
Capítulo 16
Alicia se sentó ese día frente a sus compañeras, mientras las observaba con detenimiento. Nunca había notado la observación de Mac, pero ahora que lo sabía, se sentía sorprendida ante el hallazgo.
En efecto, ninguna de esas chicas eran aparentemente normales o al menos, ordinarias. Lo más curioso es que nunca se había topado con personalidades así en su vida, y quizá por eso siempre se había considerado un bicho raro.
Las observaba discutir, ir y venir, hablar y escucharse, pero sobre todo; las observaba minuciosamente en su forma de conducirse, de mover sus manos, el tono de voz y su mirada.
La que más resaltaba era Mac, con aquella complexión masculina que no le ayudaba en su fisonomía. Hombros muy grandes y cuadrados, cuello corto, nariz exacerbadamente aguileña, y ojos enmarcados bajo una cornisa que su amplia frente formaba. Había que añadirle además su voz profundamente ronca y su carácter benévolo, sin arranques emotivos ni manierismos. Era prudente y observadora, y parecía estar mediando siempre entre las demás con una actitud paternal.
La que le seguía era la inquieta Patricia, líder nata y con tendencia a influir en las restantes. Patricia podría parecer una chica común y corriente, pero sus enormes incisivos le restaban feminidad a su rostro, alerta y desafiante.
Sus rebeldes rizos solían flotar en el aire sin orden alguno y su delgadez no mostraban aún rasgos físicos que le hicieran ver femenina, sumándole a esto su tendencia a utilizar ropa demasiado grande.
Patricia, a diferencia de Mac, era más extrovertida en sus movimientos. La forma en que ladeaba la cabeza, la inflexión en la voz, el movimiento corporal… todo sugería siempre un comportamiento de varón. Era decidida, y no conocía el temor, pero lo manifestaba con una seguridad cruda, sin adornos ni disfraces. Su dureza era más palpable en su mirada, solía mirar con fijeza, con cierta tendencia a retar, y quizá, con cierta superioridad que ella suponía tenía sobre las demás personas.
Le seguía la extraña Déborah, cuya sonrisa no podía calificarse más que de enigmática. Los pensamientos de la pelirroja eran un misterioso dada su escasa manifestación de emociones. Era astuta y eso lo probaban sus intervenciones, que solían ir acompañadas de sarcasmo. Déborah no era ni femenina y ni masculina. Era un extraño híbrido entre lo impersonal y lo bizarro, un ser que no parecía tener ninguna edad, nacionalidad o sexo. No parecía preocupada por nada, excepto su inteligencia, de la que daba muestras excepcionales.
La mirada de Déborah era pavorosa. Aquellos rasgados ojos amarillos parecían estar siempre al acecho, como si en cualquier momento fuese a saltar sobre su presa. Prácticamente nadie podía aguantar esa mirada que muchos habrían calificado como cruel.
Después de Déborah, Alicia posaba sus ojos en Ray. La cabizbaja Ray, que se definía a sí misma como esquizofrénica, era más bien un ser llegado de otro planeta.
Ray también era impersonal como Déborah, pero su impersonalidad radicaba en su fragilidad y no en su agudeza. Parecía un ser desvalido e indefenso que se negaba obstinadamente a la protección. Permanecía sentada en ocasiones sobre la mesa sin decir una sola palabra, con su mirada perdida en lo inexistente. A veces se hundía en la inmensidad de su sobretodo, y otras veces, ella misma prefería ocultar su rostro bajo su largo cabello. Al principio, aquellas manías incomodaban al resto, pero como eran conductas inofensivas, pronto empezaron a acostumbrarse.
Su voz era impersonal, no parecía de hombre o mujer, sino más bien la de aquel adolescente que está en proceso de cambiar su voz de niño. Y sin embargo, aquella voz de adolescente no parecía evolucionar nunca.
Se movía con torpeza y sin femineidad, con pasos lentos y vacilantes. A veces hablaba con la misma indecisión y titubeo, pero otras veces sus respuestas eran definitivas y acertadas. Daba la impresión de despertar de un largo sueño cuando hacía eso.
De todas, Ray despertaba en Alicia una necesidad maternal de protegerla. A pesar de que Ray no soportaba que la tocaran, ni que le hablaran con palabras tiernas, Alicia no podía evitar acercársele demasiado y demostrarle con frecuencia cuánto le estimaba.
Por último, estaba la que al parecer era la más normal de todas: Minerva. Tal vez por su origen y clase, Minerva solía ser la única que tenía decoro en su vestir y su forma de conducirse, lo cuál se perdía en cuanto empezaba a hablar.
Minerva era una joven linda, pero con una expresión más fría que el hielo. Era insensible y mordaz en sus comentarios. No parecía tener más interés que en automatizar y clasificar todo cuanto había a su paso.
Inteligente como estratega, Minerva no perdía momento para criticar la burguesía y el machismo que imperaba en el mundo. Odiaba a los hombres lo mismo que odiaba a las ratas y a los insectos, algo que la mantenía apartada de Déborah (la cuál solía estar desmembrando con cuidado algún grillo durante las reuniones).
Se consideraba superior en todos los sentidos, pero a veces su cerrazón la ponía por debajo de sus compañeras y eso la agobiaba profundamente.
Bajo una agradable y grácil apariencia, se ocultaba tan sólo un ser pedante y narcisista, una personalidad insensible y agresiva.
Alicia se acercó lentamente y se sentó en la mesa donde todas discutían (incluyendo a Ray en ocasiones). Le parecía que, aunque no era así, ella era el personaje que se acercaba más a los estándares que la sociedad proclamaba para el género femenino.
Y aquello le llenaba de una euforia extraña. Era como ellas, y al mismo tiempo, era diferente. Se asemejaba a cada una de sus compañeras en esa indiferenciación, en esa tendencia y gusto por lo masculino. Pero también tenía en sus manos una herramienta distinta: la de fingir que era lo que no era y no deseaba ser: una mujer educada, con una angelical sonrisa y unos anteojos con los que apenas si veía.
Capítulo 17
Una mujer delgada de cabello oscuro recogido y tez blanca, esperaba pacientemente afuera del auditorio donde se había llevado a cabo el concurso estatal de literatura.
La gente empezó a salir en grupos por la entrada principal, agolpándose alrededor de los estantes donde había propaganda en información sobre próximos eventos. La mujer, que se llamaba Evelyn, se levantó de puntillas sobre sus pies tratando de divisar a su sobrina, el motivo por el cuál se encontraba allí.
Al verla, no pudo menos que asombrarse. Alicia, tras un rotundo triunfo en el concurso, salía del auditorio conversando animadamente con un par de personajes, mientras destellos de fotografías la iluminaban por doquier.
La presencia de la “Niña Genio” en los concursos estatales y nacionales, solía causar sensación entre los medios, sobre todo por la habilidad con la que lograba los primeros lugares en la asignatura que fuere.
Evelyn se acercó gustosa entre la multitud. Alicia la saludó efusivamente, tratando de adivinar su cara a través de sus gafas ahumadas.
- ¡Déjame verte!- le dijo Evelyn con voz emocionada. Alicia ya no se parecía en nada a la chica hombruna que semejaba un muchachito. Se veía hermosa en un vestido que realzaba su figura, con su cabello largo y lacio cuidadosamente cepillado, con una agradable fragancia alrededor de sí, su andar pausado y delicado y una maravillosa sonrisa que cautivaba a sus intelocutores.
- ¿Te gusta la transformación?- bromeó Alicia, con una voz bastante educada. No quedaba rastro de la persona que había sido antes.
- ¡Si Brian te viera!- exclamó Evelyn, conteniendo su emoción. Pero luego, pareció pensarlo. Brian, primo inseparable de Alicia, jamás habría estado de acuerdo con ese cambio. Abrazó a la joven durante un largo tiempo y luego le miró a través de las lágrimas.
- Te extrañamos…
- Yo también- le dijo Alicia, aunque no parecía particularmente afectada –salúdamelos a todos. Estoy bien y todo marcha de maravilla.
- ¿Nunca volverás a casa?- preguntó Evelyn. Alicia solía vivir con ellos desde que sus padres se habían separado. Evelyn era la segunda esposa del hermano menor de su padre, y madrastra de Brian y Conney, primos de Alicia. Tenía un pequeño hijo de tres años con su nuevo matrimonio.
Se había encariñado con la Alicia, pues Brian no la aceptaba muy bien al principio.
En parte, había sido gracias a Alicia que ella había logrado entrar en aquel círculo. En aquel entonces, la singular adolescente había luchado por que la joven (embarazada por accidente) se convirtiera en la nueva esposa de su tío.
- Ya no volveré- declaró Alicia –mucho menos ahora. He encontrado mi lugar en el mundo. Creo que es lo mejor que ha podido sucederme.
- Aún así espero que no nos guardes rencor. Siempre te apreciamos en casa, Alicia. Por favor, no dejes de visitarnos.
Pero Alicia negó, sonriendo.
- Ustedes son mi única familia, Evelyn. Pero también son el lazo con mi padre y no deseo volverlo a ver nunca ¿Entiendes?
- Sabes que te hemos protegido de él.
- No del todo. O no hubieran permitido que él interviniera en mi terapia.
Evelyn se mordió los labios.
- Ella no era una buena persona, Alicia. Lo que hicimos fue ayudarte, créeme.
El rostro de Alicia cambió. Sonrió débilmente y estrechó la mano de Evelyn.
- Fue un placer verte, Evelyn.
- Alicia, espera…
- Debo marcharme.
- Perdona a tu padre, Alicia. Lo hizo por tu bien.
Alicia observó a su alrededor. Había demasiada gente presente y no quería hacer un drama allí mismo.
Se acercó a Evelyn y le dijo en voz muy baja, mientras conservaba la calma.
- Si vuelves a decir algo en contra de Madelaine, Evelyn… no volverás a verme nunca ¿Entendiste? ¡Nunca más!
- Pero Alicia…
- ¿Ves bien lo que soy ahora? ¿No te sorprendiste acaso? ¡Agradécele a ella!
Y se internó entre la multitud, donde pronto se rodeó de reporteros que le estuvieron entrevistando. Huyó de Evelyn y de su pasado, del cuál no deseaba recordar nada más.
De regreso al internado, se encerró en su oscura habitación y se dejó caer en la destartalada silla de cuero. Se quitó los lentes y hundió el rostro entre sus manos, respirando profundamente.
El encuentro con Evelyn le había afectado más de lo que había pensado.
“Soy una mujer…” no cesaba de repetir, en medio de su angustia. “Soy una mujer… y de las mejores” “Soy una mujer y nadie podrá convencerme de lo contrario… ¡Soy la mejor!”
Dicho esto, se levantó y mirándose al espejo, volvió a colocarse los anteojos. No pudo evitar entonces, el recuerdo de Madelaine en su cabeza. Por un momento la contempló en el espejo, siempre sonriente, siempre entusiasta, siempre segura de sí misma.
“Quiero que estés orgullosa de mí” se dijo, clavando su mirada en el espejo, “Quiero volverte alguna vez y cuando esto suceda… sabrás que no te he fallado”.
Llamaron a la puerta, lo que la alejó de sus cavilaciones. Al abrir se encontró a Mac.
