sobre el asunto.
Alicia se impacientó a su vez.
- Patricia, la líder de la planilla soy yo. Quién recluta a las participante soy yo ¡Le parezca a quién le parezca! ¿Queda claro?
- No es una respuesta inteligente.
Esa respuesta las dejó mudas a todas. Incluso Patricia, que se había levantado para discutir con más ahínco sus desacuerdos, se quedó sin habla.
Mac se quedó callada unos instantes, saboreando el efecto que sus palabras habían provocado en las presentes. Sonrió, con su habitual tranquilidad y dijo:
- Nos necesitas a todas. Y cada una encierra un misterio que debes desentrañar. Nadie va a quedarse aquí si tú no la convences de que se quede.
Alicia suspiró y se levantó, para ponerse al frente de todas. Empezaba a comprender cuál era su misión en ese grupo.
- Escuchen, si al final de esta aventura, no hemos ganado nada, podréis golpearme. Voy a ciegas con ustedes por este camino y sólo sé que vale la pena arriesgarse para lograr un cambio. Ninguna de nosotras nos conocíamos, ninguna nos habíamos tratado lo suficiente como para valorarnos. A partir de ahora, ya no seremos las de antes, seremos distintas y haremos cosas que jamás habríamos imaginado.
- ¿Cómo sabes tal cosa?- preguntó Patricia con escepticismo.
- Ahora mismo yo estoy cambiando ¿Y ustedes?
Minerva y Mac asintieron, pensativas. Patricia entornó sus oscuros ojos y los clavó en Alicia.
- A la primer tontería que cometa Déborah, estoy fuera del equipo. ¡Y te lo cumplo!
Capítulo 12
Alicia subió lentamente a la azotea del edificio más viejo de la escuela. Las nubes se apilaban en grandes y espumosas manchas blancas, que viajaban a toda velocidad, oscureciendo el sol de vez en vez.
Se quitó los anteojos, pues aún no se acostumbraba del todo a ellos, y la vista se le nublaba en ocasiones. Vestía con más presencia, con su uniforme impecable.
Una sonrisa iluminó su rostro. Por fin encontraba a la persona que había estado buscando con tanto ahínco.
Había transcurrido casi un mes desde que había hablado con Ray. Después había desaparecido prácticamente. Pero ahora, estaba allí.
- ¡Ray! ¡Por fin te encuentro!
El aspecto de Ray había cambiado un poco. Se veía exhausta, como si hubiera caminado mucho trecho. Ya no comía sus frituras con picante. Se la veía alterada e inquieta, maltrecha y con el enorme sobretodo cubierto de polvo. No pareció reaccionar a la presencia de Alicia, pues ni siquiera se volvió a verla.
Alicia se acercó apresuradamente.
- ¿Te encuentras bien?
Ray se evadió como pudo, y mirando hacia abajo, empezó a hablar, con su voz arrastrada.
- Estoy mejor de lo que creo.
- ¿Qué te ha pasado? Puedes contarme.
Súbitamente, Ray le clavó una mirada que dejó a Alicia sin aliento. Era una mirada de indignación y bastante agresiva. De alguna manera le hizo saber que no se metiera con su vida.
Alicia bajó la cabeza, apesadumbrada.
- Discúlpame, no quería molestarte. Sólo sé que te fuiste mucho tiempo y llegué a extrañarte.
- Estoy bien- dijo Ray, que había retirado su actitud defensiva, y volvía a perder su mirada en las profundidades de los edificios.
Alicia sonrió nuevamente, entusiasmada.
- ¿Recuerdas lo que me dijiste aquella vez que nos conocimos?
Ray pareció hacer un esfuerzo por recordar, pero era obvio que lo había olvidado.
- ¿Dije algo?
- Sí, dijiste que reinaría en esta escuela. Dijiste que para eso necesitaba la ayuda de cinco personas y me mencionaste a cuatro de ellas.
Ray se encogió de hombros y suspiró lentamente. Parecía más concentrada en otros problemas como para prestarle suficiente atención a Alicia.
- El problema- dijo –es que los dibujos no siempre son los mismos. De modo que no sabré con exactitud lo que dije.
Tras estas extrañas palabras, se inclinó sobre el techo de la azotea y empezó a observarlo con minucia. Daba la impresión de estar buscando una aguja en un pajar.
Alicia insistió:
- ¡Pero yo sí recuerdo! Todo sucedió como lo habías dicho ¿Sabes?