- ¿Estás bien?- preguntó, observándola con su acostumbrada curiosidad.
Por un momento, Alicia estuvo tentada a mentir. Pero recordó que esta vez podía decir lo que quisiera.
- No lo estoy. Tuve una visita desagradable en el concurso.
- Se nota. Por cierto, felicidades.
Y se dieron un efusivo abrazo. Alicia se sonrió. Aquel gesto de camaradería era el primero que experimentaba sin culpas.
- ¿Qué te desagradó tanto?
- Olvidémoslo ahora. Es odioso dedicarle tiempo a los malos recuerdos.
- Como quieras- dijo Mac –venía a traerte otra buena noticia. Déborah… ganó el concurso. Acabamos de enterarnos.
El rostro de Alicia se iluminó. ¿A quién le importaba el pasado?
Capítulo 18
Estaban de buen humor.
Aquel era su día. Todas habían logrado los primeros lugares en los concursos correspondientes. Ahora, tenían su título dentro de los concursos estatales y la escuela empezaba a recobrar lentamente su prestigio.
Pero eso no era lo importante. Lo mejor venía ahora; eran una planilla oficial en la escuela. Podrían comenzar a competir por el Consejo Estudiantil, y nadie les cuestionaría de ahora en adelante.
Patricia, Minerva y Déborah contaban sus anécdotas durante el concurso. Bromeaban y reían entre ellas, mientras que Mac se unía a la fiesta.
Nunca se las había visto convivir de esa manera.
- Hubieran visto las caras de todo cuando resolví el problema- comentaba Patricia, -pensé que en un momento iban a saltar sobre mí para desbaratarme la cara. El maldito problema lo había resuelto meses antes, mientras estudiaba para los exámenes del bimestre.
- Deben renovar ese banco de preguntas- observó Minerva –casi todo lo que me preguntaron estaba en la guía para el concurso de hace dos años, lo recuerdo bien. Fue una fortuna que el resto de los participantes tuvieran tan mala memoria.
- Son divertidos- decía a su vez, Déborah –la mayoría aquí esperan que no aciertes y la complejidad de las respuestas va siguiendo un ciclo muy parecido a la campana de Gauss. De esta manera, era fácil adivinar dónde vendría lo complicado. Mi estrategia consistió en analizar esa ola que llegaba a la cima y así concluí cuáles eran los temas que los jueces consideraban complicados.
- Somos un montón de “nerds”- bromeó Alicia –apenas puedo creer que sea verdad ¡Hemos ganado!
- Me parece que es suficiente para que la Dirección de esta escuela nos considere confiables- observó Mac –en adelante, iremos ganando ventaja sobre las “privilegiadas”
- Será impresionante su caída- dijo Minerva –ahora les toca a ellas el concurso interestatal. Me sentaré cómodamente para ver cómo caen.
Alicia pareció interesada.
- ¿A qué te refieres?
- Al ganar los concursos estatales, estamos comprometiendo a la escuela a participar en el interestatal. Pero la regla incluye que participe la concursante del año anterior en una materia distinta a las que participamos.
- Entonces…
- Al Consejo actual no le queda más remedio que participar.
- ¡Perfecto!- exclamó Patricia, golpeando la mesa con el puño en su entusiasmo -¡las vamos a hacer polvo!
- No ganarán esta vez- comentó Déborah con deleite –hemos complicado el grado de dificultad de los concursos. No quiero imaginar lo que sufrirá la pobre niñita que deba concursar en la siguiente.
Alicia sonrió. Al parecer, todas estaban dispuestas a derrotar al enemigo.
- Que pierdan entonces- dijo –mientras tanto comenzaremos con la campaña.
- Excelente- dijo Patricia –quiero ver acción y ya es tiempo.
- Creo que ya es tiempo de que confiemos en Alicia- comentó Mac, viendo que era el momento propicio -¿Qué opinan?
- Su estúpida idea de los concursos funcionó- dijo Paricia –espero que no haya sido una corazonada.
- Para nada lo fue- respondió Alicia, sin molestarse. Suficiente era con que las cosas marcharan bien de ahora en adelante.
- Estoy contigo- dijo Minerva –hoy mismo dejé el Consejo. Lo pasé mal porque las privilegiadas casi me echan a puntapiés de la sala de reuniones. Sin embargo, se quedaron alarmadas, saben que conozco mucha información acerca de ellas.
- No creo que sean tan tontas como para quedarse con los brazos cruzados- dijo Patricia –seguramente cambiarán sus estrategias.
- Tendremos que vigilarlas- sugirió Déborah, que parecía muy entretenida en revisar una cerradura oxidada –de eso me encargo yo, no pierdan cuidado.
- Entonces… Déborah, Patricia… ¿confían en mí?
- No del todo- respondió Patricia riendo –por ahora, te doy mi crédito.
- Yo espero tus órdenes- dijo Déborah –me estimula mucho todo esto y si es para romper el orden imperante, no dudes de mi colaboración.
Alicia sonrió y se volvió a ver a Mac. Ésta asintió con la cabeza y permaneció en silencio.
Alicia dijo entonces.
- Bien, debemos dividirnos a los grupos que existen en esta escuela. Cada cuál se acercara con un sector específicamente. Hay chicas donde sólo algunas de ustedes tienen acceso.
- ¿Y qué es lo que les diremos?
- Que las cosas van a cambiar muy pronto- refirió Alicia –sólo necesitamos su confianza.
Capítulo 19
Alicia subió a la azotea del edificio para buscar a Ray. La encontró a la sombra de un cobertizo, pues el sol caía a plomo. Iniciaba la primavera, lo que en aquellos lugares significaba calor y una prolongada sequía. Esto ponía mal a Ray. La chica sufría más crisis en esta temporada del año que en ninguna otra, por lo que la mayor parte del tiempo desaparecía en los laberintos de aquella escuela y no se le veía sino en raras ocasiones.
Esta vez, sin embargo, se había aventurado a regresar a las alturas para ver las parvadas de garzas que cruzaban con frecuencia el cielo.
- Son hermosas- dijo Alicia mientras las miraba cruzar el cielo.
- Vienen a anidar como cada año- dijo Ray. Su voz se escuchó diáfana y muy clara, como nunca se la había escuchado. Parecía muy lúcida en aquel momento.
Alicia se sentó a su lado, aunque respetó una prudente distancia para no inquietar a su extraña compañera.
- ¿Conoces sus hábitos?
- Solía observarlas hace algunos años- dijo Ray, mirando el cielo –regularmente escogen los árboles más altos y frondosos. Incuban prácticamente dos meses. Luego nacen dos crías comúnmente y las alimentan un tiempo. Poco a poco… los padres las visitan con menos frecuencia, hasta que desaparecen. Las crías empiezan a pelear por el alimento. A veces una empuja a la otra del nido o una de las dos muere por inanición. Es el hecho es que sólo queda una de las dos. Empiezan a volar a finales del verano, tienen qué hacerlo pues ya sólo les traen de comer una vez al día. Para algunas es el paso fatal, caen del nido y se estrellan o son presa de perros y predadores. Otras, van volando gradualmente, en pequeñas distancias. Por último, las sobrevivientes, que suelen ser muy pocas… regresan al lugar del que migraron sus padres.
- Es una historia un poco triste ¿No crees?- comentó Alicia, que disfrutaba en pleno el hecho de que Ray conversara como nunca lo había hecho.
- Es la realidad- dijo Ray –no es verdad eso de que los animales son piadosos con sus crías, algunos son extremadamente duros. Si los humanos hicieran con nosotros lo que las garzas, la gran mayoría estaríamos bajo tierra. Y no tiene por qué ser lamentable.
- A veces las personas nos formamos una realidad que no existe,- dijo Alicia –eso no significa que vivamos mejor. Quizá es la razón por la que algunos no encontramos nuestro lugar en el mundo.
Ray se encogió de hombros.
- Yo debería estar muerta- dijo, sin preámbulos –la gente como yo no sirve para nada.
- No digas eso- le dijo Alicia –eres una persona muy valiosa y si has sobrevivido, es porque posees fortaleza.
- No voy a hacer nada mejor que nadie- dijo Ray –soy un parásito y es la verdad.
- Ray, tienes un don maravilloso.
Ray se volvió a ver a Alicia con cierta extrañeza.
- ¿Un don…? ¿Qué don?
- Ves el futuro, Ray. Ganamos los concursos. Somos una planilla oficial y ahora vamos por el Consejo.
Ray se apresuró a observar el suelo. Entornó los ojos y estuvo buscando algo incomprensible. Alicia pareció interesarse.
- Dime ¿Cómo lo haces?
- No creo que sea un don- reiteró Ray
- ¡Pues lo es! Ray, si contamos con que puedes adelantarte a lo que va a suceder, tenemos mucha ventaja. ¿Recuerdas lo que dijiste? Volvería a este edificio y observaría todo lo que es mío.
- No es tuyo aún- dijo Ray, sin despegar la vista del suelo –tienes qué hacer algo antes.
- ¿Lo ves? Por favor dime, ¿en qué te basas para predecir lo que sucederá?
- Las cosas están allí y son claras- dijo Ray encogiéndose de hombros –sucederán con toda seguridad, pero a casi nadie le gusta saberlo.
- Quizá porque no tenemos esa habilidad- dijo Alicia -¿Qué es lo que tengo qué hacer antes de ganar?
Ray observó nuevamente el suelo.
- Un viaje- dijo –lejos… muy lejos…
- ¿Un viaje? ¿Fuera del país?
- No sé… tal vez
- ¿Voy sola?
- Me parece que no. Eso no lo sé con certeza.
Alicia sonrió.
- No me vendrá mal un paseo antes de ganar el Consejo.
- Cuando viajes- agregó Ray –estarás muy asustada.
- ¿Lo crees?
- Bueno… aquí dice.
- ¿Dónde dice?
Ray se levantó.
- Tengo que irme- dijo –supongo que debemos ayudarte a preparar la campaña.
- ¡Ray! ¿Dónde lees el futuro? ¿En el piso? ¿En tu mente? ¿Cómo le haces?
Ray volvió a encogerse de hombros y empezó a alejarse.
- La gente le llama delirio o alucinación. Cuando me tomo las medicinas deja de suceder.
- ¡Pero no es locura y lo sabes!
- ¿Quién lo sabe? Eres la única que cree todo lo que digo, y por alguna razón… te empeñas en cumplirlo.
Capítulo 20
Minerva sacó un manojo de volantes de una carpeta y se dispuso a contarlos. Tenía la manía de contar todo lo que tuviera enfrente una y otra vez para hacer operaciones en su cabeza acerca de lo que estaba bajo control. A sus dieciséis años era una chica excesivamente meticulosa y la ausencia de orden la exacerbaba.
Hacía dos semanas que había dejado el Consejo Estudiantil de la escuela, esperando una mejor oportunidad en las próximas votaciones. Aquello no había sido nada sencillo. Después de casi cinco años formando parte del grupo de las “privilegiadas”, Minerva era considerada una traidora y su posición frente a la Dirección estaba seriamente comprometida. Regina, la líder actual de aquella élite selecta a la que perteneció, no perdía ocasión para humillarla en público, mientras que en privado le reprochaba continuamente su actitud.
En esta ocasión, la aprehensiva Minerva no iba a escaparse tampoco.
Su puesto de promoción se ubicaba en una de las canchas centrales, frente a la biblioteca. Era un lugar muy concurrido, elegido por ella misma, decisión que más tarde lamentaría.
Debía repartir propaganda a las alumnas que pasaran por aquel sitio, cosa que aún no sucedía pues era temprano.
Vio venir en ese momento, a un grupo de adolescentes que dejaban la biblioteca. Se sintió decepcionada cuando vio que se trataba de Regina, y dos de sus allegadas: Luisa y Tamara.
Regina, de tez morena clara, cabello castaño claro y malévolos ojos verdes, era una chica que respiraba arrogancia desde la mirada hasta la punta de los pies. Era de mediana estatura y gustaba vestir el uniforme a su capricho. Luisa, una rubia alta, delgada y de escéptica mirada, solía ser su freno, pues era la más sensata de aquel grupo. Entretanto, Tamara, de cabello corto oscuro y grandes ojos azules, cuerpo escultural y expresión de diva, caminaba como si pretendiera pasar por una pasarela de modelos.
En cuanto Regina divisó a Minerva, sus ojos lanzaron ametrallantes chispas y una sonrisa pérfida asomó su rostro. Hacía tiempo que pretendía deshacerse de ella, pues Minerva solía acosarla con continuas advertencias y objeciones en todo lo que emprendiera. Sin embargo, el sólo hecho de que Minerva se le hubiera adelantado y que compitiera ahora en contra de ella, hería gravemente su vanidad.
Se acercó lentamente, seguida de sus fieles súbditas, mientras saboreaba el nerviosismo que Minerva dejaba ver en un fallido intento por fingir indiferencia.
Una vez que estuvo cerca de la mesa, tomó uno de los volantes y estuvo leyendo en silencio, mientras Minerva daba informes a un par de niñas. Luego sonrió y más tarde se echó a reír sonoramente, mientras bromeaba con la información de la propaganda.
Minerva trató de ignorar la actitud de sus ahora enemistades, pero su fuerte no era la paciencia y terminó por exasperarse.
- ¿Podrían dejar de hacer eso?
- ¿Por qué nos pides permiso?- se burló Regina con aquella voz que solía intimidar. Era una voz educada, pero con un acento agresivo e irónico. Solía obviar los comentarios de sus compañeras con un mordaz análisis de su sintaxis.
- En ese caso,- replicó Minerva -les pido que dejen esa propaganda en su lugar y se retiren. Entorpecen mi trabajo.
Regina tomó un volante y lo hizo pedazos enfrente de Minerva, para arrojárselo a la cara.
- ¿Recuerdas cuando les comenté sobre la inutilidad de una campaña? Era por esto, querida. No puedes expulsarme ni quitarme tus absurdos volantes, y yo puedo hacer lo que quiera con ellos.
Minerva permaneció inmóvil, sin inmutarse, con rostro inexpresivo.
- No eres simpatizante Regina. Formas parte de otra planilla, y como tal hay reglas y debes respetarlas.
- ¡Reglas! ¿Sabías quién hace las reglas aquí?
- El reglamento…
- ¡Si yo lo deseo puedo echar por tierra tu estúpido reglamento! Soy el Consejo y decido lo que quiero con las reglas. Y también puedo decirte que tu maldito volante es una porquería.
- No me interesa tu opinión- declaró Minerva, poniéndose a contar los volantes, en un intento por tranquilizar sus nervios.
- Vámonos- le dijo Tamara, con voz quejumbrosa -¿por qué perdemos el tiempo con ella? No va a ganar y de sobra lo sabemos. Dejemos que reparta su horrible propaganda.
Pero Regina quería azotar a Minerva. Quería darle lecciones una y otra vez para recordarle su deuda con ella. Se acercó muy despacio y le habló al oído.
- ¿Crees que te quieren en su equipo, idiota? Sé que fuiste tú a rogarles que te incluyeran, no es verdad que te llamaron. Pero en realidad eres pésima y pronto se van a dar cuenta.
- Si soy pésima, no debiera dolerte tanto que te dejara- le contestó Minerva con aplomo.
- ¿Dolerme? Sí… tal vez. Necesitaba que alguien me boleara los zapatos, alguien a quién vomitarle en la cara cuando me enojo. Por lo visto, decidiste que alguien distinto te pateara el trasero.
- Es curioso- se defendió Minerva, sin ceder un solo instante –que aquella a quien pateabas fue la única que pudo ganar un concurso que hasta tú temías enfrentar.
- Vámonos- insistió Luisa –esto no nos lleva a ningún lado. No vamos a ventilar situaciones aquí que debimos manejar antes.
- ¿De qué hablas?- se quejó Regina –¿Vas a decir que es necesaria su estúpida presencia? Ya verás como en una semana más, sus estimadas compañeras estarán renegando de ella.
- En una semana- le sentenció Minerva –estarás deseando que regrese. Porque sabes bien que tendrán que concursar irremediablemente en este año, y no tienen a una sola que se atreva.
Por toda respuesta, Regina tomó una gran cantidad de volantes y se los llevó consigo. Esta vez, sorprendió a Minerva.
- ¡Diantre!- protestó indignada -¿A dónde te llevas eso? ¡Puedo demandarte! ¿Oíste bien?
- No puedes hacer nada en contra mía- le dijo Regina mientras se alejaba –cuando tus compañeras de planilla vean dónde están sus volantes, serás parte de la misma basura que proclamas.
Capítulo 21
Como Regina lo había predicho, al día siguiente, había un revuelo en la planilla.
- ¡En los malditos baños!- exclamó Patricia furiosa -¡Encontramos los volantes llenos de porquería en los malditos baños! ¿Y saben quién fue la responsable?
- Lo que no me explico- dijo Déborah, a quien le divertía mucho todo aquello –es como le hizo para ensuciar tantos. Por lo visto el Consejo Estudiantil está sincronizado para menstruar.
- Deborah ¿por qué no te callas?
- ¿Acaso no tuviste agallas para evitar que se los llevara?- le reprendía Patricia.
Minerva guardaba silencio, las palabras de Regina aún retumbaban en su cabeza. Sabía que no era bienvenida en ningún lado. Su muy particular forma de ser la volvía repelente. Sin embargo, era algo que no podía evitar.
Mac la observaba con atención. Alicia por su parte, estaba perdida en sus pensamientos, la situación no parecía desagradarle mucho. Ray, como la mayoría de las veces, no se había presentado.
- Me acobardé- aceptó Minerva, muy afectada –lo siento.
- Lo que me preocupa- dijo Mac –es que Regina te asuste tanto. En tal caso, te puede presionar de muchas maneras.
- No volverá a pasar.
- ¿Por qué estás tan segura?- preguntó Déborah, quien había ganado mucha seguridad en el grupo últimamente. Vestía impecablemente el uniforme, lo que había cambiado su aspecto favorablemente.
- Regina me necesita, pretende que me arrepienta y regrese, cosa que no pasará- declaró Minerva, a quien le molestaba profundamente que Déborah la cuestionara, cosa que aguantaba de las demás.
- Supongamos que te convence de que regreses- le cuestionó Patricia –ya dejaste un grupo ¿Por qué no dejar éste y volver al anterior? Tendrías mucho qué contarles.
- No ocurrirá.
- No estoy segura de ello- insistió Patricia, pero entonces Minerva se volvió a verla de una manera extraña.
- Nunca dejaría este grupo aunque perdiéramos. Lo juro.
- No creo que sea conveniente que sigas repartiendo volantes- dijo Alicia, que se levantó de pronto de la mesa y se dirigió a la ventana, dándole la espalda al grupo.
- Estoy de acuerdo- apoyó Mac.
Minerva se sobresaltó al oír aquello.
- Estoy en el mejor puesto de la escuela.
- Lo sé- dijo Alicia con profunda calma
- Perderemos adeptas si cierro mi mesa.
- Nadie iba a cerrarla- dijo Alicia, sonriendo ante la egocéntrica ingenuidad de Minerva.
- Voy a enfrentarla de la mejor manera. Les pido una oportunidad, sólo una.
- Regina va a seguirte fastidiando, eres su blanco principal.
Minerva hizo un supremo esfuerzo por sobreponerse. Hizo de tripas corazón.
- ¿Quién va a quedarse en mi lugar? Ustedes ya están en sus respectivos puestos. Ray es incapaz de hacerse cargo. En cuanto a ti, estás a cargo de los directivos.
- Yo voy a quedarme en tu lugar.
Todas la miraron escépticas.
- Alicia, quedamos en que tú…
- Me haré cargo de Regina. Tenemos más problemas en qué ocuparnos y esto lo debemos resolver pronto.
- Deja que me haga cargo. Dame un día tan sólo.
Alicia bajó los anteojos y posó su serena mirada en la desesperada Minerva.
- No quieres que te destituya. Serías el hazmerreír de todas ¿No es así?
- Ya soy el hazmerreír, pero eso no me importa. Soy parte de la planilla, no quiero ser un cero a la izquierda todo el tiempo. Puedo con ella ¡Lo sé!
- Si vuelvo a saber que Regina te quiebra, Minerva, voy a torcerte más aún. Tienes un día solamente ¿Entendiste?
Todas miraron a Minerva. La humillación había sido el principal motivo por el cuál había dejado el grupo de Regina. Pero no se doblegó, apretó los dientes y habló con aplomo.
- Conozco a Regina, sé cómo hacerla flaquear. Esa mesa es mía y me quedaré con ella.
Alicia sonrió. Esperaba esa reacción de Minerva desde hace rato.
- Más te vale que funcione- le dijo satisfecha.
Se dispusieron a marcharse. En el umbral de la puerta, Minerva alcanzó a Patricia:
- No voy a traicionarlas. Si ése es tu temor puedes estar tranquila.
- ¿No le decías eso mismo a Regina?- dijo a su vez Patricia, alejándose con rapidez.
Mac se acercó a Alicia, que arreglaba su portafolio.
- Enfrentarás a Minerva con Regina ¿Es eso lo que quieres?
Alicia se encogió de hombros.
- Hasta ahora no nos perciben como amenaza. Quiero ver lo que son capaces de hacer.
- Son niñas ricas, no están interesadas en competir. Si tu interés es comenzar una guerra, no esperes respuesta. Además, no necesitamos una.
Alicia iba a replicar pero en eso se topó con Déborah, que esperaba pacientemente sentada.
- ¿Se te ofrece algo?
La pelirroja sonrió:
- Sé que suena ridículo, pero mi adorada madrecita quiere invitarte a comer. Está que da brincos porque gané el concurso.
Capítulo 22
Los padres de Déborah vivían en una zona residencial a tres horas del colegio. El padre era un prestigiado cirujano infantil, y su madre era odontóloga, especialista en ortodoncia. Vivían cómodamente y viajaban mucho, con motivo de congresos y seminarios para actualizarse. Se distinguían por ser una pareja apacible, con poca tendencia al conflicto. De hecho sus principales problemas, eran respecto a la única hija que tenían y su extraña conducta.