Ray no pareció hacerle mucho caso. Se detuvo, de pronto. Entornó los ojos y se quedó mirando un punto fijo en la azotea.
- Entiendo… La agrupación…
Alicia le miró sorprendida.
- Exacto- dijo –ahora somos una agrupación, pero tú predijiste de qué manera se lograría. Eso es lo que has olvidado.
Ray se encogió de hombros
- Muchas cosas no recuerdo, y otras las confundo con mis sueños. Es difícil recordar con exactitud para mí. En cuanto a lo que suelo decir, no me hagas mucho caso. Regularmente padezco delirios y cosas malas. No estoy muy bien de la cabeza.
Y al decir eso, se golpeó el parietal varias veces con el puño de la mano. Alicia negó obstinadamente.
- No Ray. Lo que dijiste aquella vez sucedió tal como lo pronosticaste. Te lo juro.
- No puede ser.
Alicia se echó a reír.
- ¿Es posible que ni siquiera tú creas lo que dices? Hemos conformado una planilla, Ray. La mujer de la voz de trueno, la de los dientes sobresalientes, la que era parte del Consejo vigente y la que mataba los grillos. Todas estamos juntas ahora, y estamos buscando ganar las elecciones para el nuevo Consejo Estudiantil.
El rostro de Ray parecía extraviado. Al parecer, aquello le sorprendía a ella misma. Alicia se acercó con la intención de palmearle la espalda, pero la chica se alejó nuevamente.
- ¿Qué sucede? No voy a hacerte daño.
- No se qué decir a esto- confesó Ray con su cancina voz.
Alicia propuso:
- Me falta una persona más en la planilla ¿Recuerdas?
Ray negó recordar con obstinación.
- ¿Falta alguien más?
- Tú- le dijo Alicia sonriendo –ahora entiendo porque describiste solamente a cuatro. La quinta participante eres tú, Ray. Y vengo a pedirte que formes parte de mi planilla.
Capítulo 13
Era difícil creerlo, pero efectivamente las cosas marchaban bastante mal en aquella escuela- internado. Durante varios días el agua escaseó y la comida se redujo al frugal desayuno y una incipiente comida. Ir a la cama con el estómago vacío provocaba insomnio, y algunas alumnas se escabullían a los patios polvorientos para conversar y así pasar el mal rato.
Alicia, desde al ático, observaba y hacía sus anotaciones. No era algo nuevo para ella, había padecido durante su niñez cosas similares. Pero también había aprendido a ser astuta y estudiaba la manera de conseguir aliviar todo aquel dolor.
Al día siguiente subió a la Dirección, en una amplia y hermosa oficina con decoración del siglo pasado. Parecía un oasis en medio de aquel desierto, el aire allí era fresco y reconfortable. A pesar de la escasez de agua había grandes macetas con verdes plantas y varias flores.
Alicia se sentó en la oficina central, en un cómodo sillón de piel. Pero cuando entró la religiosa a cargo, se puso de pie respetuosamente. La hermana Celeste, cuyo nombre era objeto de buen humor entre las alumnas, era sin embargo, muy temida por sus duros castigos.
Era una mujer anciana pero con entereza, a pesar de sus casi setenta años. Su rostro enjuto bien podía pasar por el de una momia, pero la firmeza de su voz la hacía ver imponente. Hizo un ademán a Alicia para que tomara asiento nuevamente, y luego revisó un expediente que tenía sobre el escritorio.
- ¿Cómo has estado?- preguntó, cual si las penurias momentáneas no existieran.
Alicia sonrió y respondió con cortesía:
- Me he sentido bien recibida, algo que no sucede en todos lados.
La mujer era parca de expresiones y no pareció inmutarse por las observaciones de Alicia. Cerró el folder que tenía enfrente y luego clavó con fijeza sus ojos grises en la joven.
- Veo que estás dispuesta a participar en el concurso- dijo con su acento español,
- Así es- confirmó Alicia
- A cambio pides formar parte de las planillas para la elección del Consejo Estudiantil.
- Sólo si le traigo el primer lugar- aseguró Alicia con humildad
La mujer le miró escéptica
- Sé que vas a traerme el primer lugar. Tu historial académico es admirable, Alicia. No estás aquí sin razón aparente.
- He venido a demostrarlo.
La hermana Celeste volvió a abrir el folder que tenía frente a su escritorio y lo revisó con más detenimiento.
- No necesitas concursar para participar en el Consejo, Alicia. Si tal es tu deseo basta con pedirlo.
- Se lo agradezco enormemente- respondió Alicia con la misma cortesía.
- ¿Es necesario que pretendas incluir a estas jóvenes que me mencionas aquí? El Consejo Estudiantil actual es bastante competente.
- Lo sé, hermana.
- Espero que también sepas qué clase de personas estás incluyendo en tu planilla.
- Tengo algunas referencias de ellas.
- ¡Algunas!- exclamó la religiosa indignada –La única persona rescatable de tu propuesta es Minerva, y aún me atrevería a ponerla en duda. Las demás no son vistas con agrado por esta congregación.
- Lo sé,- repuso Alicia –pero hay algo que quizá no le han contado sobre mí, que quisiera compartirla.
- ¿Qué es ello?
- Puedo cambiar a las personas.
- ¿Cómo?
- Puedo hacerlas mejor de lo que son.
- ¿A ellas?- exclamó incrédula la monja -¿De qué manera?
- Tengo cierta influencia en el comportamiento de las personas. Pronto las verá actuar de forma diferente. Quienquiera que considere un quebradero de cabeza para usted en esta escuela, es un reto para mí.
- ¿Estás segura que quieres hacer eso?- preguntó la hermana Celeste –Patricia no tiene remedio, y tanto Déborah como Elsa son casos perdidos. En cuanto a Alma Virginia, sus bases familiares son endebles…
- Estoy segura que quiero hacerlo- dijo Alicia con vehemencia –hermana, se lo pido. Deme esa oportunidad. Si no han cambiado en un mes, puede retirarme la licencia para conformar mi planilla.
La hermana Celeste suspiró en medio de su perplejidad.
- Tú has puesto la condición, si no sucede así, no respondo.
- Gracias, hermana.
Y tomó aire para hacer la siguiente propuesta.
- Quisiera empezar con la primera prueba, si no es mucho molestar.
- ¿A qué te refieres?
- Hay tres concursos más en puerta…
- No enviaremos a nadie más. No tenemos alumnas preparadas en esas áreas. Sería un rotundo fracaso al que no queremos exponernos.
- Permítame enviar a tres de ellas.
- ¿De quiénes? ¿Te refieres a las alumnas de las que hablamos?
- Si fracasamos en el concurso, tenga usted toda la confianza de que no nos arriesgaremos a buscar el Consejo Estudiantil.
La hermana Celeste la observó alejarse con una sonrisa entre incredulidad y buen humor.
“No debería permitir esto. Es sólo que me mueve la curiosidad por saber qué pretende hacer”.
Capítulo 14
Ya llevaban una o dos sesiones juntas, aunque no lograban ponerse bien de acuerdo. La mayoría estaba acostumbrada a trabajar a su ritmo y voluntad. La propuesta que Alicia había dejado en Dirección no gustó en lo absoluto.
- ¿Por qué no nos consultaste antes?- protestó Patricia con su voz ácida -¿Te parece que estamos a tus órdenes?
- Comprometiste la planilla- secundó Minerva, preocupada –si no salimos de ésta, nos olvidaremos del Consejo.
- Espero que entiendan que era la única manera de resolverlo- les aclaró Alicia muy acalorada –no nos ven con buenos ojos allá arriba a menos que hagamos algo extraordinario.
- Claro,- comentó Déborah, tranquilamente –podríamos lanzarnos del edificio de la Dirección. Si cayéramos ilesas, sería una señal divina.
Las demás se echaron a reír. Déborah estaba buscando aceptación en el grupo con comentarios irónicos.
Alicia le contempló molesta.
- No vamos a obtener el Consejo Estudiantil aquí sentadas para quejarnos de lo mal que está el planeta. Venimos a buscar estrategias y dado que estamos en una posición poco privilegiada, más nos vale ponernos a trabajar.
- ¿A tu manera?- replicó Patricia
- ¿Acaso se te ocurre algo mejor?- se levantó Alicia y se levantó para ponerse al frente de la mesa.
- El problema- se escuchó la ronca voz de Mac –es que no tenemos más alternativa si perdemos. Y hay otro problema más.
- Esperaba que tú me apoyaras- lamentó Alicia, quitándose las gafas decepcionada. Sin embargo, Mac continuó:
- Si nosotras perdemos los concursos, lo perdemos todo. Si tú pierdes (que es muy improbable) sólo te reasignaran en otro lado, pero si ganas, no nos necesitas. Estarás automáticamente incluida en el Consejo que tome el poder.
Todas callaron y un tenso silencio se generó alrededor de Alicia. Ésta las miró, afligida.