Alicia reconoció que Déborah era más agraciada que su madre, aunque ésta última tenía un carácter agradable y una sonrisa cautivadora. La mujer, de nombre Séfora, debía pasar de los cuarenta y cinco años y no había podido tener más hijos.
Recibió a Alicia con mucho entusiasmo, la primera que entraba a casa de Déborah por primera vez en su vida.
- Me alegra que al fin se haya resuelto a demostrar su talento- dijo, a propósito de su hija –pero sobre todo, te agradezco que la hayas impulsado a ello.
Alicia agradeció amablemente, estaba acostumbrada a ser bien recibida. Se diría que era una casa normal, llena de luz, de flores y con calor de hogar. Pero no encontraba en Déborah indicios de que aquello hubiera dado resultado. De hecho, la pelirroja se volvía prácticamente muda en presencia de su madre.
La comida, por otro lado, era deliciosa, pues Séfora era excelente cocinera.
- Si fuese Déborah- comentó Alicia bromeando –preferiría asistir a una escuela de medio turno cerca de mi casa. Sería excelente pasar las tardes aquí.
- Lo sé- suspiró la madre de Déborah –por desgracia, ella no eligió esa opción.
Déborah lanzó a su madre una veloz mirada, pero Alicia no alcanzó a descifrar qué quiso comunicar con ello.
- Se ha metido en muchos problemas- dijo Séfora –el colegio Sor Juana fue el único lugar donde la aceptaron. Si hubiera empezado del modo en que lo está haciendo tendría una brillante carrera en estos momentos.
- Por lo que veo, usted es una persona exitosa- comentó animadamente Alicia. El silencio de Déborah la incomodaba y decidió investigar más a su madre.
Séfora sonrió.
- He buscado realizarme en todos los sentidos. Ha sido un camino difícil, pero al final puedo sentirme orgullosa de lo que he conseguido. Además tengo un marido que ha sabido comprender mis necesidades, creo que ambos nos compaginamos bastante bien.
- Eso no ocurre a menudo- aclaró Alicia –me alegra que cuide su matrimonio. Hoy en día las parejas tienden a durar cada vez menos.
- Eso se debe a la poca tolerancia para iniciar proyectos en conjunto- dijo Séfora, con cierta admiración –eres muy madura, Alicia. Pareces conocer muchas cosas para tu edad.
- Suelen decirme eso- dijo Alicia, con cierto orgullo –si hubiera tenido una madre como usted, habría llegado más lejos. Todo lo que deseo es un delicioso plato de sopa caliente como éste. Se siente el cariño de quien lo prepara.
- ¿Qué hay de tus padres, Alicia?
- Mi madre falleció cuando tenía trece años- comentó Alicia –mi padre no es un buen hombre. Me mantengo de mis becas para poder estudiar.
- Eres brillante, para sostenerte por ti misma a tu edad- le dijo Séfora –si en algún momento necesitas de nuestra ayuda, cuenta con nosotros.
- No tiene por qué molestarse- rió Alicia. Pero Séfora insistió:
- Es mi forma de agradecerte lo que has hecho por Déborah, Alicia. Eres bienvenida en esta casa siempre que lo desees.
Salieron a la terraza que daba a un lindo y amplio jardín, aunque Déborah se perdió en su habitación. Alicia se sorprendía cada vez más de que Déborah hubiera renunciado a todo aquello.
Séfora suspiró desalentada.
- Eres la primer amiga que tiene en su vida. Y temo que no sepa cuidar de ti, porque la conozco. No tiene habilidad con la gente y además, reconozco que es muy rara.
- No debiera decir eso- comentó Alicia, sorprendida de que aquella mujer le confiara tanto sobre su hija.
- Cuando nació, creímos que era sordomuda, pues no lloraba ni prestaba atención a las voces. Pero su oído estaba perfectamente, y pronto descartamos el problema. Era una niña sana pero inexpresiva, como si viviera en otro mundo. A los dos años la diagnosticaron autista y empezamos a llevarla a rehabilitación. Pero no era como los demás niños, era inteligente y podía observar cómo aprendía rápidamente. Simplemente no quería hablar, lo hacía cuando quería.
En este punto la voz de Séfora se quebró, pero siguió hablando como si una imperiosa necesidad la atormentara. Alicia la escuchaba compadecida. No era la primera vez que la gente se desahogaba con ella, y curiosamente, solían ser mujeres maduras.
- Hemos ido con tantos especialistas, médicos, psiquiatras… Nos hemos culpado mil veces, hemos buscado qué hicimos mal. No lo entiendo… no la entiendo… ¡No sé que le ocurre ni que pasa por su cabeza!
- Entiendo cómo se siente.
- La parte más complicada de todo esto es aceptarla tal cuál es. Hace cosas tan extrañas… no sé donde lo aprendió o por qué lo hace. No tiene remordimientos ni compasión por los demás. La han expulsado de diferentes escuelas por esa compulsión que tenía de lastimar a otros niños y a los animales. La gente piensa que somos malos padres, creen que la hemos educado mal. A veces quisiera hacerla despertar de algún modo…
Séfora sollozó un rato en silencio, ante la piadosa mirada de Alicia. Ésta le consoló con una mano en el hombro.
- Tranquilícese. Le aseguro que Déborah se está desempeñando bastante bien en este momento. Cualquiera que haya sido su problema, lo ha superado.
Séfora le tomó la mano con vehemencia.
- No la dejes sola, te lo pido. Eres la única que puede ayudarla y de verdad eres un milagro en nuestra vida. Y créeme, si podemos recompensarte de alguna manera, dínoslo por favor.
Alicia agradeció infinitamente. Entretanto, Déborah les observaba atentamente desde la azotea de la casa.
Capítulo 23
Alicia llegó molesta ese día. Sus ojos apacibles lanzaban chispas y se notaba cuánto hacía por contenerse. Pero en cuanto vio a todas sus compañeras juntas, no pudo evitar la presión. Arrojó el libro a la mesa y se quitó los anteojos.
Viéndola así era temible y lograba atemorizar a cualquiera, pues pareciera que mataría a alguien allí mismo. Pero las chicas que estaban allí reunidas no eran personas ordinarias. Aquella actitud las sorprendió, pero no las asustó de manera alguna.
- Esperaba que hicieran su trabajo- dijo Alicia, su voz era áspera y gruesa –esperaba que tomaran en serio lo que estamos haciendo, pero ya veo que no tienen idea de lo que pretendemos.
- ¿Por qué no te calmas primero?- protestó Patricia –pareces energúmeno.
- Si pretendes que manejemos esto como personas serias, empieza por parecerlo- le secundó Minerva.
- ¡No van a decirme qué hacer! ¡Soy la que manda aquí! ¿Entiendes?
Patricia se levantó furiosa.
- ¿Por qué no le gritas a tu madre? Si no tienes nada mejor qué hacer, me voy de aquí.
- Sería mejor que nos tranquilizáramos todas- opinó Mac, invitando a Alicia a sentarse –o cualquier cosa que intentemos se irá por la borda.
Alicia se sentó para respirar profundamente. Luego lanzó una feroz mirada a todas antes de hablar. Minerva y Patricia la miraban molestas. Déborah estaba distraída, desmenuzando una mosca con un par de pinzas.
- ¿Quieres dejar de hacer eso?- le recriminó Alicia molesta. La pelirroja guardó la mosca en una cajita y trató de poner atención.
- La hermana Celeste está furiosa- dijo Alicia –me mandó llamar hace una hora. Ustedes están prometiéndole a las demás una sarta de mentiras en la campaña. Patricia les dice que las monjas se irán si ganamos, Déborah pretende conseguir las respuestas de los exámenes para las simpatizantes. Y tú, Minerva ¡andas repartiendo volantes dentro de la biblioteca! ¿Qué diablos pasa con ustedes?
- ¿No era eso lo que queríamos?- replicó Patricia enojada –no dejan de preguntarme si vamos a deshacernos de todas esas abusivas. Intento infundirles esperanzas, de eso se trata una campaña.
- Desgraciadamente son las administradoras de esta escuela- razonó Mac –y si ellas lo desean pueden cancelar nuestra planilla.
- En todo caso, es mejor que se quede el Consejo actual- resopló Patricia –las monjas no son dueñas de esta escuela ¡Podemos echarlas!
Alicia estalló:
- ¡Pero no ahora! ¿Es que no tienes sesos? ¡Necesitamos ganarnos a la Dirección para que nos apoye! ¡Sabes que el 70% de las probabilidades para que ganemos dependen de eso!
Patricia se levantó y se dispuso a marcharse.
- ¿A dónde vas?
- ¡A dónde sea! Todo sea mejor que quedarse aquí.
Y desapareció. Alicia arremetió entonces contra Minerva.
- ¿No dijiste que ibas a enfrentar a Regina? ¡Te di una oportunidad!
Minerva se atemorizaba con más facilidad que Patricia. Estaba acostumbrada al régimen del terror.
- Por el momento es mejor hacerlo de esta manera.
- ¡Está prohibido hacer proselitismo en biblioteca! ¿No eras tú la que pregonaba las reglas?
- Regina amenazó con vomitar encima de la mesa- dijo Minerva, temblando –las chicas me respetan en la biblioteca. He podido hablar con ellas con más amplitud, allí Regina no puede armarme un escándalo…
- ¡Tienes miedo! Y estás rompiendo las reglas para evadir a Regina ¿Es esa tu forma de enfrentarla?
Minerva no dijo nada. Estaba molesta, pero se quedó callada, tratando de no aumentar más el enojo de Alicia.
Pero ésta ya había terminado con ella. Se acercó lentamente a Déborah con ademán amenazante.
- ¿Estás robando exámenes?- le dijo en voz baja.
Déborah sonrió, jugueteando con la pequeña cajita.
- ¿Quién te espía? ¿Regina? Porque la monja parece muy bien informada.
- ¡Responde!
- Siempre los robo- aclaró tranquilamente Déborah mientras extraía la mosca nuevamente –sólo que no los compartía anteriormente. Y Patricia siempre ha dicho que expulsará a las monjas de esta escuela, todas lo saben y no es nada nuevo. Quien te ha ido a acusar en la Dirección, empieza a temer que ganes.
Se levantó y se marchó como si nada hubiera sucedido. Minerva se fue detrás de ella, sin decir una palabra.
Alicia se sentó furiosa, mientras miraba la ventana. Mac carraspeó y se acercó detrás de ella.
- Déborah tiene razón- dijo –al parecer Regina está en apuros y busca ponerte en desventaja. Pero si se trata de tranquilizar a Celeste, creo que eres la persona ideal.
- No es eso lo que me preocupa- dijo Alicia, desalentada –es la actitud que están tomando ellas. Las creí más listas, más talentosas… Están actuando como unas niñas estúpidas…
- ¿Por qué las has idealizado de esa manera? Son como cualquiera, sólo comparten algunas ideas en común contigo, pero necesitan ayuda, eso es indudable. Si conoces otra manera de proceder, dínoslo pero no compliques más su trabajo.
Alicia se volvió a mirar a Mac.
- Lo sé Mac. Debería ser más comprensiva con ellas, una verdadera líder. Es sólo que esperaba más de ellas ¿O acaso no pueden doblegar su rebeldía? Me he comprometido con Celeste para compensar lo que han hecho. Necesito recuperar su confianza y estoy en un tremendo lío. Eso quizá no les importe, sólo se sienten agredidas y actuaron como tal ¿Realmente les importa la planilla?
- Yo creo que sí- dijo Mac –les importa tanto como a ti. Pero no saben manejarlo de otra manera que no sea aquello a lo que están acostumbradas. De la misma forma en que tú vienes y pretendes convencerlas de que están cometiendo un error a punta de gritos e insultos… piensas que es la forma en que funcionan. Pero no funcionan así ¿Lo ves? Tendrás que buscar otra manera.
Alicia se quedó pensativa, mientras Mac abandonaba el recinto y la dejaba absorta en sus pensamientos.
Capítulo 24
Se sentía humillada. Había considerado que eran un equipo intocable, tras los triunfos en los concursos. Pero se daba cuenta que habían cosas en las historias de todas, que interferían con el equipo.
Patricia era temeraria, Déborah tenía tendencia a la psicopatía y Minerva era cobarde. Ray era incapaz de permanecer lúcida una semana entera y Mac sólo utilizaba sus habilidades de observación como pasatiempo.
Tenía que buscar la manera en que realmente funcionaran como un equipo, tenía que proteger su planilla de alguna forma.
Salió del salón en que se reunían, meditando la personalidad de cada una de sus compañeras.
“Tiene qué existir una combinación” pensaba, “Cada una tiene una fuerza y a la vez una debilidad. Si encontramos la ecuación exacta en la que todas encajen estaríamos logrando un grupo muy poderoso, pero ¿Cómo hacerlo?”
Fue en eso que se distrajo mirando hacia el pasillo inferior, que era visible desde donde se encontraba. Una adolescente salía de la oficina de la dirección en ese momento.
“Debo convencer a Celeste” pensaba Alicia “encontraré la manera. Debo hacerla creer que soy su aliada y su amiga.”
Veía a la chica desplazarse por el pasillo, hasta que de pronto, se quitó súbitamente los anteojos para verla con más precisión.
Aquella chica, por alguna razón, llamaba poderosamente su atención. Tenía unos oscuros ojos grandes y rasgados, de pobladas pestañas. Su rostro era perfecto, y sin maquillaje resaltaba sobre el de cualquier otra chica que habitase la escuela. Su cabello largo y ondulado, del color de las castañas, se movía con delicadeza.
Alicia se ocultó tras una pilastra, avergonzada de sí misma. Era denigrante la manera como espiaba a aquella chica, sin poder contener la atracción que experimentaba hacia ella.
Cerró los ojos, tratando de entender su espontáneo interés. “No puede ser” se decía “estoy perdiendo la cabeza. Esto… no debería estar pasando”.
Volvió a abrir los ojos y avanzó rápidamente hacia la siguiente pilastra, donde volvió a divisar a aquella jovencita.
“¿Quién es?” se preguntó intrigada “No la había visto antes por aquí”.
La chica bajó del edificio y se perdió por el patio, sin percatarse de que era vigilada.
Alicia, en su obsesión, subió rápidamente las escaleras que llevaban a la azotea. Allí volvió a verla, y pudo observar como entraba en el edificio reservado a las alumnas privilegiadas.
Por fin, se derrumbó en el piso de la azotea, completamente desolada.
Hacía tanto tiempo que no le sucedía esto. De hecho, había llegado a creer que no volvería a sucederle nunca. Miró los anteojos que llevaba en la mano, y suspiró amargamente.
“¡Madelaine! Si me vieras ahora, te morirías de pena. Soy un asco, no debería estar viva”
Se sentía traicionada por sí misma, atormentada por un demonio de su pasado, aquel que le obligaba a mirar de forma diferente a las personas de su mismo sexo.
No podía juzgar a sus compañeras cuando ella misma no era capaz de sobreponerse a sus defectos. De todas las complicaciones le parecía que la suya era la peor de todas.
Bajó las escaleras a hurtadillas, como si temiera ser descubierta. Entró nuevamente al salón en que momentos antes había discutido con las demás y se dejó caer en una silla, donde hundió su cabeza entre las manos.
Estuvo así, casi veinte minutos, mientras su mente daba vueltas sin control alguno. Dentro de todo su dolor y angustia, le era imposible borrar la imagen de aquella chica de almendrados ojos negros.
De pronto, se vio interrumpida por la inesperada llegada de Minerva. Desde luego no buscaba de manera alguna arrepentimiento o deseo de enmienda por lo que había hecho. Tampoco había delicadeza ni sutileza alguna, a pesar de que era la que más características femeninas reunía del grupo. Se dio cuenta de que ambas pertenecían a un grupo muy diferente de personas
Se precipitó en la mesa donde Alicia se encontraba casi derrumbada, sin percatarse siquiera de su estado de ánimo.
- ¡Encontré la razón por la que nos están desprestigiando! Lo que acaba de sucederme hace unos minutos es casi providencial…
- ¿Qué sucede? –preguntó Alicia con voz rasposa. La exaltación de Minerva casi le molestaba, pero por otro lado se sentía aliviada de que no percibiera su indisposición.
- Regina acaba de acosarme- declaró triunfal Minerva mostrando un enorme y profundo rasguño que partía de su oreja izquierda hasta el mentón –quiso sobornarme para que regresara.
Por un momento, Alicia olvidó su amargura y se mostró más interesada. Se puso los anteojos y prestó atención a Minerva.
- El concurso principal del año está definido: Gramática española. Ha sido un golpe duro para ella, quien va a concursar es nada menos que Stenella.
- Vaya nombre…- comentó Alicia rascándose la cabeza -¿de dónde lo sacaron?
- ¿Qué se yo? El punto es que Stenella concursó el año pasado en el mismo rubro y ganó con fraude. Al parecer uno de los jueces fue sobornado. El Comité pidió una reevaluación pero no fue considerada. Esta vez, los jueces serán distintos menos uno, es precisamente el que solicitó la revisión. ¡Stenella está perdida!
- A menos que gane- concluyó Alicia sin ninguna emoción.
- Eso es lo que Regina pretende. Soy una de las que domina mejor la gramática. Me pidió que la asesorara con respecto al examen. Desde luego me negué. Discutimos y le eché en cara que nos acusara en Dirección cuando ella nunca ha seguido las reglas. Se molestó mucho, perdió los estribos y se echó encima de mí.
Y mostraba la herida de su cara con extraña presunción.
Alicia sonrió. Parte le hacía gracia la actitud de Minerva, parte… se sentía orgullosa de ella. Otra habría lamentado lo indecible semejante agresión, otra tal vez se habría acobardado…, otra quizá habría cedido…
Definitivamente, eran un grupo distinto al resto del mundo de las mujeres. Por eso estaban juntas.
- Te felicito- le dijo –pero no me parece buena idea que te sigas arriesgando a que te lastime.
- No se ocupará más de mí –razonó Minerva –estará desesperada buscando quien ayude a Stenella a salir del atolladero. Realmente está en problemas.
Alicia sonrió cabizbaja. Ella también estaba en problemas.
Capítulo 25
Alicia encontró a Patricia en la cancha, mientras observaba un juego de básquetbol. Aunque Patricia era muy volátil y discutía con ferocidad cuando no estaba de acuerdo, no pareció molestarle la presencia de su compañera.
Alicia se sentó a su lado mientras observaba el juego. Le parecía que era en extremo violento, considerando que eran chicas de entre diez y trece años. La mayor parte cometían faltas, pero nadie las marcaba. Las adolescentes se divertían agrediéndose entre sí.
- Un juego brutal ¿No te parece?- observó Alicia.
Patricia sonrió en una mueca excesivamente varonil, sin mirar a Alicia.
- Es una forma de desahogarse. La vida aquí es una mierda, por lo que es mejor llevar la adrenalina a mejores sitios.
- Deben salir bastante lastimadas de allí.
- No tanto como las lastiman quienes están al frente de la escuela.
Luego pareció meditar sus palabras y reconsiderando, habló:
- Si conocieras su mundo, ansiarías darles cualquier atisbo de esperanza.
- Por eso les dijiste que echarías a las monjas de aquí.
Patricia movió la cabeza. Le costaba trabajo ser sentimental, y su propio gesto se lo impedía. Sin embargo, en el fondo, las injusticias la indignaban.
- La más alta, la que lleva una banda en la cabeza… no tiene dentadura al frente. Una de las monjas le tiró los dientes de un codazo. Estuvo sangrando días… nadie la llevó al médico. La acusaron injustamente de vomitar en los baños, porque una de las privilegiadas era la causante.
Su voz se volvió lenta, había cierta indignación en ella.
- La morena, excesivamente flaca… no tiene una mano. La amarraron casi una semana, por “robar”. La mano se gangrenó y se la cortaron.
- Es horrible lo que dices.
- Y es sólo lo que digo, porque no alcanzaría el mes entero para contarte acerca de cada una de ellas. Las llaman “perdidas”, porque casi ninguna tiene papeles. Si alguna se muere… habría sido como si no existiera.
- ¿El gobierno no debiera revisar eso?
Patricia sonrió con ironía.
- ¿Crees que a alguien le importa lo que pasa aquí, Alicia?
Luego continuó:
- Mi madre murió cuando nací. Mi padre es obrero, al igual que mis dos hermanos. Una niña era demasiada carga, si se considera que a las mujeres siempre nos ven como un estorbo. Tuvo que dejar a un lado la educación tradicional para mostrarme que la vida es dura, es difícil y la vive quien tiene agallas. Crecí aprendiendo a defenderme, a golpes si era preciso. Me dijo “cuando seas mayor decide qué quieres hacer de ti, entretanto harás lo que yo te diga”. Comprendí que para comer un pedazo de pan era necesario ganárselo y hasta pelear por él si era posible. Cuando llegué aquí, comprendí que muchas eran muy parecidas a mí. No hubo mimos ni arrumacos en mi vida, Alicia, por eso tenemos puntos de vista diferentes. Agradezco a mi padre que nunca me haya mimado, los mimos son motivo de problemas en la vida de una chica.
Alicia observaba a las chicas, que reían sonoramente mientras se arrojaban el balón a la cabeza.
- Un día- dijo, con voz tranquila –mi padre me sacó de la casa, tras golpear a mi madre, y me hizo conducir durante dos horas por la carretera. Yo tenía nueve años y aún no podía defenderme muy bien. El carro se averió en plena tormenta, por lo que intentó arreglarlo en vano. Era un carro viejo, aún no tenía la tecnología de época, pero estaba tan enojado que no podía hacer nada. Entonces me sacó del carro y me amarró de la cintura a la defensa. Dijo que quería ese carro funcionando en la mañana y se fue a dormir a un motelito. Tuve que pasar mitad de la noche bajo el carro, esperando que la lluvia pasara. Hacía frío y no había comido desde la mañana.
Así, tiritando, salí alrededor de las tres de la mañana y estuve revisando el carro. Cuando él llegó al salir el sol… el maldito auto funcionaba.
Patricia se volvió a verla, pasmada.
- ¿Funcionó…? ¿Lo arreglaste?