- Chicas, ¿creen que yo sería capaz de tal cosa? Pude hacer eso mismo y no necesitaba convocarlas ¡Pero no lo hice!
- Pero aún puedes hacerlo- observó Déborah, que le miraba atentamente con sus ojos amarillos.
Alicia meneó la cabeza. Suspiró muy hondo y luego concluyó:
- Si no confían en mí, pongan a alguien más al frente de la planilla. No me opongo a ello, pero por favor, no dejen caer este proyecto.
- Yo sí confío en ti.
Todas se volvieron a un tiempo a ver a Ray, que hasta ese momento había estado silenciosa en un rincón.
- Ray- le dijo Patricia -¿Qué te hace confiar ciegamente en ella?
- Ella nos reunió a todas- dijo Ray, encogiéndose de hombros –las demás ya existíamos en este lugar, pero jamás lo habríamos hecho.
Se miraron unas a otras. Patricia volvió a mirar a Alicia con suspicacia.
- Me sorprende que Ray confíe ciegamente en ti, y aún tengo mis reservas. Pero si ya nos comprometiste, tenemos que limpiar nuestro nombre. Apúntame para el concurso de Física, yo lo sacaré a como de lugar.
- Dame a mí el de Historia- dijo Minerva –estoy segura de que no tendré problema con él.
Alicia sonrió y antes de colocarse nuevamente los anteojos le lanzó a Ray una mirada de infinita gratitud.
- ¡Bien! Yo sí confío en ustedes y sé que van a lograrlo.
- Sólo tengan en cuenta una cosa, -advirtió Mac –de la misma forma en que esta escuela ha ganado anteriormente, es seguro que se manejen fraudes. Aún cuando fueran las mejores, depende de los jueces que ellas resulten ganadoras.
- Hay un recurso- agregó Déborah –consiste en intimidar a los demás concursantes tanto como sea posible, de manera que contesten lo menos posible.
- ¿Intimidar?
- Infundir terror invisible- explicó la pelirroja –hay varias formas sutiles de lograrlo. La mirada es una de ellas.
- Querrás decir “terror psicológico”- agregó Mac –pudiera ser interesante, aunque no siempre funciona, pero hay formas de condicionar a los demás con cierta forma de mirar y hablarle a las personas.
- Yo no necesito eso- declaró Patricia con fastidio- de sobra voy a ganar el concurso y si pretenden arrebatarme el triunfo, pelearé hasta que me den lo justo.
- Eso ya es intimidar –concluyó Déborah.
Minerva agregó:
- Los concursos suelen estar arreglados, efectivamente. Pero se trata de concursos estatales, que son de importancia menor para los delegados educativos, aunque a nuestra escuela le beneficia. El concurso más importante, que viene más tarde, es el interestatal. Ése es el que genera polémica.
- Muy bien- dijo Alicia –creo que cada quien tiene su táctica para ganar. Tomaré el concurso de Literatura, Patricia va por Física, Minerva por Historia y sólo quedas tú Déborah, que irás por Aritmética.
Las demás protestaron.
- ¡Déborah! ¿Por qué no Mac?
Alicia se acercó a la pelirroja.
- ¿Qué dices? Eres la que está en mayor desventaja con la Dirección. Necesito que ganes ese concurso y laves tu nombre, querida.
Déborah se echó a reír, con su acostumbrada parsimonia.
- Será interesante experimentar en el concurso.
Capítulo 15
Alicia tomó sus anteojos y los observó largo tiempo. Era difícil creer que la persona de la cuál provenían tuviera tan sólo un defecto; la miopía. En momentos, esto la desilusionaba, porque le habría gustado creer que la mujer que más admiraba en su vida sólo utilizaba los anteojos como un accesorio más para su linda figura. Pero por desgracia, no era así, y se preguntaba si su terapeuta la recordaba tal como era o si sólo había sido una imagen borrosa en su mente.
“No importa” suspiró “De cualquier manera, lo importante es mirar como ella.”
Se puso los lentes y observó a través de ellos como la realidad se volvía difusa y desdibujada. Alicia era ciega a través de esos cristales, pero estaba obstinada en utilizarlos.
Mac se le acercó en ese momento, con cautela.
- ¿Cómo va esa miopía?
- Saldré de ésta, ya verás.
- Aún a costa de tu vista- se burló Mac, mientras observaba el patio central, desde donde llegaba el bullicio de las aulas de clase. Alicia se volvió a mirarla, no sin enojo.