- No lo sé- dijo Alicia sonriendo –hice mis conjeturas y revisé cuantos cables encontré. Al final creo que se arregló solo. Eso no me valió más que para conducir de vuelta a casa, empapada, resfriada, sin comer y sin dormir.
Patricia se quedó mirando el horizonte, pensativa.
- Era un hijo de puta- dijo por fin.
- Lo sé- dijo Alicia suspirando –creía que me educaba para la vida, al igual que el tuyo. Pero a diferencia tuya, yo no se lo agradezco ni lo haré jamás. Para mí, la vida no tiene que ser sufrimiento. Creo que hay muchos hijos de puta dispuestos a hacernos creer eso, pero yo no coopero. Quiero una vida digna, por eso me alejé de él y no pienso volver a verlo nunca.
Luego se volvió a Patricia, que permanecía silenciosa.
- Las comprendo al igual que tú- le dijo a Patricia –sé que han sufrido lo indecible. Sé que no soportas que abusen de ellas. Soy una de ellas, y comprendo perfectamente qué se siente que te pisen sólo porque a alguien se le da la gana. Pero precipitarse y prometerles antes de asegurar algo no mejorará las cosas. No las dañes más de lo que están ahora.
Patricia movió la cabeza, perpleja.
- Juraba que eras una maldita catrina, Alicia. No pensé… que tuviéramos tanto en común.
Alicia se encogió de hombros y se levantó.
- De eso se trata, Patricia. Vivir aparentando lo que no soy… me ha traído beneficios.
Capítulo 26
Mac llegó temprano ese día y encontró a Ray en el salón de juntas. Se sentó sorprendida frente a ella y la observó con curiosidad. Ray era una persona huidiza, incapaz de relacionarse socialmente. Era extraño que decidiera asistir a una de las reuniones.
- ¡Hola! ¿Cómo estás?
Ray, siempre vacilante al hablar y arrastrando la voz, con su sobretodo grande y sucio, respondió:
- Vengo porque hay cosas terribles en las paredes.
Mac conocía un poco la jerga de Ray. A veces conversaba con ella, cuando se la topaba. Tenía interés en los problemas mentales y emocionales de las personas. La locura, de hecho, llamaba poderosamente su atención.
Sabía que Ray tenía por costumbre encontrar en las manchas de las paredes jeroglíficos con algún mensaje en particular. Solía atribuirles una predicción a futuro.
- ¿Qué dicen las paredes?
- Estoy en problemas- respondió Ray con suma preocupación –alguien me hará daño.
- ¿Sospechas de alguien en especial?
- Un avión- dijo Ray
- ¿Un accidente en avión?
- No estoy segura- dijo Ray, muy confundida –no sé si soy yo en un vuelo de avión o alguien que viaja en uno de ellos.
Alicia entró en ese momento, seguida de las demás integrantes.
- ¡Ray! ¡Qué sorpresa!
- Por fin apareces. Le reprochó Patricia –a veces me pregunto cuál es tu utilidad en la planilla.
- Yo también me lo pregunto- respondió Ray con su voz indiferenciada y cansada.
- Ray- dijo Minerva, que ostentaba el lado izquierdo de su rostro bastante lastimado aún –no es fácil para nosotras la propaganda, pero nos esforzamos ¿Sabes? Tú también deberías intentarlo.
- No sé si podré decir siquiera una palabra- se disculpó Ray –además, con frecuencia pierdo el rumbo de lo que estoy diciendo.
- Eres inteligente- insistió Minerva –encontrarás la manera. Además, creo que muchas simpatizarían más por ti que por mí, en este caso.
- Parte de esto fue tu idea- comentó Patricia -¿por qué no lo intentas?
- Basta- dijo Alicia suavemente –será mejor que la dejen tranquila.
- Pero…
- No se hable más del asunto.
Alicia se sentó alegremente, mientras todas tomaban sus respectivos lugares.
- ¡Bien! Me alegra encontrarlas a todas esta vez. Deberíamos llevar un nombre distintivo ¿No les parece?
Patricia y Déborah miraron acusadoramente a Minerva, quien bajó la cabeza atosigada como solía hacerlo.
- ¿Por qué no le dices cómo nos registraste “chica brillante”?
- “El Grupo de las Seis”- respondió Mac, para restarle presión a Minerva. Sin embargo, no dio mucho resultado.
Alicia se levantó indignada de su asiento, mientras Déborah no paraba de reír.
- ¿”Grupo de las Seis”? ¿Qué clase de nombre es ése?
- No se me ocurrió otro- se excusó Minerva –y además, nadie aportó ideas. Me dejaron a mí sola con el paquete del registro de planilla y no tuve mucho tiempo para pensarlo.
- ¡Pues es horrible!
- ¿Por qué?- intervino Ray en ese momento –a mí me gusta.
Todas se volvieron a verla, un tanto perplejas. Alicia replicó:
- Ray, ten en cuenta que nos identificarán así en todas partes y por todo el tiempo que existamos.
La retraída joven se encogió de hombros y recorrió los rostros de las demás.
- ¿A alguien se le ocurre uno mejor?
Alicia comprendió la inutilidad del reclamo. Su mente estaba demasiado dispersa para ponerse a pensar en un nombre adecuado.
- Bien, el asunto de hoy es el siguiente: si Minerva no se equivoca, Regina está en problemas. Ayer intentó sobornarla sin éxito alguno, lo cual nos pone en ventaja sobre el rendimiento académico de ellas.
- Regina está buscando ganar el concurso- explicó Minerva –seguramente las han comparado con nosotros. Si Celeste decide tener concursantes legítimas es posible que ya no apoye a Regina, pues se mete en muchos problemas al sobornar a los jueces.
- En tal caso, se retirará del concurso ¿no es así? Sería lo más prudente –comentó Mac.
- No va a retirarse- aseguró Ray.
- ¿Por qué no? Se arriesga demasiado de otro modo- cuestionó Patricia intrigada.
Todas miraron a Ray nuevamente. Ésta se encogió de hombros, confusa.
- No va a retirarse. De hecho… no sé si ella es la que vuela en el avión…
- ¿De qué habla?
- Conversábamos de otro tema antes de que llegaran- comentó Mac –sólo está atando cabos.
- Regina no va a concursar, Ray –enfatizó Minerva –de acuerdo a las reglas del concurso sólo puede concursar la semifinalista anterior.
- ¿Quién es ella?
- Stenella D.
- ¿Stenella?- exclamó Patricia perpleja. Déborah sonrió con cierta malicia.
- Es la peor de todas ellas- dijo riendo –no entiendo cómo llegó a semifinalista.
- ¡Con fraude!- le respondió Patricia -¿de qué otra forma podría ganar esa infeliz?
- No entiendo- dijo Ray, rascándose la cabeza –no veo a Stenella empeñándose en concursar.
- A menos que Regina la obligue- dijo Minerva –es capaz de hacerla estallar con tal de que la saque del atolladero. Regina es muy orgullosa, y la presionará si es preciso.
- Dejemos que pierda entonces- dijo Alicia –por ahora, deseo hacerles una petición.
- ¿Qué es ello?
- Deseo retirarme del grupo- dijo Alicia humildemente –no me siento bien últimamente.
Capítulo 27
Todas estaban consternadas, incluso Déborah parecía sorprendida.
- ¿Qué diablos ocurre?- preguntó Patricia,
- Creo que cualquiera de ustedes puede dirigir este grupo. Ayer, me di cuenta de que no tengo la capacidad para estar al frente.
- Seguro vas a darnos una explicación- dijo Minerva, entornando los ojos.
- La verdad… prefiero no hacerlo.
- ¿Te estás dando por vencida?
Alicia se volvió sorprendida hacia Ray, que era quien había formulado la pregunta. Parecía más lúcida que nunca y le miraba con total consternación.
- Tiene razón en preguntar- dijo Mac –me parece que te estás apresurando.
- Simplemente me he dado cuenta de que no soy mejor que ustedes.
- ¿Y quién aquí es mejor que las demás?
- Tal vez no se den cuenta de que cualquiera de ustedes puede ser líder.
- ¿Ahora resulta que puedo ser la que manda aquí?- dijo Patricia –Alicia, no es presión, pero honestamente me decepcionas.
- Y a mí- secundó Minerva, cuya cicatriz estaba aún inflamada –tú eras mi modelo a seguir.
Alicia se sintió desesperada. El grupo tenía puestas sus esperanzas en ella, las estaba defraudando.
- No soy lo que ven- dijo en voz baja –soy más miedosa, más intolerante y más egocéntrica de lo que aparento. Tengo miedo a perder, tengo miedo a dejar mi estabilidad por correr riesgos ¿Comprenden?
- Eso nos puede ocurrir a cada una- le dijo Mac –pero aún así, créeme que no es necesario que te castigues, excluyéndote del grupo. Disfrutas ser líder, no te niegues esa oportunidad.
- Nunca he sido líder realmente- lamentó Alicia –y no sé si pueda conseguirlo. Temo fallarles, más que a nada en el mundo.
Ray se levantó entonces
- Este grupo existe gracias a ti.
- No, Ray, Patricia tiene razón. Tú lo viste primero.
- No, no es así.
- Tú sabías que este grupo se reuniría tarde o temprano. Lo habías anticipado.
- Mentí.
Se volvieron a verla, consternadas. Alicia era la más sorprendida.
- Ray, dijiste muchas cosas que no pudieron ocurrir por accidente.
- Sólo reuní datos al azar de todas. Las observaba, las veía pasar y encontré que tenían características muy particulares. Nunca creí que lograras reunirlas.
Alicia se quitó los lentes y la miró desalentada.
- Por favor, Ray. No me mientas ahora.
- Es verdad.
Alicia se sentó, sin saber qué decir. Pero Ray insistió.
- Quiero colaborar más en la planilla. Hablaré con las simpatizantes.
- Pero…
- Haré lo que sea para convencerlas. Pero si hago eso, promete que no vas a irte.
Alicia se quedó sin habla por unos instantes. Luego tartamudeó:
- ¿Por qué es tan importante para ti que permanezca?
- Por eso mismo- dijo Ray, tras meditarlo unos instantes –porque es importante.
Sonrió levemente y salió de la sala, arrastrando misteriosamente una de sus piernas, síntoma que no exhibía anteriormente. Patricia se levantó y le dijo, con una palmada.
- Tiene razón, tú has hecho realidad esto. Nosotras no hubiéramos podido. Por favor, considéralo.
- Lo que Ray va a hacer le costará enfrentar su más grande fobia- opinó Mac –que es la gente. Valóralo, Alicia.
Alicia se volvió a la ventana, mordiéndose los labios.
- Dejadme sola. Necesito pensarlo con más calma.
Todas empezaron a retirarse. Déborah se quedó al último.
- ¿Qué sucede?- preguntó Alicia, al verla aún allí.
- Crees que no eres normal, ¿verdad?
- ¿De qué hablas?
La pelirroja sonrió. Sus ojos sarcásticos no le ayudaban.
- Conozco esa mirada tuya. Es de miedo, miedo a que descubran algo sobre ti.
Alicia le miró, con cierta suspicacia. Parecía que la chica le había leído la mente.
- No exactamente.
- Sólo quería decirte- le dijo Déborah –que todas aquí nos sentimos igual que tú. Por tu bien y el de todas, deberías preservar este grupo, es nuestra forma de sobrevivencia.
Dicho esto, hizo una jocosa reverencia y se marchó.
Capítulo 28
Mac encontró a Alicia en la azotea del edificio donde solían reunirse. Se instaló a su lado y contempló la calurosa puesta de sol de aquel atardecer.
En la lejanía se perdían las voces de las alumnas, que se finalizaban las últimas actividades académicas del día. Una brisa incierta provocaba remolinos de polvo en los patios.
La encontró con cierto desaliño, el cabello revuelto, los anteojos en el bolsillo del chaleco y la mirada triste y confundida.
Sabía Mac que Alicia deseaba hablar con ella. Se estaba acostumbrando a ello.
- Tardaste en venir- le dijo.
- Hasta personas como yo tenemos necesidades- dijo Mac sonriendo –sin embargo, no podía dejar de venir a apoyarte.
Alicia sonrió. Era la primer amistad en su vida que compartía su misma edad. Si algo podía agradecerle a Mac era sentirse segura y comprendida por ésta.
- ¿Qué necesidades han surgido en tu vida, Mac?
- Cuéntame sobre ti- le dijo Mac, bromeando –yo aún no me acostumbro a ventilar mis asuntos personales. ¿Qué repentino miedo se te ha metido en la cabeza, querida?
- Uno muy lejano, que pensé se había esfumado hace tiempo.
- Me da la impresión- dijo Mac –de que es un temor cercano. ¿Es sobre tu femineidad?
Alicia la miró sorprendida.
- ¿Todas ustedes tienen una bola de cristal?
- Siempre estás cuestionando el tema- dijo Mac riendo –no es nada nuevo para mí. En cuanto te sientes cómoda con tu identidad, tu entusiasmo crece. Pero en cuanto algo se tambalea, te derrumbas estrepitosamente.
Alicia suspiró.
- Mac, no es que le de muchas vueltas al asunto. Realmente me preocupa. Sé que ya hemos charlado sobre esto, pero estoy desesperada. Creo que no es un comportamiento natural, creo que he estado esforzándome por ser una mujer como cualquier otra ¡Y me resulta tan difícil!
- Alicia, creo que no es tu apariencia lo que te preocupa, eso ya lo tienes resuelto. Tampoco es la aceptación, porque sabes que te estimamos y si lo que hizo Ray no es suficiente para ti, pensaría que padeces de problemas de afecto muy intensos. Pero estoy segura que nada de esto te angustia realmente.
- Ray es un ángel- dijo Alicia, visiblemente afligida –no quiero arriesgarla a hacer alguna tontería por mi culpa. Por favor, no vayas a dejar que la lastimen.
- Descuida, sabré cuidarla. Pero estábamos hablando sobre ti.
- Lo sé- dijo Alicia –sé que es difícil engañarte. Hace unos días volví a experimentar un presentimiento horrible, Mac.
- ¿Qué es ello?
- No sé si deba decírtelo. El sólo pensarlo me aterra.
- Déjame adivinar- dijo Mac, para quien era muy obvio lo que le sucedía a su compañera –y si soy muy brusca al decirte lo que creo que te pasa, dímelo. ¿De acuerdo?
Alicia asintió, mirándola con curiosidad.
- ¿Será que te atraen las mujeres, Alicia?
La joven se echó a temblar al oír aquello. Un sudor frío resbaló por sus sienes y bajó la mirada avergonzada.
- ¿Acaso se nota?- balbuceó en voz baja.
- Para nada- dijo Mac –creo que es más fácil que la gente piense que a mí me gustan las mujeres.
- Pero…
- Es tu preocupación querida. Vives atormentada hace tiempo y me he preguntado la razón por la que estás obsesionada con tu imagen femenina. La única razón por la que quisieras abandonar abruptamente la planilla sólo obedece a que te consideras peligrosa de alguna manera para nosotras, y eso sólo atañe a eventos no controlables: sentimientos.
- Por favor- suplicó Alicia –no le digas a nadie esto. Me siento tan mal, Mac. ¡Creí que lo había superado!
- Nadie tiene por qué enterarse- le tranquilizó Mac –pero no me explico la razón por la quieres salir huyendo, Alicia. ¿Acaso te has enamorado de alguien de nosotras?
- No… no, para nada. Son mis amigas, me siento bien entre ustedes. Creo que son las únicas personas entre las que puedo sentirme como un ser normal.
- ¿Entonces…?
- ¿Crees que a alguien más de nuestro grupo le gusten las mujeres, Mac?
Mac se encogió de hombros.
- Creo que ninguna parece interesada en averiguarlo. En lo personal, estoy demasiado liada con mis problemas familiares como para enamorarme. Pero cuando esto suceda, entonces sabré si me gustan o no las mujeres.
- ¿Lo ves? Es eso lo que me preocupa. ¿Cómo sabes que te has enamorado?
- ¿Te has enamorado, Alicia?
- Yo no lo llamaría de esa manera- dijo Alicia, atormentada –y vaya que podría decirte que he estado enamorada. Me atraen cierto tipo de mujeres… no sé cómo decirlo.
- ¿Cómo sabes que te atraen?
- No puedo dejar de mirarlas.
- ¿De veras? Hay mujeres muy bonitas. Llamarían la atención de cualquiera, incluyendo otras mujeres.
- No puedo borrarlas de mi mente tan fácilmente.
- ¿Y qué pasa con ellas en tu cabeza?
- Mac…
- Vamos… si hemos de ahondar en este asunto, es preferible ser honestas. ¿Qué sucede, Alicia? ¿Fantasías sexuales acaso?
- No… no he llegado a tanto en realidad. Sólo suspiros, largos y profundos suspiros.
- ¡Bien! Ahora sabes que no pretendes acostarte con cada mujer que llama tu atención más allá de dos minutos, ¿Está claro?
Alicia asintió abochornada
- Sí… tienes razón.
- La siguiente cuestión es que ninguna de la planilla conseguimos arrancarte esos dulces suspiros ¿verdad?
- No… desde luego que no…
- Siendo así, ¿por qué preocuparte? No vas a ir más allá de tus sentimientos, estás acostumbrada a ello. ¿Por qué dedicarles tanta importancia?
- Eres estupenda, Mac- dijo Alicia colocándose los anteojos. Mac sonrió y meneó la cabeza.
- Creo que he descubierto mi misión en el Grupo de las Seis, Alicia. Y si no logro mantenerlas dentro de éste, habré fallado.
- Tienes razón. Eres una buena analista en este sentido. Te lo agradezco infinitamente.
- Necesitamos este grupo, Alicia –dijo Mac –El Grupo de las Seis está conformado de seres que se sienten desvalidos cuando están solos, pero juntos… constituyen una protección y una aliciente para cada uno.
- Sólo un motivo: pertenecer- dijo Alicia con aplomo.
Mac sonrió con aire triunfal.
- Lo que acabas de decir lo encierra todo. Me gusta para lema ¿Y a ti?
Capítulo 29
Aún cuando Alicia estaba todavía muy sensible, entró a la oficina de la directora con la frente en alto, respirando profundamente. Se puso los anteojos y se paró frente a la puerta de cristal para mirarse.
Mac tenía razón en considerarla una persona insegura. Buscaba sin descanso la imagen de una mujer perfecta, aún cuando esto le costara una representación teatral complicada.
Bajo esos lentes se volvía muy distinta, por lo que empezaba a buscarlos como una necesidad en su vida. Aún no podía ver con claridad, y la vista se le lastimaba en ocasiones, al grado de que tardaba en recuperar la vista normal cuando se los retiraba.
Sin embargo, muy en el fondo de su corazón, deseaba dejar de ver, si eso le disminuía su ansiedad frente al mundo. “Es mejor no ver” se decía “Es mejor no conocer”
- Pasa Alicia.
Alicia saludó amablemente a la hermana Celeste y se sentó frente a ella. Se sentía más vulnerable que otras veces, frente a la anciana. Pero advirtió que la religiosa tampoco estaba en su mejor momento.
- Hermana, he solucionado todos los contratiempos de la planilla- se apresuró a decir Alicia –estoy segura de que ya no le causarán más problemas de ahora en adelante.
- Sé que puedes hacerte cargo- le dijo la monja –pero no te llamé por eso.
Se levantó y estuvo caminado alrededor de la oficina, mientras su mirada se perdía en sus pensamientos.
- Durante todo este tiempo he tenido que tomar decisiones difíciles –empezó a decir en una especie de monólogo –las cosas solían marchar bien, comúnmente. Me he distinguido por mantener en pie esta escuela.
Calló un momento y luego se dirigió a Alicia:
- ¿Estarías dispuesta a asesorar a una alumna, Alicia?
- Por supuesto- le dijo Alicia con vehemencia –si tal cosa es lo que le aflige, cuente usted conmigo.
- Deseo que lo hagas, y es uno de los favores que te exijo, a cambio de que tu planilla siga causando revuelo en la escuela.
- De ninguna manera permitiré que la planilla se exceda, hermana. Puede confiar en mí.
Y al decir estas palabras, no pudo evitar sentir su falsedad. Pero mantuvo la entereza y guardó la compostura.
- El más importante de nuestros accionistas está furioso. El señor D. es sin duda nuestro más grande benefactor, con quien tenemos comprometidos varios proyectos en esta escuela.
A la hermana Celeste le costaba trabajo explicarse ante la situación por la que atravesaba.
- Su hija será la concursante principal en este año.
“Stenella” pensó Alicia, pero no hizo ademán de conocer información al respecto.
- La chica no quiere concursar. No se siente capacitada para enfrentar un concurso de segundo nivel. Será más complicado, y esta vez… no podremos ayudarle. Si el señor D. llegara a enterarse de semejante presión hacia ella, se pondrá colérico.
“Quiere decir, que no puede sobornar a los jueces esta vez” pensó Alicia.
La hermana Celeste continuó:
- Tú has ayudado a tus compañeras a ganar los concursos estatales, Alicia. Al parecer, has logrado con ellas cosas admirables.
Alicia tragó saliva, pero permaneció callada. Podía ver lo que venía.
- Quiero que la ayudes, Alicia. Nada te representa dificultad, mucho menos la gramática.
- Lo haría encantada, hermana. Pero quizá ella no esté realmente preparada…
- La convenceré de algún modo, pero no puedo dejarla sola. La niña es inteligente pero la escuela no le interesa, va reprobando el año, pues se ha ausentado mucho últimamente. Alicia, si has logrado resultados con Elsa G. y Déborah C., esta chica no representa dificultad.
- ¿Quién es ella?
La hermana Celeste mostró entonces un cuadro hermosamente enmarcado en la pared frente a ellas, a un lado de la puerta. Alicia nunca había reparado en él. Allí, posaban las actuales integrantes del Consejo Estudiantil.
- Stenella D.
Alicia sintió que la sangre se le iba hasta los pies. La adolescente que se encontraba al lado de Regina y respondía al nombre de Stenella, era la misma que le había desequilibrado tanto la existencia últimamente.
El vértigo que experimentó la joven fue tan notorio, que la hermana Celeste se levantó para auxiliarla.
- Alicia… ¿Te encuentras bien?