- No me ayudaste ayer ¿Sabes? Necesitaba tu apoyo para convencerlas.
- Para eso está Ray- razonó Mac, tranquilamente –recuerda que yo soy aún de las escépticas.
- ¿De qué manera hago para convencerte?
Mac se volvió a ver a Alicia y se encogió de hombros. Escuchó por un instante el ajetreo matutino y tras reflexionar unos minutos, agregó:
- Estás muy confiada, demasiado. Lo que propusiste en Dirección ameritaba una consulta con el resto de la planilla y no lo hiciste. Si las cosas continúan así, es posible que haya desacuerdos diametrales entre nosotras. Además, las estás obligando a ganar prácticamente. A la larga, esto se volverá complicado ¿Hasta dónde piensas presionar para ganar?
Alicia se quitó los anteojos. Por un momento se volvieron insoportables.
- No tienes idea de cuánto me estoy presionando a mí misma, Mac. Si esto fuera solamente un capricho, habría desistido hace tiempo. Sé que no apruebas mi decisión. En parte te parece imposición la mayoría de lo que hago, pero créeme que en ocasiones no se puede actuar de otra manera.
- ¡Ah!- exclamó Mac, mientras observaba el primer receso. Las internas más jóvenes salían de sus salones para tomar un frugal refrigerio.
Luego agregó:
- Créeme que todas las del grupo sabemos la diferencia entre exigir e imponer, Alicia. No eres la única que ha llevado una vida difícil, de ninguna manera.
Alicia bajó la cabeza, arrepentida.
- Si te parece que me he excedido, me disculparé con ellas.
- Cuando te excedas te lo diremos, no te preocupes- dijo Mac –por el momento, sus egos están inflados porque van a hacer algo que siempre han buscado. Simplemente cambia la forma de proceder, es lo que te sugiero. Por cierto, ¿Estás segura que quieres enviar a Déborah al concurso?
- ¿Irías en su lugar?
- No es lo mío los concursos- dijo Mac sonriendo –pero me parece que a Déborah le falta mucho por andar. Yo diría que demasiado. Recién viene saliendo de esa cueva donde se ocultó casi ocho años, y en menos de un mes va presentarse en público. Opino que esto nos traerá problemas.
- Y sin embargo, me parece que tomó la propuesta con mucha calma- dijo Alicia –intuí de alguna manera que no deseabas participar en los concursos. Y sé que Ray le trastornaría la idea. Dejemos el concurso en manos de Déborah, será su prueba de fuego.
Mac no replicó más. Era una mujer observadora, pero ella también estaba aprendiendo a conducirse dentro de un equipo. Alicia confiaba plenamente en ella, quizá era importante desarrollar más tacto para hablarle de temas delicados. Empezaba a comprender que había dos personas que frenaban a la recién nombrada líder en sus impulsivas decisiones. Una era Ray, y la otra… era ella.
De hecho, podía notar la fragilidad de su compañera en ocasiones, como si titubeara acerca de sí misma.
Aquel, de hecho, fue uno de esos momentos.
- Dime- dijo Alicia, de repente -¿te parezco femenina?
Mac se echó a reír.
- ¿Es broma?
Alicia se volvió a verla angustiada.
- Necesito serlo, Mac. Es algo que prometí y no puedo perder de vista. Pero también reconozco que me cuesta trabajo.
Mac observó que la angustia de Alicia era real y un tema de vital importancia para ella.
- Creo- dijo pausadamente –que a excepción de Minerva y tú, el resto de la planilla carecemos de femineidad.
Alicia sonrió y se puso los anteojos. El comentario le hizo gracia.
- No lo había notado.
- Por eso consideré broma tu comentario- explicó Mac –no importa cuánto me menee al caminar, no soy femenina en absoluto. Mi físico no me ayuda. Por otro lado, Patricia no es femenina para nada. Actúa como cualquiera de sus hermanos, y sin embargo no parece importarle. Déborah es extraña, yo diría que es una personalidad masculina pero muy cauta que no devela del todo, tiene cierta elegancia pero no delicadeza. En cuanto a Ray… la pobre no tiene humor para pensar en su identidad, vive enajenada en un mundo psicótico.
- Ahora que lo mencionas…- comentó Alicia a media voz. Empezaba a comprender que no estaba precisamente en el paraíso de las divas. Mac le observaba con cierta simpatía.
- No entiendo tu repentina inquietud. ¿Hay algo que te preocupe al respecto?
- Ya no- repuso Alicia –ahora creo que fue solamente un desvarío.