- Yo… no puedo ayudarle… disculpe.
- Alicia, tengo mis esperanzas puestas en ti. Por favor, no desistas.
Alicia trató de recuperarse tanto como pudo, para no evidenciar más su extraña indisposición.
- Regina no estará de acuerdo, hermana. Somos rivales, sería una afrenta para ella.
- Regina ya no es bienvenida en esta oficina. Su terquedad y obstinación me han orillado a retirarle la palabra durante algunos días. Lo que ella diga no tiene validez alguna. Yo te autorizo plenamente a que procedas como desees con Stenella.
Aquellas palabras estremecieron a Alicia. La hermana Celeste le tomó las manos con insistencia.
- Alicia, hazme este favor, te lo pido. No te lo pediría si no peligraran las relaciones del señor D. con esta escuela. Tu ayuda será muy valiosa para Stenella.
Alicia trató de superar el terror que le representaba tener frente a frente a la chica con la que menos deseaba toparse en esos momentos. El sudor frío en sus sienes, le indicó que estaba volviendo a perder el control.
- Está bien hermana, cuente usted conmigo.
La hermana Celeste se sentó nuevamente en su escritorio, y volvió a recuperar su aplomo acostumbrado.
- Voy a darte instrucciones, Alicia. Desde ahora, es prioridad que asesores académicamente a esta chica.
Capítulo 30
Alicia se acercó sonriente a la mesa donde Mac apoyaba a Ray en la distribución de volantes.
- ¡Buen día! ¿Cómo va esa propaganda?
Mac sonrió mientras observaba a Ray hablar con dos alumnas.
- Ray es admirable. Aunque la mayoría de la gente no viene precisamente a preguntarle sobre la planilla.
- Ha logrado saber cuántas semillas oculto en mi mano- dijo una chica acercándose –en realidad es más divertido que escuchar los incansables sermones de Minerva.
- Ha adivinado la carta que escondo bajo la manga- dijo otra –realmente es sorprendente.
- Creo que podrías dedicarte a la magia- bromeó Alicia -¿No crees?
Ray se encogió de hombros, con rostro inexpresivo. Se había lavado y peinado desde aquel día. Incluso a Alicia le pareció que era guapa, aunque seguía protegiéndose con esa extraña barrera invisible que la rodeaba.
Mac tomó los volantes y empezó a hablar con las personas allí reunidas. Alicia se sentó junto a Ray, procurando no evadir su privacidad.
- Te felicito, Ray. Pero no tienes qué hacer esto por mí. Hazlo por ti ¿De acuerdo?
- Si el grupo se disuelve…- empezó a decir Ray sin mirar a Alicia, con voz arrastrada y entretenida en mirarse las uñas –estaremos perdidas si se disuelve…
- No voy a irme.
Ray se volvió a ver entonces a Alicia. Su mirada de niña, de alguien que no tiene malicia alguna en su corazón, conmovió profundamente a Alicia.
- ¡Bien!- dijo Ray, sin mostrar entusiasmo –de cualquier forma… hay que trabajar.
- ¿Sabes una cosa?- le dijo Alicia –no te creo lo que dijiste la otra vez en la reunión. No creo que hayas inventado todo. Lo sostengo y lo sostendré toda mi vida.
- Yo mentí.
- Basta. No fue así.
Ray se rascó la cabeza y fue a sentarse en el tronco de un árbol. Alicia la siguió y se sentó junto a ella, aunque dejó medio metro de distancia entre ellas, para no alterar a Ray.
- Creo que tienes un don, Ray.
- Locura- afirmó Ray, sin dejar de rascarse la cabeza.
- No estás loca.
- Es locura, y muy grave.
- Te escondes bajo la locura- le dijo Alicia bajando la voz –pero yo sé que ves el futuro, y también creo que te asusta.
Ray se volvió a ver a Alicia, luego bajó la cabeza y empezó a balancear las botas.
- Gracias por estimarme- le dijo Alicia –pero lamento que te hayas hecho pasar por mentirosa frente a todas.
- Soy mentirosa- dijo Ray, con su sonrisa vacía –todo… esto es mentira.
- Te quiero, Ray. Eres muy importante para mí ¿Está claro?
Ray permaneció inmóvil y silenciosa, como si su mente estuviera en otra parte.
- Sé que odias los abrazos, pero me gustaría darte uno ¿Me dejas?
Ray negó obstinadamente.
- No me quieras tanto, lastima.
- Nunca te lastimaría.
- Querer lastima. Mejor sería no querer, la gente viviría más tranquila.
- Concuerdo contigo.
- Es una mala costumbre- dijo Ray, poniéndose de pie –es una mala costumbre querer a las personas. Es la peor forma de lastimar a alguien.
- No puedo evitar quererte. Has sido mi primer amiga y la más valiosa.
Ray no solía expresar nada más que su rostro perdido en el abismo. Se levantó y dijo:
- Debo trabajar.
- No tienes qué hacerlo, es difícil y doloroso para ti.
Pero Ray se levantó y se marchó. Habló con Mac un momento y luego se quedó en la mesa repartiendo volantes.
Mac buscó a Alicia y sentó al lado de ella, mientras bebía una botella de agua.
- No deberías disuadirla, está dispuesta a apoyar en la planilla. Tú le diste esa motivación.
- Me preocupa que la agredan.
- Nadie va a agredirla- dijo Mac, sonriendo –es lista, sabe cómo defenderse. A veces, pienso que quieres sobreprotegerla.
Alicia suspiró mientras observaba a Ray en la lejanía.
- Me inspira mucha ternura. Me hace recordar mi niñez, aquella otra etapa de mi vida donde yo era un ser noble y valiente.
- Ahora te subestimas –le dijo Mac –temo decirte que esos sentimientos no tienen mucho que ver con ella.
- Aún conserva la inocencia- le dijo Alicia –Sus ojos lo dicen. Yo he perdido esa inocencia y lo lamento, ya no puedo pensar ni actuar como antes. Es como si me hubieran inoculado un veneno en la sangre que me inclina a lo perverso. No quiero que eso le suceda a Ray nunca, haré lo que sea para evitarlo.
- ¡Vaya encomienda!- exclamó Mac silbando –realmente te complicas la vida.
- Me la complicaré más en adelante- dijo Alicia con pesar –voy a reunirlas. Tengo algo qué confesarles.
Capítulo 31
Alicia hizo lo posible por suavizar la noticia que estaba por anunciar. Tragó saliva, se arregló el cuello y esperó a que todas tomaran asiento.
- ¿Ya no vas a irte?
- Si no quieres que renuncie después de lo que voy a comentarles, entonces me quedo.
A Patricia no le hizo mucha gracia la propuesta.
- ¿Qué sucede ahora?- replicó Minerva con cansancio. Le estaba costando trabajando convencer a las alumnas, pues aún la identificaban como seguidora de Regina.
- Verán… si queremos seguir con las actividades de la planilla, debo hacer algo.
- ¿Te condicionó la monja?- preguntó Patricia con voz quejosa.
- De cierta forma, se los advertí después de todas las tonterías que hicieron.
- A Celeste le gusta la presión- opinó Mac –invariablemente encuentra pretextos para hacerle a los demás la vida complicada.
Alicia había meditado largamente el reto que estaba por venir. Estaba dispuesto a afrontarlo y a superar el miedo a sus propios impulsos. “Mac tiene razón” se decía “soy una mujer perfecta y soy la mejor. Sentir simpatía por otra chica no tiene nada de malo”.
- Debo asesorar a Stenella D. –dijo por fin.
Las demás se quedaron sin habla por unos instantes.
- ¿Cómo se te ocurre aceptar?- estalló Patricia golpeando la mesa.
- Porque no tengo la más jodida alternativa- la enfrentó Alicia.
- ¿Será posible que Regina apruebe esto?- objetó Minerva sorprendida.
- Celeste no va a pedirle autorización a Regina. Es una orden y debo obedecerla.
- ¡Es una rival! ¡No vas a ayudarle al Consejo para que gane!
- Si es que gana- dijo Déborah.
- ¿Crees que fracase?
- Es una idiota- dijo Minerva –Déborah tiene razón. Nos estamos apresurando.
Todas se volvieron a Ray, quien se sintió inhibida.
- ¿Ganará Stenella el concurso?
- No lo sé…
- ¡Pero tú lo sabes todo!
- No sé nada sobre ella- se disculpó Ray –ni siquiera sabía que Alicia le ayudaría a estudiar.
- ¡Basta ya!- ordenó Alicia –he tomado la decisión y es la única forma en que creo que podré congraciarme con Celeste. La chica no va a ganar, estoy casi segura, pero yo habré ganado el favor de Celeste ¿Quedó claro?
- Si no gana, Celeste se va a poner peor- objetó Minerva.
- La chica ni siquiera llegará al concurso- dijo Mac –cuando vea que todo es real, se echará para atrás y se negará a concursar. Entonces Celeste le retirará la presión a Alicia.
- ¿Cómo pudo pasarnos esto?- lamentó Minerva –implica que descuidarás la planilla.
- Lo están haciendo bastante bien, chicas. Déjenme hacer mi parte, se los pido.
- Te compadezco- observó Minerva –aguantar a Stenella… es una completa imbécil. Sin duda una de las pocas personas que no soporto.
- Veo que no les simpatiza en lo absoluto- comentó Alicia divertida.
- Es un bombón- dijo Déborah con su habitual sonrisa –la mimada de papá y la mimada de la escuela. Stenella pasa año porque le modifican las calificaciones, pero no entrega una sola tarea. Su vocecita de avecilla moribunda y su carita de angelito le vuelven irresistible para las monjitas.
- Presiónala- le ordenó Patricia –hazla reventar ¿Entiendes? ¡Orilla a renunciar al concurso a esa infeliz!
- Despreocupa- le dijo Alicia –ya había pensado en eso.
Patricia sonrió entonces. Todas empezaron a reír.
- ¡No sabe lo que le espera! ¡Pobre idiota!
- Ya verán como en menos de una semana estará dando vueltas como una mosca fumigada- bromeó Alicia -¡Será divertido hacerla sufrir!
- ¡Qué buen remedio se le ocurrió a Celeste!- comentó Minerva divertida –es la forma más rápida de acabar con Regina ¡Imagino la cara que debe tener ahora!
Mac esperó que todas se marcharan para emitir su opinión.
- Pareces muy confiada- le dijo
- Decidí aprovecharme de la situación- le respondió Alicia –esa chica es una moneda de oro para Celeste. Lástima que me la haya confiado.
- Ten cuidado con ella- le dijo Mac –es muy manipuladora.
- Todos manipulamos- repuso Alicia –en mayor o menor medida. Es una niña mimada, Mac, no podrá con Alicia.
- Sí- dijo Mac –tienes razón.
Luego se levantó y le dijo al oído:
- Una adolescente sobre la que tienes mucho poder, Alicia. Si vas a echarte ese compromiso encima tienes que desechar tanto como puedas esas dudas de identidad que te asaltan con frecuencia. De otro modo, mejor deja por la paz ese asunto.

volvi a encontrarte amiga, espero poder seguir leyendote, solo tengo una pregunta como termino la otra historia, la de los hermanos?
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